10 jun 2014

El temible Castro - Chavismo



En el año 89 del siglo veinte, comenzó a quebrarse el férreo muro que dividió a occidente en dos desde el colapso de la violencia antisemita nazi. El reino del odio, de la intolerancia, la búsqueda nefasta por el absurdo de la pureza de raza, la negación de la inteligencia, la ira como forma de gobierno se extinguía, dando paso a otras formas de violencia, miedo e intolerancia, el capitalismo y el comunismo. Caras antagónicas, dos púgiles enemistados aguardando el campanazo para dar inicio a un round que amenazaba con exterminarnos. La guerra fría era un ajedrez, un juego lento y peligroso, camuflado, infestado de movimientos sigilosos, de falsas verdades, de amenazas veladas. La URSS y los Estados Unidos movían fichas en el mundo, para consolidar su dominio mundial. Todas las acciones de lado y lado estaban dirigidas a contrarrestar al oponente, la guerra insípida se desarrollaba en todos los frentes, desde los cañones siempre listos para escupir, hasta en los recursos culturales menos sospechosos. Las guerras de Vietnam y  Afganistán, los tensos días de la crisis de los misiles, la intervención siniestra de la CIA en el golpe militar de Chile, así como su apoyo silencioso a las dictaduras genocidas del sur de América fueron piezas de esa contienda. Mientras la URSS se aislaba bajo el mando paranoide de sus altos jerarcas comunistas e infligía purgas sangrientas contra el más leve reclamo de los países que dominaban en Europa del Este, los Estados Unidos escogían democracias o dictadorzuelos de baja estopa para controlar sus intereses económicos, políticos y culturales en este continente caótico.
El capitalismo feroz, caníbal norteamericano ganó la contienda gélida el día en el que el primer restaurante Mac Donalds, con su payaso sicótico, abrió sus puertas ante una masa ansiosa en Moscú. La impenetrable e implacable Unión Soviética, se fue al traste, enterrados en la impunidad  quedaron los años de las purgas, los fusilamientos sin juicio, los exilios en Siberia, los asesinatos selectivos de camaradas, la paranoia colectiva y la represión. El fin del muro dio inicio al imperio del oportunismo, de grandes capos mafiosos que eran antiguos camaradas del ejército rojo. La URSS inmensa, el gran oso siberiano, se fracturaba en varias republicas de nombres impronunciables para occidente. El comunismo fracasó como modelo político salvo en un puñado de países tercos que insisten en él, países que con excepción de China no han tenido la audacia de adaptarse a los cambios geopolíticos y viven en un aislamiento dramático y doctrinal. Estos países ensimismados y anacrónicos carecen de verdadera influencia pues difícilmente subsisten. La comunidad mundial los soporta con desgana y temor, prefiere evitarlos, como se evita al pariente borracho y de pocas luces.
Ni los dirigentes chinos más dogmáticos van a mover un dedo por comprometerse a fondo con estos países ruedas sueltas, a ellos los une un sentimiento nostálgico, una media hermandad de formas y fondos, pero hasta ahí. Entre esos países díscolos y anacrónicos está Cuba, el país más digno de América, el único que le ha mostrado los dientes a los Estados Unidos, el que ha resistido mil años del embargo más canalla de este lado del Atlántico. 
En 1959 un ejército de barbudos a órdenes del mítico Fidel Castro salvaron a Cuba de las garras norteamericanas, cuya mafia ya había hecho negocios con Batista para convertir a Cuba en Las Vegas del Caribe y así expandir su imperio de crimen hasta estos confines del continente, los buenos muchachos de la CIA también estaban muy instalados en la Habana y desde ahí controlaban que todo marchara sin tropiezos. Batista, como todos los dictadorzuelos antes y después, era ficha de Washington y como tal imponía su política. Fidel y los suyos impidieron que aquello prosperara.
Antes de que el polvo del derrumbe se diseminara, los revolucionarios comenzaron a fijar sus posiciones políticas, económicas, culturales. La retórica revolucionaria, la idea del socialismo a la caribeña conmovió y sedujo a una generación de latinoamericanos, que muy pronto se comprometieron con el nuevo modelo cubano. Sin embargo el idilio no duró, pronto los revolucionarios se dividieron, hubo rupturas, desacuerdos, desavenencias y los peores males de la era estalinista se reprodujeron en Cuba. El caso de Heberto Padilla fue el punto final del romance, la acusación y condena al poeta dividió el apoyo a la causa cubana por parte de quienes alguna vez la apoyaron. Nombres importantes de la cultura y el pensamiento se distanciaron de Cuba y la esperanza en el proyecto cubano se fue dispersando lentamente.
