Tener que preservar la vida aferrado a una breve muda de ropa, no tener garantía de ver el siguiente amanecer, mal respirar por el olor a pólvora y chamusquina, tener agarrotado el pecho de incertidumbre y miedo, mal vivir con la amenaza diaria y perseverante de ser acusado y sentenciado sin fórmulas de beneficio. Ver con impotencia como tus hijos e hijas crecen descalzos, mal nutridos, peor educados, si tienen la escasa fortuna de poder ir a una escuelita desvencijada y maltrecha por siglos de indolencia y corrupción. Comprobar que cada año hay menos que comer, que los pocos pesos se evaporan por artes de malas sangres. Ser carne de cañón, enemigo o cómplice por el simple ritual de sobrevivir. El campo está minado, no lo curaremos con cáscara de huevo, ni otro artilugio politiquero. Este campo fértil y esperanzador está hecho ceniza, agoniza, hiede a sangre, no resiste que continúe esta guerra cotidiana, que de serlo nos ha inmunizado en las ciudades contra su crueldad inmisericorde.
Generaciones completas, millones, seis cifras de muertos, desaparecidos, desterrados, huérfanos, viudas, víctimas, números crecientes de traumatizados, violentados, gente decente a quienes el vendaval de la guerra arrasó sin advertencias, cuántos pueblos devastados, cuántas comunidades cercenadas, cuánta esperanza sepultada, derrumbada, vulnerada, cuántos pies lacerados por el cemento hirviente o el filo de las piedras en rumbo al olvido y el desprecio. ¿Cuántos muertos flotando por el río o colgando de los árboles, cuánta vida quebrada, torturada, calcinada, desplazada, desmembrada requieren los políticos mecías para saciar su sed de ganancia y venganza? No alcanzan, no son suficientes los adjetivos oscuros para describir la ruindad indecorosa y miserable que es la guerra que tanto veneran estos enemigos de la paz.
Nos ganó el odio compatriotas, nos arrebató la decencia e impuso su credo de ignominia e ignorancia, nos convirtió en viles comadrejas, nos hizo darnos la espalda, acusarnos con el dedo rudo, con la uña negra de la intolerancia. En este tiroteo incesante extraviamos la honestidad y la dignidad, refundimos la solidaridad y la sensatez está en camino de extinción. La guerra está viva, explota en cada uno, se dispara de lunes a lunes en las rutinas más comunes, pervive en los insultos y los empujones, en las amenazas y la beligerancia con la que nos enfrentamos los unos a los otros. Ahí está compatriotas, dividiéndonos, acechándonos a toda hora, resolviendo nuestras diferencias con la ferocidad por argumento, nos tiene miopes y torpes, aturdidos como un boxeador en el décimo round. Esta guerra está pulverizando el porvenir de nuestras descendencias y nos sigue condenando a otro milenio de perversidad.
Tenemos ante nosotros la posibilidad remota e improbable que vencer el lugar común de permitir, una vez más, que lo peor de nuestra clase dirigente, imponga de nuevo lo peor de nuestra identidad, la violencia, la exclusión, el miedo y la mentira como política de gobierno, debemos evitar que se perpetúe esta guerra infame, desigual, que no ha dejado de cosechar violencia y de sembrar el futuro de terror.
Votar por los indecorosos, los caníbales, los ventajosos, los señores de la metralla y el bombardeo, los que se vanaglorian por asesinar a jóvenes cuyo sino triste los hizo cifras de guerra y días libres y medallas de honor para sus verdugos, es derrotarnos, es claudicar y admitir que no podemos aspirar a otra forma de habitar este territorio en el que hemos nacido. Es necesario indignarse, gritarles a la cara que es suficiente, que el costo de nuestro sacrificio ha sido muy alto y que no estamos dispuestos a perpetuar su discurso odioso y falaz, que no soportamos sus malos hábitos, sus pésimas influencias, su cinismo de mal gusto, sus insultos permanentes a la democracia y su poder de corrupción.
Tenemos, compatriotas, que levantar la cabeza, que recuperar la dignidad, la inteligencia, construir, dialogar, regresar a la honestidad, a la sensatez, tenemos que perdonarnos las ofensas y poner la otra mejilla, resistirnos a la calumnia y la agresión como formula, proponernos el reto de arriesgarnos a asumir por fin nuestro pasado, para aprender de él y así poder crecer y vencer las tinieblas, la opresión, la angustia, pero para eso es indispensable sacudirse las telarañas de la cabeza, ver a través de las mentiras repetidas, es necesario participar, ser ciudadanos de verdad, asumir que este lío es nuestro también, que somos responsables, pero también parte de la solución, aunque la empresa es improbable es necesaria, que depende de nosotros aspirar a un mejor país, pero sobre todo que es clave creerlo y no depender de falsos mecías, ni profetas, ni prestidigitadores.
Los únicos que podemos transformar este país, somos nosotros, con nuestras acciones diarias, así de sencillo, así de complejo.