28 jul 2014

Ebullición



Un dialogo breve, indiferente, frío como la noche, se atraviesa en nuestra conversación. El semáforo permanece rojo, son cerca de las ocho y media de la noche de un lunes. La maleta está de ese lado. Alcanzo a buscar la respuesta ya con el corazón revolucionado. El golpe fractura el vidrio del asiento del pasajero que se desploma hacia el interior. El criminal se apropia de mi morral, lo extrae sin afán y se aleja observándome entre retador y temeroso. El semáforo se hace verde y mi aturdimiento me retiene, pero muy pronto el apuro de los cláxones vecinos me obliga a retomar la marcha con la indignación y la ira crispándome la piel.
Soy nuevamente una víctima del crimen bogotano. Los eventos de esa noche me han forzado a hacer memoria. En mi registro he contado cerca de seis asaltos, de diversa índole. A esta cifra de actos directos contra mi bienestar, me veo obligado a añadir el asesinato vil y cobarde de mi hermano menor hace ocho años exactos. Un crimen impune, que se suma a los millones de crímenes de esa naturaleza en esta ciudad sin ley, ni orden, ni nada.
La indignación y la impotencia, la indiferencia y la indolencia son férreas tradiciones en esta ciudad que cada día es más bárbara y menos habitable. Nadie mueve una hoja por nadie. Decía que la indignación me llevó a desahogarme en el lugar común que es Facebook. Buscaba, obviamente, empatía, solidaridad y curar la rabia compartiendo lo ocurrido. Expresé lo que he venido pensando desde hace algunos años, que no quiero seguir viviendo en Bogotá, que no me place vivir más en Colombia.
Lo escribí porque es lo que pienso, creo que la cuota para expresar mi malestar de forma sincera la he pagado con cada acto violento al que me ha sometido la delincuencia que se esconde en la cotidianidad bogotana. Eso, sin contar con los hechos casi diarios que pueden ser considerados como agresivos y que afectan a la gran mayoría de los que sobrevivimos esta ciudad. Nos hemos acostumbrado tanto a este ambiente violento que extraviamos la posibilidad de inquietarnos, lo hemos asumido como algo normal, como el tamal con chocolate o las onces santafereñas. Algunos se consuelan con el argumento superficial de que esto  pasa en todas partes. No es cierto.
Leo a la par que redacto estas palabras un informe de Forensis, que se encuentra en la revista Semana, edición digital. El informe, que es de carácter nacional, clasifica las agresiones que culminan en muerte de la siguiente forma: homicidios, transporte, accidentales, suicidios e indeterminada. En total, entre 2012 y 2013 murieron en Colombia, dentro de estas categorías 28.496 personas. No especifica el informe las cifras de estos siete meses, ni se encuentra información sobre Bogotá. Pero el panorama no debe ser alentador e incluso pueden ser números más aterradores, pues es evidente que todo es susceptible de ser manipulado e interpretado como mejor convenga a los involucrados.  Qué tan reales son estos informes, qué tanto se ajustan a la realidad, son preguntas difíciles de resolver, pues hay muchos crímenes que no se reportan y varios responsables que no quieren un dedo acusador apuntándolos.
Está documentado por diversos medios la falta de recintos carcelarios, los problemas de hacinamiento en las cárceles son un drama humano que muy poco interés despierta en las instancias correspondientes, en los medios o en la sociedad en general. Por otra parte, la rama judicial no da abasto y la fiscalía carece de recurso humano, es decir, no alcanzan los encargados de acusar, juzgar y castigar para tanto criminal.
Por otra parte, Bogotá es una ciudad profundamente dividida, estratificada y desigual. Por ser la capital del país, se ha convertido en el punto de convergencia de diversos tipos de migración interna. Por una parte recibe inmensos números de desplazados por la violencia, fenómeno que inicia en los años cuarenta  y se extiende sin mayores variantes hasta el lunes de esta semana. La capital nunca ha estado interesada en generar políticas  frente a este fenómeno, ni ha tenido la capacidad para reaccionar de forma eficiente a él. De tal manera que estos colombianos, víctimas de la violencia, deben no solo sobrellevar el peso de este flagelo sino además el de ser discriminados, maltratados e incluso perseguidos por su condición. Sin techo, sin trabajo, sin alimentos, sin oportunidades deambulan por la ciudad o se ubican precariamente en los extramuros. La adversidad, la inclemencia de la sociedad paulatinamente los hace enemigos de la misma. Su tragedia engendra otras tragedias potenciales. La inequidad es la semilla, la raíz tenebrosa de la violencia diaria. No es posible esperar que estos ciudadanos vilipendiados, humillados, golpeados, abandonados tengan competencias ciudadanas, cuando escasamente saben leer o escribir, cuando difícilmente tienen acceso a servicios básicos, cuando nadie les da una oportunidad y son observados con sospecha. Estamos hablando de generaciones enteras condenadas a sobrevivir abusos, orfandades, alcoholismo, drogadicción, maltrato, analfabetismo, desnutrición, a vivir con desesperanza, que es la peor forma de vivir.      