 Cuba se hizo un desastre económico por culpa del embargo impuesto en 1962 y dependía casi que exclusivamente de la ayuda financiera de la URSS, que pronto hizo a la isla en un aliado y en peón soviético por estas tierras tropicales. Pero entonces llegó aquel 1989 y el amparo cesó, los cubanos entraron en lo que el gobierno denominó el “periodo especial” en el cual los cubanos de a pie no tenían que comer, los productos más elementales comenzaron a escasear y sobrevivir se hizo política nacional. El periodo especial no distingue, atropella a todos los cubanos, menos a los dignos líderes que se mantienen octogenarios y anacrónicos gobernando al país contra viento y marea.
No se pueden negar algunos logros admirables, como que el régimen cubano fomentó la educación gratuita lo que hizo de este país el primero en erradicar el analfabetismo en América, así mismo, son innegables los avances médicos procedentes de la isla, pero así mismo, sigue siendo un país donde los derechos civiles sufren, donde no se tolera la disidencia, donde no hay libre acceso a la información, Cuba es un país marginado, que sobrevive.
La influencia política de Cuba en cuanto a gobierno de izquierda es latente en otros países como Argentina, Ecuador, Chile, Brasil, Bolivia, Uruguay, pero no ha sido determinante sino en la Venezuela Bolivariana. Chávez asumió con vehemencia absurda lo peor del modelo económico cubano, sin el contexto político y social que determinó a éste en su momento.
Lo que Chávez planteó fueron medidas populistas y efectistas cuyo mérito se vio rápidamente opacado por su tendencia a la improvisación y por su falta de previsión y planeación. Sin timidez se lanzó a posicionarse como adalid de la nueva izquierda, financiando a sus vecinos más necesitados como Argentina, Ecuador, Bolivia y Cuba. Chávez logró a punta de préstamos económicos, intercambios comerciales y de profesionales, crear un bloque incómodo para los Estados Unidos y para sus aliados al sur del Rio Bravo. Sin embargo, el sueño bolivariano de Chávez comenzó a sucumbir a la par que la salud de su promotor, una enfermedad de misterio despachó al presidente a la historia y dejó al sueño hecho una pesadilla. El esbirro número uno del comandante heredó sin rubor el trono y sin dilación se hizo a la tarea de hacer de algo malo, algo peor. La crisis que engendró el populismo desbocado de Chávez, se ha transformado con Maduro en un asunto cuyas dimensiones trágicas estamos por descubrir.
Tanto Cuba, como Venezuela están desbordadas, sus sociedades saciadas, desilusionadas, hambrientas, con los nervios de punta. Cuba no tiene, desde hace décadas influencia real en América del Sur, si es que algún día realmente la tuvo, cosa de la que no estoy muy seguro. Le verdad es que Cuba difícilmente sobrevive, como para estar intentando conquistar ideológicamente al continente. Por su parte, Venezuela perdió hace ya un tiempo la posibilidad de incidir en el curso político del vecindario. Si no lo logró con el carismático liderazgo del amado y odiado Chávez, menos ahora con el absurdo desgobierno de Maduro, que no da abasto persiguiendo contradictores y asesinando estudiantes y amas de casa, inventándose procesos por cargos ridículos contra opositores impotentes a quienes acusa con estridencia de ser traidores, conspiradores y demás artilugios de dictadorzuelo tropical.  
Es por esta razón, que hablar de la influencia Castro – Chavista en Colombia y más aún en el gobierno mediocre y elitista de Juan Manuel Santos no es más que un sinsentido, una burda estrategia para votantes ignorantes por parte de una derecha despreciable y oportunista que ha hecho de la confusión y la ignominia su mejor estrategia política.
La única influencia castrista comprobable en esta Colombia díscola es la de las telenovelas grotescas y llorosas de Verónica Castro en la cultura popular colombiana de los años ochenta, así como la única influencia chavista es la del Chavo del Ocho, un personaje entre cómico y trágico que representa esto que somos.

                                                                                                                                                               Juan Ladrón de Guevara Parra