En el año 89 del siglo veinte,
comenzó a quebrarse el férreo muro que dividió a occidente en dos desde el
colapso de la violencia antisemita nazi. El reino del odio, de la intolerancia,
la búsqueda nefasta por el absurdo de la pureza de raza, la negación de la
inteligencia, la ira como forma de gobierno se extinguía, dando paso a otras
formas de violencia, miedo e intolerancia, el capitalismo y el comunismo. Caras
antagónicas, dos púgiles enemistados aguardando el campanazo para dar inicio a
un round que amenazaba con exterminarnos. La guerra fría era un ajedrez, un
juego lento y peligroso, camuflado, infestado de movimientos sigilosos, de
falsas verdades, de amenazas veladas. La URSS y los Estados Unidos movían
fichas en el mundo, para consolidar su dominio mundial. Todas las acciones de
lado y lado estaban dirigidas a contrarrestar al oponente, la guerra insípida
se desarrollaba en todos los frentes, desde los cañones siempre listos para escupir,
hasta en los recursos culturales menos sospechosos. Las guerras de Vietnam y Afganistán, los tensos días de la crisis de
los misiles, la intervención siniestra de la CIA en el golpe militar de Chile,
así como su apoyo silencioso a las dictaduras genocidas del sur de América
fueron piezas de esa contienda. Mientras la URSS se aislaba bajo el mando
paranoide de sus altos jerarcas comunistas e infligía purgas sangrientas contra
el más leve reclamo de los países que dominaban en Europa del Este, los Estados
Unidos escogían democracias o dictadorzuelos de baja estopa para controlar sus
intereses económicos, políticos y culturales en este continente caótico.
El capitalismo feroz, caníbal norteamericano
ganó la contienda gélida el día en el que el primer restaurante Mac Donalds,
con su payaso sicótico, abrió sus puertas ante una masa ansiosa en Moscú. La impenetrable
e implacable Unión Soviética, se fue al traste, enterrados en la impunidad quedaron los años de las purgas, los
fusilamientos sin juicio, los exilios en Siberia, los asesinatos selectivos de
camaradas, la paranoia colectiva y la represión. El fin del muro dio inicio al
imperio del oportunismo, de grandes capos mafiosos que eran antiguos camaradas
del ejército rojo. La URSS inmensa, el gran oso siberiano, se fracturaba en
varias republicas de nombres impronunciables para occidente. El comunismo
fracasó como modelo político salvo en un puñado de países tercos que insisten
en él, países que con excepción de China no han tenido la audacia de adaptarse
a los cambios geopolíticos y viven en un aislamiento dramático y doctrinal.
Estos países ensimismados y anacrónicos carecen de verdadera influencia pues difícilmente
subsisten. La comunidad mundial los soporta con desgana y temor, prefiere
evitarlos, como se evita al pariente borracho y de pocas luces.
Ni los dirigentes chinos más dogmáticos
van a mover un dedo por comprometerse a fondo con estos países ruedas sueltas,
a ellos los une un sentimiento nostálgico, una media hermandad de formas y
fondos, pero hasta ahí. Entre esos países díscolos y anacrónicos está Cuba, el
país más digno de América, el único que le ha mostrado los dientes a los
Estados Unidos, el que ha resistido mil años del embargo más canalla de este
lado del Atlántico.
En 1959 un ejército de barbudos a
órdenes del mítico Fidel Castro salvaron a Cuba de las garras norteamericanas,
cuya mafia ya había hecho negocios con Batista para convertir a Cuba en Las
Vegas del Caribe y así expandir su imperio de crimen hasta estos confines del
continente, los buenos muchachos de la CIA también estaban muy instalados en la
Habana y desde ahí controlaban que todo marchara sin tropiezos. Batista, como
todos los dictadorzuelos antes y después, era ficha de Washington y como tal
imponía su política. Fidel y los suyos impidieron que aquello prosperara.
Antes de que el polvo del
derrumbe se diseminara, los revolucionarios comenzaron a fijar sus posiciones
políticas, económicas, culturales. La retórica revolucionaria, la idea del
socialismo a la caribeña conmovió y sedujo a una generación de latinoamericanos,
que muy pronto se comprometieron con el nuevo modelo cubano. Sin embargo el
idilio no duró, pronto los revolucionarios se dividieron, hubo rupturas, desacuerdos,
desavenencias y los peores males de la era estalinista se reprodujeron en Cuba.
