Las
noticias nos desbocan. Cada segundo cientos de cosas en el planeta se
transforman, culminan, inician, se descubren, se revelan. Hay graves escándalos
financieros, serias violaciones a los derechos humanos, guerras civiles,
protestas, recortes a la salud, la cultura, la educación. Millones de personas,
como usted y como yo, pierden los ahorros de toda su vida en un pestañeo, para
luego ser desalojados por policías y perros rabiosos como si fueran criminales.
Hay xenofobia y racismo, existe el tráfico de influencias, de narcóticos, de
armas, de mujeres, de niños. Hay violaciones, masacres, asesinatos, accidentes,
ocurren terremotos, maremotos, caen meteoritos, hay inundaciones, desplazados,
víctimas. La injusticia se reproduce como solo saben hacerlo los mosquitos y
los ratones. Hay abusos de autoridad, casos de corrupción, robos a mano armada
y de cuello blanco.
Es
un mundo revuelto, vertiginoso. Los hechos se suceden sin respiro, algunos
trascendentes con serias implicaciones, que sin embargo, son presentados de
manera frívola, sin ofrecer al público un análisis profundo y serio. Esos temas son filtrados, descuartizados en
tres párrafos mal escritos o son apenas mencionados en los noticieros. Son una
anécdota, una curiosidad, cuando no un chiste flojo. Día tras día nos han
convencido que generar debate, cuestionar al gobierno o al estatus quo,
denunciar, analizar críticamente, no vende, no es interesante, no tiene ningún
propósito, no cumple ninguna función, cuando no es considerada una actividad
subversiva, antipatriota o negativa.
Entonces
al ver o leer noticias nos encontramos con la visión fútil y vulgar del hecho,
cuando este no está monstruosamente tergiversado. La tendencia de muchos
espacios noticiosos es enfocarse en lo minúsculo, en el hecho sangriento o
escandaloso, en el morbo o la simpleza. Pero sobre todo en el chisme, en el
parloteo superficial. En otorgarle una transcendencia inmerecida a hechos
triviales. Señalo dos ejemplos de esto.
El
nacimiento del primogénito de Shakira paralizó los espacios de noticias en
Colombia. Los noticieros tenían a sus corresponsales alertas y la totalidad de
la emisión estuvo destinada a cubrir el evento. Al día siguiente en uno de los
periódicos más importantes apareció un artículo reportando que después del
nacimiento de Milán, no recuerdo cuantos otros bebés fueron bautizados igual.
Una noticia, sin duda, de vital importancia.
Otro
ejemplo de lo anterior surgió con la elección del primer Papa latinoamericano
en la historia, este hecho que fue analizado desde diferentes perspectivas por
diversos medios extranjeros y uno que otro articulista colombiano, arrojó un
dato desconcertante. En Colombia, tituló el mismo periódico del ejemplo
anterior, hay cerca de cincuenta mil colombianos que llevan por nombre
Francisco. Otro hecho de indescriptibles dimensiones.
Hubo
una época en la que primaban espacios periodísticos que se concentraban en
generar discusión, en confrontar la realidad turbulenta e irreal que nos define
con rigor, profesionalismo, objetividad e incluso con humor, aún, hay que ser
justos, persisten algunos ejemplos de lo que debe ser el ejercicio
periodístico, pero son especies en vías de extinción, que habitan especialmente
en la radio y la prensa escrita, pero que son casi inexistentes en la
televisión.
Se
ha hecho norma que la prensa, en especial la televisiva se concentre en aproximarse a las noticias desde lo anecdótico, lo
curioso, lo extravagante, lo superficial y lo amarillista. La tendencia no es
la de analizar la noticia, sino la de manipularla, alivianarla. Si
hay una manifestación, las noticias se concentran en presentar imágenes de los
desórdenes o los actos de violencia, indicando de esta manera que todos
aquellos que protestan, sean las causas que sean, son personas violentas, agresivas
que deben ser controladas por la fuerza. Con esta óptica se neutraliza la
simpatía o solidaridad del grueso de la población y se da al traste con el
sentido de la protesta como derecho ciudadano. Implícitamente el mensaje es claro,
todo aquello que atente contra el orden establecido es reprochable, censurable.
Dos
ejemplos de esto. El año pasado, las comunidades indígenas del Cauca, una
región colombiana que ha sufrido el embate permanente de la guerra entre los
diferentes actores bélicos, se rebelaron contra la presencia de los grupos
armados, legales e ilegales que en sus territorios los han venido persiguiendo,
asesinando, desapareciendo, empobreciendo desde hace más de cincuenta años. La
guardia indígena se dispuso a expulsarlos de su territorio, lo cual produjo
revueltas, agresiones de ambos lados, irrespetos, desmanes, insultos. Su
protesta, su exigencia por vivir en paz, su solicitud de ser excluidos del
conflicto se sintetizó por la prensa en una imagen que apelaba a la emoción. La
guardia indígena indignada expulsó a un soldado de la base militar que se
encontraba en la región, en la imagen se ve a un soldado en cuyo rostro se
dibuja la mueca de la impotencia y la rabia que acompañan la humillación. El
soldado lloró. Esta instantánea fue suficiente para sesgar la protesta, para
deslegitimizarla ante los televidentes. Los indígenas, o los indios, como se
los llama de forma denigrante, fueron estigmatizados. Fueron tímidos los
análisis que explicaban el contexto de guerra, de maltrato, de marginalización
permanente que han sufrido estas comunidades desde la época colonial. Su
protesta legítima, angustiosa, extrema, fue calificada por los medios y por lo
tanto por el gran público como subversiva, cuando no terrorista o criminal. Los
sectores más retardatarios e intolerantes, los acusaron de mancillar el honor militar,
lo cual contagió a la gran masa social y obnubilada que de inmediato y sin
conocer de fondo la problemática formuló su juicio y por supuesto su condena.
