10 dic 2013

De bucaneros y tigres

La noticia era como un barco pirata que aparece en el esquivo horizonte, a veces espejismo, otras, peligro potencial. Sigue la rutina mínima, la que distrae, la que adormece y nos olvidamos del barco amenazante hasta que volvemos a verlo, más cerca. La silueta recortada por el sol sigue despistando. Es solo un punto, que puede ser cualquier cosa o nada, nos tranquilizamos, somos millones, no se atreverán con nosotros. Entonces un silbido hace revolotear a los pájaros y la pregunta se reproduce ¿Qué pasó?
El desconcierto hace que todos se miren con desapruebo y los dedos señalan culpables. Nadie hizo nada porque todos pensábamos que alguien más lo haría, y ahora, en la antesala de la batalla, con el humo asfixiándonos  y el miedo corriendo por la sangre nos reprochamos nuestra ineptitud. Los piratas asaltan la ciudad que era inexpugnable y altanera, como un tigre cuya majestad se ve abolida por la red de los cazadores. La presencia oscura de los piratas, su mirada feroz, la codicia brillando en sus dentaduras afiladas ha vencido a la ciudad arrogante. Imponen su voluntad, saquean las calles, no dejan piedra sobre piedra. Roban, golpean, asesinan, violan, vulneran. Lo suyo es el cañón y la espada. Siembran hambre y desesperación, germina el fuego, brota la sangre.
La razón, la lógica, la justicia son chistes grotescos, se extravían en la risa de hiena de los corsarios. Impera su ley arbitraria, de puño y escupitajo. El desdén es su voz, el desprecio su credo. Son los jefes, los caudillos, los que tensan las riendas y empuñan la mano amenazante, están inmunizados  contra la buena conciencia, la equidad, la tolerancia. Son ellos por ellos y para ellos. No tienen contradictores, tienen enemigos, no reconocen ciudadanos, ven esclavos o súbditos. No conocen la cortesía o el respecto, la mesura o la gallardía, desconocen la nobleza. Son la bota que oprime, la grosería que noquea al argumento, la ignorancia que bloquea a la inteligencia.
 Son hábiles arácnidos, tejedores incansables de trampas que se reproducen como plagas. Ocupan comercios, iglesias, industrias, hacen empresas, fundan partidos políticos con vocación de secta, no de servicio.  Su ideología es el engaño, la violencia, la manipulación y el poder, postulados que veneran con fervor místico.
 La ciudad sitiada y exhausta termina por claudicar su voluntad, acepta su presencia permanente, inamovible. La ciudad se desintegra en la resignación, en la indiferencia. Los ciudadanos despojados de su identidad, de su voluntad, bajan la cabeza, se arrodillan ante los canallas, los acogen y se someten a su arbitraje vulgar de la vida. A los filibusteros les gusta que les obedezcan, no reconocen otra alternativa, es su derecho natural, como respirar o eructar cuando se alimentan.
Entonces el abuso constante se hace norma, cotidianidad, rutina, verdad comprobada y aceptada. Nos hemos sometido, bajamos la cabeza, damos la espalda, nos arrodillamos, nos escondemos impasibles. Aceptamos su voluntad con temor, por omisión e ignorancia. Nos hacemos de lado para que pasen, rogamos para que no nos miren y si lo hacen que nuestro semblante no delate ofensa, para así evitar ser castigados por la insolencia de existir. Los piratas han hecho de nosotros animales domésticos, perritos falderos, gatitos indefensos.
 Nos rendimos a su picardía, a sus embustes, les rendimos pleitesía, creemos sus mentiras, dejamos que nos llenen el cerebro de mezquindad y despropósito, que nos despojen de nuestras ideas y nos implanten las suyas, les permitimos que determinen nuestro futuro, mientras miramos para otra parte, mientras nos distraemos con telenovelas o partidos de fútbol, mientras emulamos los falsos ídolos de la farándula. Aceptamos su educación mediocre que nos transforma en ciudadanos mediocres, carentes de autonomía, superficiales, indiferentes, intolerantes, ignorantes de la dimensión de los actos canallas de los corsarios, los cuales acogemos con cansada resignación, como el tigre que acepta su destino de atracción de circo o el extraviado que claudica en la selva porque nadie le enseñó a descubrir la fórmula para leer la brújula que pende de su llavero. A los ciudadanos nos han hecho rebaño manso y confundido, temeroso y tembloroso, un rebaño mal informado, apático y desesperanzado es un rebaño ideal para los filibusteros, porque la indiferencia de millones es beneficio de las élites piratas. Ver por un solo ojo es suficiente para un pirata de cuello blanco y corbata de seda, para ser rey de una multitud de viscos. 
Hace tanto que están aquí, que ya no son extraños, ni amenazantes, nos han captado para sus filas piratas, los emulamos, copiamos sus malas artes, justificamos su presencia, incluso la agradecemos. Queremos ser filibusteros, comulgar con su credo corrupto, sonreír y mostrar los colmillos manchados, estamos dispuestos a darnos de codazos, a desencajarle la mandíbula a nuestro enemigo para también ser parte la cofradía pirata. !al demonio la democracia, yo quiero ser pirata! grita un aspirante y la multitud visca corea su nombre, lo colma de aplausos, le toma fotos, se desmaya, acepta, asiente, le confiere la verdad, le permite fecundar su cabeza con sus ideas por absurdas que sean, aunque no tengan sentido, aunque atenten contra su inteligencia, que poco a poco se disuelve hasta desaparecer y con ella se desvanece el individuo, del ser que piensa y reflexiona queda un vacío que se va llenando de fanatismo, irracionalidad, de consumismo y brevedad.
Los piratas que nacieron piratas se mantienen en la sombra, como las tarántulas que tienden la trampa y se esconden a esperar la llegada de los incautos o de los atrevidos que llegan a retar su dominio. A unos los usan para su empresa pirata y cuando se cansan los despachan, con los otros, con los intrépidos, se entretienen, dejándolos creer que pueden derrotar el régimen bucanero. Los dejan jugar a ser líderes, los hacen pensar que tienen voz y que esa voz tiene algún tipo de valor.  Juegan con ellos, como el domador con el tigre, al punto de convencerse que es él quien tiene el poder con su ridículo látigo, pero llega un día en el que el tigre se aburre de la farsa y acaba el juego con un zarpazo. Porque, así este domesticado, tigre es tigre. El día que esta sociedad recuerde que somos nosotros y no ellos, ese día se acaban los piratas, se acaban los domadores.  


 Juan Ladrón de Guevara Parra