8 feb 2012


El péndulo de Jorge Elías
(El campesino que controla la lluvia)

En una vereda olvidada, incrustada en la convulsa geografía colombiana habita un campesino. Es un hombre de piel canela, barba escasa y recién encanecida, arrugas labradas tras años de trabajo a sol y lluvia. Vive en una casita humilde, con techos de zing y piso de tierra, rodeada de cafetales.  Su vida se puede dividir por los ciclos de  siembra y cosecha que delimitan la rutina del campesino. Sin embargo, hay algo particular en este hombre que a criado doce hijos a punta de cultivar café en el sur del Tolima, región ubicada a unos doscientos kilómetros de Bogotá.
Jorge Elías Gonzáles Vásquez, como fue bautizado nuestro hombre de campo, cuando era apenas un bebe, en la parroquia de un pueblo llamado Dolores, por deseo de sus padres, tiene un don especial que en los últimos días ha llamado poderosamente la atención de varias entidades de control estatal, así como de los medios de comunicación, la iglesia y en general de la sociedad. La controversia por su poder especial ha generado investigaciones gubernamentales, posibles llamados a indagatoria en la Fiscalía, chistes, escepticismo, editoriales de prensa, comunicados del palacio presidencial, debates en la radio y la televisión, señalamientos y demás características de un escándalo, en un país acostumbrado a vivir sorprendido de su propio absurdo.
A pesar de los graves casos de corrupción que han conmocionado el panorama colombiano de los últimos meses, donde unos y unas personalidades políticas y empresariales, están siendo procesadas por el robo descarado de varios cientos de millones de euros, que en moneda colombiana son miles de millones de pesos, en contratos con el estado, el caso de Jorge Elías, que no les llega ni a los talones, los ha opacado por lo curioso de su don y lo ridículo de las acusaciones.
Al ser indagado por los periodistas sobre sus poderes, Jorge Elías relata que desde niño, su padre lo inició en los misterios del cielo nocturno y aquellos que se esconden en la tierra, en especial los de los minerales, los metales y los botánicos. El padre de nuestro campesino era un hombre particular, si lo ubicamos en el pequeño pueblo tolimense que sirve de escenario para este relato, ya que era un hombre de libros a quien le intrigaban los enigmas y los misterios naturales cuya explicación no siempre va de la mano con la mente racional, con el pensamiento científico, con el credo católico, es decir, que en este pueblito campesino incrustado en la cordillera de los Andes, su inclinación era toda una rareza. Era tal su prestigio que lo contrataban los políticos en época de campaña para que entretuviera a los votantes en los mítines con sus enigmas y misterios. Jorge Elías, niño inquieto, aprendió de su padre la técnica para escarbar la tierra y ubicar antiguos tesoros indígenas, que por estas tierra reciben el nombre de guacas, pero nunca encontraron tesoro alguno. A cambio, el joven campesino adquirió con el tiempo el don de controlar la lluvia.
Jorge Elías, hombre de palabras medidas, de mirada tranquila, relata a los periodistas que a sus quince años, elaboró un péndulo a base de mercurio en aleación con otros metales en el que descubrió algo inquietante y poderoso, la posibilidad de crear campos magnéticos, con los cuales logra controlar el caótico clima tropical. Lo suyo es una mezcla de poder divino y poder magnético, con una pisca de otros misteriosos procedimientos heredados del padre, que le permiten modificar los fenómenos atmosféricos para detener o precipitar la lluvia, de acuerdo a las necesidades del cliente.

