4 jun 2013

Los tiempos del ruido



¿Qué ruido es este que alborota el aire diario? ¿De dónde proviene este temblor de huesos, este nudo en la garganta, esta angustia que altera el pulso cotidiano? ¿Cuál es el origen de este olor rancio que nos contamina los pasos? ¿Qué hace que vivamos con el puño engatillado y la lengua dispuesta a la palabra brava? ¿Por qué prima el gesto despectivo y desafiante, sobre la decencia y el buen trato? ¿Qué hace que en una ciudad de millones, cada uno viva convencido que está solo?


Estamos tan absortos en nosotros mismos, en lo nuestro, en lo únicos que somos, que se nos olvida que somos comunidad. Que lo que hace uno afecta a otro, somos un efecto Domino. La sociedad se ha ido fragmentando de forma desenfrenada, desordenada, dislocada. Es un árbol torcido, que se marchita.


Esa sensación de comunidad con el desarrollo de la ciudad se fue extraviando. Los barrios ahora son conjuntos residenciales o edificios, colmenas sin identidad. Cada persona ahora es un número, no un apellido. Son los del 202, el 503, el 601, no los Pérez, los Ruiz, los Castro o los Morales. Antes las personas se encontraban en el parque o en la iglesia o mientras regaban el jardín y otros paseaban el perro. Se saludaban con un gesto cordial, quitándose el sombrero o sonriendo. No tenían que ser amigos, ni conocidos. Ahora nadie se mira, nadie se saluda o si lo hacen es entre – dientes, con molestia o temor. 


Cada individuo es absoluto, único, y eso, que en otro momento de la historia fue un logro formidable, es ahora, en su estado más extremo, un problema social. Esta situación, se mezcla con otros aspectos que la agudizan. Si en otro momento, la sociedad disponía de instituciones que la regulaban (iglesia, gobierno, etc) ahora, si bien esas instituciones persisten, su impacto se ha deteriorado drásticamente en el conjunto de la sociedad. El derrumbe de la omnisciente presencia de la iglesia católica ante la avalancha de sectas seudo – cristianas, sumado a los penosos escándalos por pedofilia y corrupción han hecho que esa institución sea hoy una ruina. No es que estos hechos sean nuevos, siempre la iglesia los ha padecido, solo que antes nadie se habría atrevido a denunciarlos, a publicitarlos. Esto mismo ha ocurrido con las instituciones del estado. La corrupción desbordada, los políticos que las habitan vendidos al mejor postor, defendiendo intereses que benefician a un puñado de oportunistas, en contravía del bien común, sus mentiras, sus manipulaciones vulgares, su falta de decoro, honestidad, inteligencia han hecho que el grueso de la sociedad repudie a las instituciones del estado. Las cuales, no cumplen con su función elemental, representar y defender los derechos de la sociedad democrática. La política es ahora sinónimo de vulgaridad, es un concepto degradado a la categoría de insulto. 


Este fenómeno se repite en las fuerzas del orden. Las familias antes, y puede que aún ahora, se enorgullecían de tener a un militar o a un policía entre los suyos, ya que pertenecer a estas instituciones estaba asociado a las mejores cualidades de un individuo, porque supuestamente solo los mejores miembros de la sociedad eran llamados a sus filas. Pero los abusos de autoridad, su intolerancia, su ineptitud, su tendencia a la corrupción, las sociedades con criminales, el manto de impunidad que cubre sus acciones más polémicas, han hecho que estas instituciones sean vistas con recelo por buena parte de la sociedad.


Si las instancias que en teoría salvaguardan a la sociedad, la protegen, regulan y orientan pierden su carga simbólica, su estatus, su peso moral, todo se quiebra. Si los referentes son nocivos, si representan los peores vicios de la condición humana, el efecto para la sociedad es precisamente ese, negativo. Lo cual afecta la forma como los miembros de esa comunidad se relacionan con esas instituciones, así como con su entorno inmediato.


En ese sentido, la frustración, la desazón, la decepción son verbo vivo, rutina, marca de fuego en la vértebra de las personas. Condiciona, obnubila, crea desenfrenos y rabia, depresión, confusión. Lo que antes funcionaba, lo que le funcionó a los abuelos, ahora no existe. No hay reglas, no hay promesas cumplidas, caminos señalados. Antes usted conseguía trabajo y se retiraba del mismo trabajo o por lo menos eso cabía dentro de las posibilidades, y en ese lapso se casaba, tenía hijos y lograba, si la suerte estaba de su lado, tener una casa propia, en la cual estaría hasta el final. Usted sabía que luego de años de esfuerzos, madrugadas, sacrificios varios iba a tener una pensión que le permitiera vivir dignamente. De tal manera que había una meta, una certeza, un propósito.


Hoy no, hoy no hay certezas, ni garantías, gravitamos, o caemos lentamente, imperceptiblemente hacia el vacío. Existe hoy y quizá mañana, pero más allá, solo hay incertidumbre. Es tal el peso de esa ausencia, que afecta el aire, porque la vida se hace trámite, tedio. Los jóvenes, los realmente jóvenes nacen y crecen con esa desazón, con ese tedio enturbiándoles la sangre. ¿Para qué? Parecen preguntarnos cada vez que les indicamos que deben prepararse, que deben ser responsables, aplicados. Ante nuestras mejores intenciones, ellos reaccionan con un gesto despectivo, grosero o arrogante. Y lo hacen por una sencilla razón, porque no ven futuro. Si las cosas están mal ahora, solo van a estar peor después, ¿entonces para qué esforzarnos? Responden con un gesto apático.


Si el futuro crece sin normas, sin referentes, sin garantías, ni alicientes, sin confianza en nada, ni nadie, si ven a sus padres doblegados por el peso de la inconformidad, la decepción, la desazón ¿cómo les podemos exigir otra actitud?, ¿cómo la sociedad les puede demandar continuar el legado que ha fracasado? 


Y es que estos jóvenes decepcionados y desorientados, no son los mismos jóvenes que al morir la década del sesenta incendiaron el orden de las cosas. Aquellos movimientos que comenzaron cuando el siglo era nuevo y que vieron su máxima expresión en esa década, se fueron mezclando con lo establecido hasta hacerse parte de lo mismo que criticaron. El caos, la anarquía social, el fin del “estatus quo” que tanto promulgaron los movimientos de las vanguardias fracasó con estrépito. 

La sociedad no supo qué hacer con lo obtenido, no supo encausarlo, manejarlo, protegerlo, desarrollarlo. Se segmentó al extremo, lo abarcó todo y terminó siendo nada. El desenfreno se ha impuesto, no producto de la reflexión ideológica o como un grito contra una sociedad rígida, sino como resultado del vacío, de la desesperanza y la decepción. Las personas no creen en valores, sino en marcas y estílos. Nos orientan las tendencias de la moda, la tecnología o la farándula, no la política, porque esta se fundamenta en la sociedad y la sociedad está en extinción, tampoco la religión porque se ha hecho nido de perversiones y corrupción, cuando no intolerancia y ostracismo. Todo lo hecho en cientos, sino miles de años de desarrollo humano, nos deshumanizó. Estamos entonces en una época de transición hacia una nueva forma de relacionarnos y como todo proceso de cambio, todo es confuso, turbio. Habrá que esperar entonces a que se asiente el polvo del derrumbe y ver que nos deparan sus vestigios.    

                                                                                                 Juan Ladrón de Guevara