Son hijos de esta plaga los verdugos de mi hermano, los culpables del asalto del lunes que producen estas palabras hoy.
 Pero así mismo, hay otras migraciones, Bogotá recibe a estudiantes de todo el país que cursan su carrera universitaria y que en muchas ocasiones no regresan a sus regiones o ciudades de origen, a ellos se suman los profesionales que sin opciones laborales abandonan sus lugares de origen para establecerse aquí. Es decir, a Bogotá llegan todos, pero mientras otras ciudades con características similares se adaptan y acondicionan a esta situación, Bogotá no es capaz, porque es una ciudad que nunca fue planificada, es un árbol torcido. A eso hay que añadirle un ingrediente, ha sido presa de una impresionante red de corrupción que controla desde el vendedor de chucherías hasta el que se gana las licitaciones para construir las vías de la ciudad.
La ciudad es un ring de boxeo, cada uno pelea a muerte por un puesto, ya sea en una esquina vendiendo aguacates, ya sea compitiendo para robarse un contrato multimillonario para construir un puente peatonal que nadie va a usar porque es un peligro cruzar por un puente peatonal. Hay rateros de tres pesos, llaveros y chaquetas, como hay ladrones de cuello blanco, vestido de Armani y Mercedes Benz.
Cada cual a su manera y con los medios con que su educación o falta de ella los provea, buscan sacar ventaja, escalar la empinada pirámide social, colarse en el bus atestado. En ese batallar incansable no hay treguas, ni concesiones, es una mentalidad a sangre y fuego que se percibe en los grandes escándalos que terminan diluidos en la efímera indignación de la prensa, pero también en la agresión de todos los días, la rutinaria, la del tipo mal parqueado, la del taxista que lo baja del taxi si usted no va para donde él quiere ir, la del vecino que llega borracho a las tres de la mañana un miércoles y le advierte al portero adormecido que no le vaya a interrumpir la fiesta con las quejas del citófono, porque no le va a prestar atención.
Esta ciudad de casas blindadas, enrejadas, con púas,  paredes llenas de grafiti, carente de vías, plagada de cráteres, carros, motos raudas, bicicletas en contravía, peatones atontados, taxistas y buseteros hampones, sucia, desvencijada, vulgar, agreste, indolente, negligente, irritante, poluta, repleta, sin oportunidades, ni opciones, mal educada, feroz, de puños cerrados y mandíbulas tensas, está en malos pasos. Nos está devorando día a día, año tras año.
Si no hay ley, ni orden, si la impotencia se cotiza al alta, si la saciedad está de moda, si no podemos contar con nadie, entonces el paso a seguir es armarse para defender lo propio, porque ser víctima agota, porque no tener respuesta frustra, porque hay un punto en el que se deja de lado la civilidad y comienza la barbarie. Estoy seguro que con cada letra que escribo alguien en esta ciudad  ha resuelto comprar una pistola o una navaja o cualquier otro tipo de arma, porque tiene miedo de que la próxima vez se le vaya la vida en el trance, porque necesita sentirse seguro, no sospecha que es mentira, que nunca responder con violencia pondrá fin a la violencia.
Antes de que eso ocurra, antes de que escuchar tiros a cualquier hora y lugar se vuelva común y andar con un revolver donde antes iba el celular sea de uso obligatorio, antes de que yo me vea forzado a tomar ese tipo de medidas contra mi naturaleza para proteger a mi familia de una criminalidad cada vez más temeraria y agresiva, prefiero ponerlos a salvo lejos de aquí. Creo que muy pronto no habrá otra alternativa aunque a mis amigos del FB les parezca que aquí todo es muy bonito y que esto pasa en cualquier parte. No es cierto. 

                                                                                                                 Juan Ladrón de Guevara Parra