Otro
ejemplo de esta parcialización se reflejó en el todavía fresco paro cafetero.
La falta de políticas serias desde diferentes sectores, ha hecho del café
colombiano un producto en ruinas. Los caficultores pequeños viven en
condiciones deplorables, aplastados económica y socialmente por una maquinaria
corrupta e inepta que solo favorece a los productores grandes. Este hecho los
llevó a sublevarse, a bloquear vías, a exigir respuestas. El gobierno primero
se indignó, luego amenazó y acusó, después dio explicaciones, contrarrestó la
negligencia con cifras, prometió ayudas mientras desplazaba a los anti motines
con sus corazas. Hablaban de negociación y dialogo, mientras los policías fortificados
disparaban gases lacrimógenos y balazos. Reprimían a campesinos, ancianos,
niños, mujeres con tesón de templarios. Pero de eso los medios no hablaron, no
mostraron nada. Lo que el espectador corriente veía era a unos desadaptados
agrediendo a las fuerzas del orden, promoviendo la violencia como único
argumento o entorpeciendo la buena imagen del país ante el mundo. La prensa
insidiosa habló de infiltración de la guerrilla y con eso la causa de los
cafeteros se fue al despeñadero de la opinión pública. No eran personas honestas
y trabajadoras buscando revindicar su derecho a vivir dignamente, eran
criminales peligrosos, saboteadores, bandoleros. No hubo análisis, ni contexto,
la óptica estaba nublada por una viscosa mancha amarilla. De tal manera que el
que ve las noticias mientras almuerza o cena solo ve a unos revoltosos que se
levantaron con ganas de molestar, de incomodar, de hacernos ver mal.
Esto
cuando surgen noticias vigorosas, de alto impacto, inocultables. Pero hay otros
casos en que dependiendo de los protagonistas el asunto pasa desapercibido o
con mínima exposición. Si el protagonista de la acusación no es parte del
estatus quo, es un opositor del gobernante de turno, una piedra en el zapato de
los influyentes, los medios se vuelcan
sobre el personaje como la jauría ante una presa derrotada. Se filtran videos,
documentos, declaraciones, escarban en su basura y sus nombres salen asociados
con escandalosos titulares todos los días, a cada hora. Pero si el sospechoso
es de alto rango, de los que pagan la pauta, la omisión es reina y difícilmente
se menciona el asunto, incluso se hace una defensa, a veces sutil o descarada,
del personaje y la noticia se filtra por lo bajo, justo antes de los
comerciales o de la sección de entretenimiento o la de deportes, con eso el
espectador se distrae, se olvida del asunto o no lo considera serio o verídico.
La lógica del televidente dicta que si la noticia no hace parte de los
titulares o no es con la que abre el noticiero entonces no es verdaderamente
importante.
Un
ejemplo de esto fue el anterior gobierno. En esos años absurdos y canallas era
frecuente ver como los medios de comunicación tradicionales, se esmeraban con
cinismo por ocultar o disimular los gruesos casos de corrupción que parecían
aflorar cada semana. Se hizo evidente
que los medios de mayor tradición e influencia estaban comprometidos con
el gobierno. Sus editoriales estaban plagados de sus defensores y las noticias
solo ofrecían una perspectiva, perversamente sesgada en la mayoría de los casos.
Por fortuna hubo sectores en los medios que se resistieron a ser cómplices y
asumieron un papel combativo e incluso arriesgado. Era frecuente ver la
vehemencia con que los actos de corrupción o de violación de los derechos humanos,
eran ocultados, desestimados, cuando no omitidos de la agenda informativa. Las
voces de estos hombres y mujeres han hecho posible que los abusos y crímenes de
ese periodo no se hayan diluido en la esquiva memoria nacional.
Sin
embargo, esta tendencia por volver las noticias superficiales, por centrarse en
lo intrascendente dejando de lado el análisis se mantiene e incluso parece
fortalecerse, lo cual tiene un impacto nocivo para una sociedad en formación,
ya que le arrebata la posibilidad de pensar críticamente, la condena a ser
incompleta, manipulable, carente de conciencia histórica, competencias
ciudadanas, valores éticos. Piedras angulares que definen nuestro rezago como
país.
Juan Ladrón de Guevara
Juan Ladrón de Guevara