El destino de los pasos que no damos se inscribe en un espacio paralelo y nace allí una secuencia de pasos no dados, que cumplen sin embargo su destino de pasos y en algún lugar o tiempo se encuentran o por lo menos se cruzan con los nuestros y entonces de alguna manera los corrigen. Hacia un lado o hacia otro, el hombre debe dar todos sus pasos. Roberto Juarroz (Argentina) Estos son mis otros pasos.
21 mar 2012
Leer
Leer sin detenerse, sin respirar, leer como tomarse un tequila, como sumergirse en la piscina, como se corren los cien metros/succionar las palabras de la página, como se succiona el cigarrillo, con frenesí y desmesura, arriesgándose, haciéndose daño, hasta consumirse en las letras, hasta mancharse de tinta los ojos, hasta ensuciarse la yema de los dedos con palabras, para después chupárselas como lo saben hacer los golosos/ Leer con descaro y desafío, como lo hace un pervertido, un mirón/ Leer con adicción, con temblores y escozores, con fiebres y pesadillas/ Leer con rabia, en un solo round y caer noqueado, con la nariz hecha puré y los ojos hinchados/Leer con fervor religioso, pasar las páginas como se pasan las cuentas del rosario, leer crucificado, o en posición de loto, haciendo un mandala o cantando una alabanza, con la espalda azotada y el silicio desangrándonos el verbo pecar/ Leer desnudos y escandalosos, groseros como pedos, irreverentes como eructos, flácidos o erectos, húmedos o secos, eróticos o recatados/ Leer, Leerte, Leerlo, Leerla, Leernos, Leímos, pero sobre todo leeremos. Juan Ladrón de Guevara
19 mar 2012
El silencio
El coronel Emiliano Pinzón no creía en
aparecidos cuando asesinó a Porfirio Peñate por orinarse en la esquina de su
casa. Al muerto lo recogieron sus soldados y nadie dijo nada. Ni lo miraron
mal, ni se lo comentaron, nadie mencionó su nombre en el sepelio, ni mucho
menos en el entierro. Ni la viuda, ni los hijos del muerto lo acusaron, ni se lo reprocharon. Jamás lo llamó el general Vega, ni el juez Pereda y mucho menos el cura Tiberio. Los
vecinos y los campesinos siguieron quitándose el sombrero y bajando la cabeza
cuando se lo cruzaban por las calles del pueblo.
Pero algo estaba mal, el coronel no se sentía
tranquilo. ¿Qué se escondía detrás de ese silencio? ¿Por qué se hacen los de la
vista gorda? En cada gesto, en cada mirada, en cada actitud creía detectar un
reproche, una queja, una exigencia. Te hemos salvado, ¿qué vas a hacer por
nosotros? La pregunta se repetía en su mente a cada encuentro, por casual o
irrelevante que fuera. En todos aquellos que lo rodeaban, desde el encopetado general Vega hasta la humilde mucama
que le servía el café, percibía un reproche cómplice y la pregunta escondida
entre sus palabras.
Con el paso de los días, las semanas, los meses, los años y
los rangos, en su mente se fue formando una complicada conspiración, plagada de
silencios, miradas, muecas y actitudes que se manifestaban por doquier. ¿Por
qué nadie decía nada?, ¿acaso no había sucedido? ¿Qué clase de personas lo
rodeaban? Esta pregunta lo hizo despreciarlos, ¿Cómo podían ser cómplices de
algo así? El ya octogenario padre Tiberio guardó silencio. No hubo Aves Marías,
ni Yo Pecadores, no hubo absoluciones, ni misericordia, solo una mirada cargada
de incógnita. ¡Contrólese! Que usted representa la patria. Le gritó exaltado el
ex general Vega. La viuda de Peñate
ya había muerto y sus hijos desaparecido. Los soldados que arrastraron su
cuerpo no recordaban a ese de los muchos que recogieron ¿Había existido
Porfirio Peñate? ¿Por qué no aparecía?
¿Quién es el coronel Emiliano Pinzón? Nadie
sabe, lleva años haciéndose llamar así. Siga por aquí doctor Quiñones.
Juan Ladrón de Guevara
Juan Ladrón de Guevara
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