El caso de Heberto Padilla fue el punto final del romance, la acusación y
condena al poeta dividió el apoyo a la causa cubana por parte de quienes alguna
vez la apoyaron. Nombres importantes de la cultura y el pensamiento se
distanciaron de Cuba y la esperanza en el proyecto cubano se fue dispersando
lentamente.
Cuba se hizo un desastre económico por culpa
del embargo impuesto en 1962 y dependía casi que exclusivamente de la ayuda
financiera de la URSS, que pronto hizo a la isla en un aliado y en peón soviético
por estas tierras tropicales. Pero entonces llegó aquel 1989 y el amparo cesó,
los cubanos entraron en lo que el gobierno denominó el “periodo especial” en el
cual los cubanos de a pie no tenían que comer, los productos más elementales
comenzaron a escasear y sobrevivir se hizo política nacional. El periodo
especial no distingue, atropella a todos los cubanos, menos a los dignos
líderes que se mantienen octogenarios y anacrónicos gobernando al país contra
viento y marea.
No se pueden negar algunos logros
admirables, como que el régimen cubano fomentó la educación gratuita lo que
hizo de este país el primero en erradicar el analfabetismo en América, así
mismo, son innegables los avances médicos procedentes de la isla, pero así
mismo, sigue siendo un país donde los derechos civiles sufren, donde no se
tolera la disidencia, donde no hay libre acceso a la información, Cuba es un
país marginado, que sobrevive.
La influencia política de Cuba en
cuanto a gobierno de izquierda es latente en otros países como Argentina,
Ecuador, Chile, Brasil, Bolivia, Uruguay, pero no ha sido determinante sino en la
Venezuela Bolivariana. Chávez asumió con vehemencia absurda lo peor del modelo económico
cubano, sin el contexto político y social que determinó a éste en su momento.
Lo que Chávez planteó fueron
medidas populistas y efectistas cuyo mérito se vio rápidamente opacado por su
tendencia a la improvisación y por su falta de previsión y planeación. Sin
timidez se lanzó a posicionarse como adalid de la nueva izquierda, financiando
a sus vecinos más necesitados como Argentina, Ecuador, Bolivia y Cuba. Chávez
logró a punta de préstamos económicos, intercambios comerciales y de
profesionales, crear un bloque incómodo para los Estados Unidos y para sus
aliados al sur del Rio Bravo. Sin embargo, el sueño bolivariano de Chávez
comenzó a sucumbir a la par que la salud de su promotor, una enfermedad de
misterio despachó al presidente a la historia y dejó al sueño hecho una pesadilla.
El esbirro número uno del comandante heredó sin rubor el trono y sin dilación
se hizo a la tarea de hacer de algo malo, algo peor. La crisis que engendró el
populismo desbocado de Chávez, se ha transformado con Maduro en un asunto cuyas
dimensiones trágicas estamos por descubrir.
Tanto Cuba, como Venezuela están
desbordadas, sus sociedades saciadas, desilusionadas, hambrientas, con los
nervios de punta. Cuba no tiene, desde hace décadas influencia real en América
del Sur, si es que algún día realmente la tuvo, cosa de la que no estoy muy
seguro. Le verdad es que Cuba difícilmente sobrevive, como para estar
intentando conquistar ideológicamente al continente. Por su parte, Venezuela
perdió hace ya un tiempo la posibilidad de incidir en el curso político del
vecindario. Si no lo logró con el carismático liderazgo del amado y odiado
Chávez, menos ahora con el absurdo desgobierno de Maduro, que no da abasto
persiguiendo contradictores y asesinando estudiantes y amas de casa, inventándose
procesos por cargos ridículos contra opositores impotentes a quienes acusa con
estridencia de ser traidores, conspiradores y demás artilugios de dictadorzuelo
tropical.
Es por esta razón, que hablar de
la influencia Castro – Chavista en Colombia y más aún en el gobierno mediocre y
elitista de Juan Manuel Santos no es más que un sinsentido, una burda
estrategia para votantes ignorantes por parte de una derecha despreciable y
oportunista que ha hecho de la confusión y la ignominia su mejor estrategia
política.
La única influencia castrista
comprobable en esta Colombia díscola es la de las telenovelas grotescas y
llorosas de Verónica Castro en la cultura popular colombiana de los años
ochenta, así como la única influencia chavista es la del Chavo del Ocho, un
personaje entre cómico y trágico que representa esto que somos.
Juan Ladrón de Guevara Parra