Su nombre infunde escalofríos,
rencores, suspicacias, venas dilatadas, odios ciegos que retan la razón, la
lógica e incluso las buenas maneras. Antes de 1992 no existía más allá de lo
esencial, pero luego de ese año su imagen comenzó a surgir como germina la
hierba entre el asfalto, una hierba ruda, un tanto vulgar pero inquebrantable.
Para 1999 su nombre ya era ceiba y sus raíces habían resquebrajado a la vieja
clase dirigente de Venezuela que por años había hecho fortuna gracias a los
ricos yacimientos de petróleo que tiene esta nación.
Hugo Chávez Frías presidente se hizo entonces
enemigo feroz de los petroleros, de los banqueros, de los grandes empresarios y de todo el
"estatus quo" venezolano y al mismo tiempo se convirtió en el benefactor, el
héroe, el idolatrado de la clase baja y media, que lo veían y ven como un mesías,
como un redentor, como un vengador. De antiguo hombre de armas, defensor de la
rancia clase dirigente, pasó a ser un revolucionario de corte socialista que no
dudo en tramitar una nueva constitución, que de paso incluía cambiarle el
nombre a Venezuela, para bautizarla con el rimbombante rótulo de República
Bolivariana de Venezuela. Posteriormente encausó sus esfuerzos para asegurarse el
control de la empresa venezolana de petróleos PDVSA, proveedora de la riqueza
del país, hecho que terminó de enfurecer a la élite venezolana. La estrategia
produjo revueltas, protestas y gran inestabilidad política, económica y social,
al mismo tiempo que envió la relación con Estados Unidos al barranco diplomático. El
creciente fervor por parte de diferentes sectores produjo un desabrido intento
de golpe de estado en 2004, que lo removió temporalmente del palacio
presidencial, pero que no disminuyó el conflicto político y social. De tal
manera que el temido presidente socialista volvió a Miraflores con su poder
renovado y un aire de imbatible que lo consolidó como el enemigo número 1 del
receloso "estatus quo", no ya solo de Venezuela, sino del continente al sur de
Estados Unidos, país que veía con incomodidad a la nueva república.
Con Chávez en la silla presidencial,
no solo el pueblo venezolano se sentía revindicado, también lo hacían los
países menos favorecidos del continente, en especial la embargada Cuba, la
endeudada Argentina, así como Bolivia y Ecuador que no tardaron en sumarse a la
nueva ola de gobiernos de izquierda que finalmente asumía la difícil tarea de
orientar a los países del sur de América. A ellos no tardó en sumarse Perú,
Uruguay, Paraguay, Brasil, así como Nicaragua. En escasos años un continente
tradicionalmente pro Estados Unidos, plagado de gobiernos conservadores cuando
no de dictaduras militares, entraba en el siglo XXI gobernado por presidentes
de izquierda que se enfocaban más en lo social y menos en rendirse de rodillas
a las disposiciones de Washington. Venezuela, sin embargo, fue la única que
directamente se enfrentó a Estados Unidos, otras naciones, acaso las más
cercanas debido a la deuda de gratitud adquirida, la secundaron aunque con
menos énfasis. A pesar de los discursos inflamados y arrogantes, a pesar de las
palabras altaneras hacia el gobierno de Bush al que Chávez en Naciones Unidas
se atrevió a comparar con el Diablo, Venezuela siguió vendiéndole petróleo al
gran enemigo. Es que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.
Para Colombia, Venezuela se hizo un
vecino ruidoso, de esos que colocan música a todo volumen desde las 8 de la mañana
un domingo, de los maleducados y bocones. Nuestro gobernante de turno, pronto
asumió con su homólogo la misma actitud que asume el vecino envidioso con el
dicharachero que sin embargo tiene más plata… él podrá tener más plata, pero yo tengo más clase. El presidente
colombiano de ese entonces, no podría estar más equivocado, ninguno de los dos tenía clase. La diferencia radicaba en que al de Venezuela eso le tenía sin cuidado y al de Colombia sí. En
el fondo la animadversión del presidente de Colombia por el de Venezuela estaba
sustentada en la envidia, porque si bien ambos eran altamente populares, la
riqueza de Colombia en petróleo palidece con la de Venezuela, de tal manera que
era evidente que el bullicioso Chávez tenía mayor influencia en la región que el
escuálido, chiquito y bravucón que presidía este lado de la frontera.