 A pesar de sus poderes, a Jorge Elías el clima feroz del año anterior le hizo una mala jugada, tal vez en un acto de venganza por haber develado su secreto y lograr dominarlo. Una avalancha sepultó su siembra de café y poco faltó para que se lo levara a él y su progenie. Los periodistas, escépticos, le preguntan por qué si posee esos poderes atmosféricos no pudo evitar la avalancha. Su respuesta es categórica, espontánea, sin visos de engaño. Tendré que trabajar en eso. Lo dice con la convicción propia de quien sabe lo que hace. Para Jorge Elías, este alboroto le es seguramente incomprensible, pues no logra entender de donde proviene tanta atención, la cual, como bien se sabe, puede ser incomoda.
Todo este enredo comenzó a gestarse desde el momento mismo en que lo contrataron para que evitara que lloviera el día de la clausura del mundial sub veinte que se jugó en Colombia a mediados del año pasado. Es necesario anotar, para efectos del contexto, que este mundial servía, no solo para deleitar a los amantes del fútbol, sino que era además la oportunidad de demostrarle al mundo que Colombia es un país capaz de organizar un evento internacional, debido a que es un país seguro, de gente bella, ciudades modernas, etcétera, etcétera. Sin embargo, el aspecto climático amenazaba con aguar la fiesta de la final del campeonato que había sido encargada a la organización que coordina y ejecuta el Festival Iberoamericano de Teatro, famoso por sus espectáculos al aire libre. Para tal fin, se destinaron cuantiosos fondos del estado, con el objetivo que se diseñara un espectáculo de clausura al nivel de Beijing y sus olímpicos, ya que el de la inauguración tuvo un aspecto más bien mediocre que causó indignación. La gente del festival se esmeró y realizó un show de luces que nos dejó con la boca abierta y el orgullo nacional por las nubes. Sobre todo porque las nubes tenebrosas que amenazaban la ceremonia se disiparon y esa noche, a pesar de estar inmersos en una de las peores temporadas de lluvias en la historia registrada del país, no llovió.
Para las personas que estaban en el estadio fue un milagro, para los millones que estábamos viendo el show, fue un milagro, pero para Jorge Elías no, para él era el resultado de su trabajo, por el cual le habían pagado cerca de 1.500 euros, lo equivalente a 1.200 dólares que son cerca de 4 millones de pesos, una cifra minúscula si se tiene en cuenta que se gastaron miles de millones de pesos, cientos de miles de euros y dólares. Luego de la euforia de la fiesta, vino la resaca de las cuentas. Cuando el estado se sentó con la calculadora y los recibos de pago se dio cuenta de había un desfase de varios miles de millones, porque sépase que aquí todo cuesta miles de millones, desde la reparación de un andén, hasta el espectáculo del que hemos estado hablando. Revisando los costos, las contrataciones y demás gastos, se encontraron con nuestro campesino. No se sabe en que más se gastaron el resto de los miles de millones extraviados, solo se filtró a la prensa el pago de Jorge Elías, que ante la magnitud del desfalco fue mínimo y si bien es cuestionable que se utilice dinero del estado para este tipo de contratos, por lo menos cumplió con su misión, lo cual no se puede decir de los cientos de casos por corrupción con que nos sorprenden, casi que semanalmente a los colombianos.
El escándalo, como ya se mencionó, generó una gran polémica e indignación. Ante los medios compareció la directora del festival de teatro para explicar que Jorge Elías lleva años colaborando con el festival para sortear los inconvenientes climáticos que siempre amenazan su realización al aire libre, la directora también apeló a razones antropológicas, creencias ancestrales, rasgos culturales. En medio de la tormenta de críticas, chistes, desconcierto, se filtró que el día de la posesión del actual presidente de Colombia, Jorge Elías también hizo lo propio para evitar que las feroces lluvias desarreglaran el evento. Rápidamente la casa presidencial salió al paso con un comunicado de prensa en el que oficialmente acusaban a un funcionario menor e inédito de la campaña del nuevo presidente de haber contratado los servicios de Jorge Elías. Al fin de semana siguiente, aun las plumas y las voces de la prensa seguían con el tema y del escándalo inicial se pasó a la anécdota, al chiste, a la pregunta obvia  ¿por qué no lo contrataron para que dejara de llover en todo el país? Con lo cual se comenzó a diluir el tema, sin que se sepa o se vaya a saber qué pasó con el otro dinero que se extravió, asunto que ya poco importa, porque Jorge Elías cumplió con su papel, desviar la atención del verdadero asunto, del verdadero escándalo y así permitir que los culpables pasen desapercibidos y que la sonada investigación se estanque en algún vericueto legal y por último se olvide en algún cajón, de algún archivo polvoriento.
 En cuanto a Jorge Elías, con seguridad seguirá en lo suyo sin aspavientos, con la certeza de haber obrado sin malicia, de haber cumplido con la tarea encomendada, sin entender por qué suscitó  tanto revuelo su péndulo, si finalmente todos los días, en toda Colombia, América y el mundo millones de ciudadanos, sin importar si son ricos o pobres, famosos o anónimos, del norte o del sur, de la costa o la montaña, de la ciudad o del pueblo se encomiendan al espíritu santo, consultan videntes, adivinos, ofrecen rogativas y penitencias al altísimo, evitan cruzarse con gatos negros, se cuidan contra el mal de ojo o usan amuletos de la buena suerte para atraer la fortuna o el amor. Sin que por esto sean señalados, condenados, acusados, ridiculizados.
Juan Ladrón de Guevara Parra