La noticia era como un barco
pirata que aparece en el esquivo horizonte, a veces espejismo, otras, peligro
potencial. Sigue la rutina mínima, la que distrae, la que adormece y nos
olvidamos del barco amenazante hasta que volvemos a verlo, más cerca. La
silueta recortada por el sol sigue despistando. Es solo un punto, que puede ser
cualquier cosa o nada, nos tranquilizamos, somos millones, no se atreverán con
nosotros. Entonces un silbido hace revolotear a los pájaros y la pregunta se
reproduce ¿Qué pasó?
El desconcierto hace que todos se
miren con desapruebo y los dedos señalan culpables. Nadie hizo nada porque
todos pensábamos que alguien más lo haría, y ahora, en la antesala de la
batalla, con el humo asfixiándonos y el
miedo corriendo por la sangre nos reprochamos nuestra ineptitud. Los piratas
asaltan la ciudad que era inexpugnable y altanera, como un tigre cuya majestad
se ve abolida por la red de los cazadores. La presencia oscura de los piratas,
su mirada feroz, la codicia brillando en sus dentaduras afiladas ha vencido a la
ciudad arrogante. Imponen su voluntad, saquean las calles, no dejan piedra
sobre piedra. Roban, golpean, asesinan, violan, vulneran. Lo suyo es el cañón y
la espada. Siembran hambre y desesperación, germina el fuego, brota la sangre.
La razón, la lógica, la justicia
son chistes grotescos, se extravían en la risa de hiena de los corsarios.
Impera su ley arbitraria, de puño y escupitajo. El desdén es su voz, el
desprecio su credo. Son los jefes, los caudillos, los que tensan las riendas y
empuñan la mano amenazante, están inmunizados contra la buena conciencia, la equidad, la
tolerancia. Son ellos por ellos y para ellos. No tienen contradictores, tienen
enemigos, no reconocen ciudadanos, ven esclavos o súbditos. No conocen la
cortesía o el respecto, la mesura o la gallardía, desconocen la nobleza. Son la
bota que oprime, la grosería que noquea al argumento, la ignorancia que bloquea
a la inteligencia.
Son hábiles arácnidos, tejedores incansables
de trampas que se reproducen como plagas. Ocupan comercios, iglesias,
industrias, hacen empresas, fundan partidos políticos con vocación de secta, no
de servicio. Su ideología es el engaño,
la violencia, la manipulación y el poder, postulados que veneran con fervor
místico.
La ciudad sitiada y exhausta termina por
claudicar su voluntad, acepta su presencia permanente, inamovible. La ciudad se
desintegra en la resignación, en la indiferencia. Los ciudadanos despojados de
su identidad, de su voluntad, bajan la cabeza, se arrodillan ante los canallas,
los acogen y se someten a su arbitraje vulgar de la vida. A los filibusteros les
gusta que les obedezcan, no reconocen otra alternativa, es su derecho natural,
como respirar o eructar cuando se alimentan.
Entonces el abuso constante se
hace norma, cotidianidad, rutina, verdad comprobada y aceptada. Nos hemos
sometido, bajamos la cabeza, damos la espalda, nos arrodillamos, nos escondemos
impasibles. Aceptamos su voluntad con temor, por omisión e ignorancia. Nos
hacemos de lado para que pasen, rogamos para que no nos miren y si lo hacen que
nuestro semblante no delate ofensa, para así evitar ser castigados por la
insolencia de existir. Los piratas han hecho de nosotros animales domésticos,
perritos falderos, gatitos indefensos.
Nos rendimos a su picardía, a sus embustes,
les rendimos pleitesía, creemos sus mentiras, dejamos que nos llenen el cerebro
de mezquindad y despropósito, que nos despojen de nuestras ideas y nos
implanten las suyas, les permitimos que determinen nuestro futuro, mientras
miramos para otra parte, mientras nos distraemos con telenovelas o partidos de
fútbol, mientras emulamos los falsos ídolos de la farándula. Aceptamos su
educación mediocre que nos transforma en ciudadanos mediocres, carentes de
autonomía, superficiales, indiferentes, intolerantes, ignorantes de la
dimensión de los actos canallas de los corsarios, los cuales acogemos con
cansada resignación, como el tigre que acepta su destino de atracción de circo
o el extraviado que claudica en la selva porque nadie le enseñó a descubrir la
fórmula para leer la brújula que pende de su llavero. A los ciudadanos nos han
hecho rebaño manso y confundido, temeroso y tembloroso, un rebaño mal
informado, apático y desesperanzado es un rebaño ideal para los filibusteros,
porque la indiferencia de millones es beneficio de las élites piratas. Ver por
un solo ojo es suficiente para un pirata de cuello blanco y corbata de seda,
para ser rey de una multitud de viscos.
Hace tanto que están aquí, que ya
no son extraños, ni amenazantes, nos han captado para sus filas piratas, los
emulamos, copiamos sus malas artes, justificamos su presencia, incluso la
agradecemos. Queremos ser filibusteros, comulgar con su credo corrupto, sonreír
y mostrar los colmillos manchados, estamos dispuestos a darnos de codazos, a
desencajarle la mandíbula a nuestro enemigo para también ser parte la cofradía
pirata. !al demonio la democracia, yo quiero ser pirata! grita un aspirante y
la multitud visca corea su nombre, lo colma de aplausos, le toma fotos, se
desmaya, acepta, asiente, le confiere la verdad, le permite fecundar su cabeza
con sus ideas por absurdas que sean, aunque no tengan sentido, aunque atenten
contra su inteligencia, que poco a poco se disuelve hasta desaparecer y con
ella se desvanece el individuo, del ser que piensa y reflexiona queda un vacío
que se va llenando de fanatismo, irracionalidad, de consumismo y brevedad.
Los piratas que nacieron piratas
se mantienen en la sombra, como las tarántulas que tienden la trampa y se esconden
a esperar la llegada de los incautos o de los atrevidos que llegan a retar su
dominio. A unos los usan para su empresa pirata y cuando se cansan los despachan,
con los otros, con los intrépidos, se entretienen, dejándolos creer que pueden
derrotar el régimen bucanero. Los dejan jugar a ser líderes, los hacen pensar
que tienen voz y que esa voz tiene algún tipo de valor. Juegan con ellos, como el domador con el
tigre, al punto de convencerse que es él quien tiene el poder con su ridículo
látigo, pero llega un día en el que el tigre se aburre de la farsa y acaba el
juego con un zarpazo. Porque, así este domesticado, tigre es tigre. El día que
esta sociedad recuerde que somos nosotros y no ellos, ese día se acaban los
piratas, se acaban los domadores.
Juan Ladrón de Guevara Parra
No hay comentarios.:
Publicar un comentario