Con un vecindario adverso a la
política colombiana, que por esos años estaba más inclinada de lo usual a la derecha
recalcitrante, Colombia se encontró sin aliados cercanos, convertida además en
bastión de Estados Unidos en América del Sur, rol poco estimado. Con Venezuela
abanderando el sueño de Bolívar, Colombia, posiblemente siguiendo las
disposiciones del “amigo” del norte, emprendió la antipática tarea de
desprestigiar a su vecino internacionalmente señalándolo de albergar a la
guerrilla en su territorio. Esta afirmación temeraria y no carente de veracidad
tiñó, no solo la relación con Venezuela,
sino también con Ecuador, país al cual Colombia agredió en su soberanía al
perpetrar un bombardeo ilegal en su territorio que dio como resultado la muerte
de uno de los líderes de las FARC. La acción tuvo varias implicaciones diplomáticas,
comerciales, políticas y sociales debido a que el aislamiento con respecto a
los otros países de la región se hizo ahora oficial. Colombia entonces cesó sus
relaciones diplomáticas con dos de sus socios naturales. Pero no solo eso,
Chávez, como es llamado de manera despreciativa por gran número de colombianos
el presidente de Venezuela, se convirtió en el enemigo público favorito del
país. Los medios de comunicación afines a la línea gubernamental usaron la
imagen de Hugo Chávez para desviar la atención del país hacia un supuesto
enemigo común, con el fin de distraer a la nación del debacle político e
institucional que era el gobierno de aquel entonces. Los casos más descarados
de corrupción, de impunidad, de violaciones a los derechos humanos, de
persecución política, no interesaban tanto a la opinión colombiana como el
último discurso del presidente venezolano cuya imagen figuraba diariamente en
todos los medios escritos, televisivos y radiales del país. Colombia era y es,
absurdamente anti Chávez, lo cual la ha convertido en refugio de todos los
contradictores, perseguidos y confabuladores del vecino.
La figura de Hugo Chávez, su
corpulencia, su camisa roja, sus discursos airados contra la oligarquía, el capitalismo, Estados Unidos, contra
la lógica diplomática, la adoración que
despierta en sus seguidores, el rencor que nubla los buenos modales de sus opositores,
sus acciones a favor de los olvidados, su desparpajo para insultar a los
dominadores lo han hecho un hito en la historia de este continente desquiciado.
Claro que ha cometido arbitrariedades e injusticias, por supuesto que ha
perseguido a sus enemigos y ha coartado la libre expresión, no hay duda en que
se ha beneficiado y ha beneficiado a sus amigos, de eso se trata el poder a la
latinoamericana.
Mientras en Rusia y China les gusta el rigor opresivo, aquí preferimos,
ejercer el poder con desfachatez, improvisación y picardía. Condición bien
democrática pues no conoce distinciones de derecha, izquierda o centro. Pero
sin duda, el estilo de gobierno de Chávez merece un capítulo aparte,
pues la indignación y admiración que ha suscitado en su país y en Colombia, no
creo que tenga equivalente en toda nuestra historia.
Prueba de esto es la reciente y
fallida candidatura de Henrique Capriles, adalid de la oposición venezolana.
Como toda campaña que se respete hubo insultos, recelos, manipulación mediática,
ataques ácidos, insinuaciones, golpes bajos y a la mandíbula. Si en Colombia tuviéramos
la opción de votar en las elecciones de Venezuela, el presidente habría sudado
para ganar, pero ese no fue el caso.
A la mayoría de los venezolanos no les
importó al momento de votar que su presidente estuviera claramente incapacitado
para ejercer su gobierno, al extremo de no haberse podido posesionar en la
fecha indicada por la constitución que él mismo hiciera reformar. Como tampoco
les pareció preocupante que llevara más de un año en estado delicado por cuenta
de un cáncer misterioso que se ha hecho tratar en Cuba sin mayores resultados,
todo bajo un estricto manto de silencio que a todas luces es insultante tanto
con los venezolanos como con las instituciones que mal defienden la democrácia en ese país.
Como es evidente, la ausencia del hombre
fuerte de Venezuela ha causado toda suerte de chismes, inestabilidad,
lloriqueos, rezos, que en un país abiertamente socialista es por lo menos
curioso. Pero es que así somos de incoherentes, no hay ideología que reemplace
a la camándula. El mismo Chávez, cabeza visible del socialismo bolivariano trina
ruegos por su salud y solicita de sus seguidores misas. En sus consignas caben
a un mismo tiempo las arengas clásicas de la izquierda más radical, como
menciones al espíritu santo. Esa es la amalgama, la diversidad de América
Latina amables lectores. En medio de este desajuste un prestigioso diario
español tuvo la mala fortuna de publicar en primera página la foto del líder
entubado y en tránsito de muerte. Hubo por supuesto indignación, protestas
diplomáticas, tufo a conspiración, debido a que el insigne Chávez ha expulsado
a varios intereses españoles de su amado terruño. Así mismo, la foto en
cuestión debió despertar en los exiliados venezolanos en Colombia la ilusión y en muchos colombianos la alegría poco
cristiana de alegrarse del mal ajeno. Pero todo resultó falso y la incertidumbre
se mantuvo intacta luego de sendas declaraciones de ministros venezolanos y de
la retractación del periódico en cuestión. Poco después apareció otra foto del
supuesto cadáver de Chávez uniformado de oliva. Era tan burdo el
montaje que no pasó de ser un pésimo chiste.
La lenta agonía del comandante, la lucha irrevocable
por aparentar buen semblante, el secreto, los rumores, los análisis de médicos
desde Miami, la opinión de políticos y periodistas tienen a la América del Sur en
vilo. Entonces, cuando ya creen sus aliados, sus detractores, sus seguidores y
opositores que el incansable Chávez va a claudicar, a entregar las armas, a
colgar sus botas y boina, revive en Twitter y no solo eso, regresa a Venezuela.
Multitudes lo aclaman, rezan por su salud, se persignan, entran en estados
místicos que parecen más bien histéricos. Evo Morales solicita audiencia en el
hospital presidencial, pero no logra verlo, el comandante está más allá que acá.
Fidel, el inmortal, el venerado y mítico pater revolucionario de esta América díscola
le escribe una carta de despedida, en la que los analistas más perspicaces
creen descubrir un mensaje cifrado que augura el último suspiro del comandante
Chávez. Otros no temen al error cuando aseguran que ha vuelto solo para morir
en Caracas, porque ya las cartas están jugadas, porque ya su heredero ha sido
señalado por el dedo bolivariano, con lo que el legado está asegurado. A esta
revolución nada la detiene, susurran con cierta incredulidad los seguidores más
comprometidos, es una confabulación maliciosa de la oligarquía señalan otros, volvió
para acallar los rumores malintencionados vociferan los más fanáticos, esto es un complot del capitalismo yanqui, se quejan no pocos.
Lo cierto es que el presidente Chávez,
el militar insubordinado que pagó 2 años de cárcel por rebelarse en 1992, el
amigo de Sean Penn, el colega de Evo y Rafael, el enemigo de Uribe y el nuevo
mejor amigo de Juan Manuel, el que cambio a Venezuela para bien de unos y mal
de otros, el que más cerca ha estado de hacer realidad la utopía de Bolívar,
está cerca de morir de una enfermedad de espanto, que como él, ha probado ser
imbatible. Su muerte inminente le planteará a Venezuela y a la región una serie
de interrogantes que determinarán su historia, en la cual, este gobernante
inusual y polémico ya tiene su nombre inscrito.