8 abr 2013

Noticias de Barrio



Las noticias nos desbocan. Cada segundo cientos de cosas en el planeta se transforman, culminan, inician, se descubren, se revelan. Hay graves escándalos financieros, serias violaciones a los derechos humanos, guerras civiles, protestas, recortes a la salud, la cultura, la educación. Millones de personas, como usted y como yo, pierden los ahorros de toda su vida en un pestañeo, para luego ser desalojados por policías y perros rabiosos como si fueran criminales. Hay xenofobia y racismo, existe el tráfico de influencias, de narcóticos, de armas, de mujeres, de niños. Hay violaciones, masacres, asesinatos, accidentes, ocurren terremotos, maremotos, caen meteoritos, hay inundaciones, desplazados, víctimas. La injusticia se reproduce como solo saben hacerlo los mosquitos y los ratones. Hay abusos de autoridad, casos de corrupción, robos a mano armada y de cuello blanco.
Es un mundo revuelto, vertiginoso. Los hechos se suceden sin respiro, algunos trascendentes con serias implicaciones, que sin embargo, son presentados de manera frívola, sin ofrecer al público un análisis profundo y serio.  Esos temas son filtrados, descuartizados en tres párrafos mal escritos o son apenas mencionados en los noticieros. Son una anécdota, una curiosidad, cuando no un chiste flojo. Día tras día nos han convencido que generar debate, cuestionar al gobierno o al estatus quo, denunciar, analizar críticamente, no vende, no es interesante, no tiene ningún propósito, no cumple ninguna función, cuando no es considerada una actividad subversiva, antipatriota o negativa.
Entonces al ver o leer noticias nos encontramos con la visión fútil y vulgar del hecho, cuando este no está monstruosamente tergiversado. La tendencia de muchos espacios noticiosos es enfocarse en lo minúsculo, en el hecho sangriento o escandaloso, en el morbo o la simpleza. Pero sobre todo en el chisme, en el parloteo superficial. En otorgarle una transcendencia inmerecida a hechos triviales. Señalo dos ejemplos de esto.
El nacimiento del primogénito de Shakira paralizó los espacios de noticias en Colombia. Los noticieros tenían a sus corresponsales alertas y la totalidad de la emisión estuvo destinada a cubrir el evento. Al día siguiente en uno de los periódicos más importantes apareció un artículo reportando que después del nacimiento de Milán, no recuerdo cuantos otros bebés fueron bautizados igual. Una noticia, sin duda, de vital importancia.
Otro ejemplo de lo anterior surgió con la elección del primer Papa latinoamericano en la historia, este hecho que fue analizado desde diferentes perspectivas por diversos medios extranjeros y uno que otro articulista colombiano, arrojó un dato desconcertante. En Colombia, tituló el mismo periódico del ejemplo anterior, hay cerca de cincuenta mil colombianos que llevan por nombre Francisco. Otro hecho de indescriptibles dimensiones.
Hubo una época en la que primaban espacios periodísticos que se concentraban en generar discusión, en confrontar la realidad turbulenta e irreal que nos define con rigor, profesionalismo, objetividad e incluso con humor, aún, hay que ser justos, persisten algunos ejemplos de lo que debe ser el ejercicio periodístico, pero son especies en vías de extinción, que habitan especialmente en la radio y la prensa escrita, pero que son casi inexistentes en la televisión.
Se ha hecho norma que la prensa, en especial la televisiva se concentre en aproximarse a las noticias desde lo anecdótico, lo curioso, lo extravagante, lo superficial y lo amarillista. La tendencia no es la de analizar la noticia, sino la de manipularla, alivianarla. Si hay una manifestación, las noticias se concentran en presentar imágenes de los desórdenes o los actos de violencia, indicando de esta manera que todos aquellos que protestan, sean las causas que sean, son personas violentas, agresivas que deben ser controladas por la fuerza. Con esta óptica se neutraliza la simpatía o solidaridad del grueso de la población y se da al traste con el sentido de la protesta como derecho ciudadano. Implícitamente el mensaje es claro, todo aquello que atente contra el orden establecido es reprochable, censurable.
Dos ejemplos de esto. El año pasado, las comunidades indígenas del Cauca, una región colombiana que ha sufrido el embate permanente de la guerra entre los diferentes actores bélicos, se rebelaron contra la presencia de los grupos armados, legales e ilegales que en sus territorios los han venido persiguiendo, asesinando, desapareciendo, empobreciendo desde hace más de cincuenta años. La guardia indígena se dispuso a expulsarlos de su territorio, lo cual produjo revueltas, agresiones de ambos lados, irrespetos, desmanes, insultos. Su protesta, su exigencia por vivir en paz, su solicitud de ser excluidos del conflicto se sintetizó por la prensa en una imagen que apelaba a la emoción. La guardia indígena indignada expulsó a un soldado de la base militar que se encontraba en la región, en la imagen se ve a un soldado en cuyo rostro se dibuja la mueca de la impotencia y la rabia que acompañan la humillación. El soldado lloró. Esta instantánea fue suficiente para sesgar la protesta, para deslegitimizarla ante los televidentes. Los indígenas, o los indios, como se los llama de forma denigrante, fueron estigmatizados. Fueron tímidos los análisis que explicaban el contexto de guerra, de maltrato, de marginalización permanente que han sufrido estas comunidades desde la época colonial. Su protesta legítima, angustiosa, extrema, fue calificada por los medios y por lo tanto por el gran público como subversiva, cuando no terrorista o criminal. Los sectores más retardatarios e intolerantes, los acusaron de mancillar el honor militar, lo cual contagió a la gran masa social y obnubilada que de inmediato y sin conocer de fondo la problemática formuló su juicio y por supuesto su condena.
Otro ejemplo de esta parcialización se reflejó en el todavía fresco paro cafetero. La falta de políticas serias desde diferentes sectores, ha hecho del café colombiano un producto en ruinas. Los caficultores pequeños viven en condiciones deplorables, aplastados económica y socialmente por una maquinaria corrupta e inepta que solo favorece a los productores grandes. Este hecho los llevó a sublevarse, a bloquear vías, a exigir respuestas. El gobierno primero se indignó, luego amenazó y acusó, después dio explicaciones, contrarrestó la negligencia con cifras, prometió ayudas mientras desplazaba a los anti motines con sus corazas. Hablaban de negociación y dialogo, mientras los policías fortificados disparaban gases lacrimógenos y balazos. Reprimían a campesinos, ancianos, niños, mujeres con tesón de templarios. Pero de eso los medios no hablaron, no mostraron nada. Lo que el espectador corriente veía era a unos desadaptados agrediendo a las fuerzas del orden, promoviendo la violencia como único argumento o entorpeciendo la buena imagen del país ante el mundo. La prensa insidiosa habló de infiltración de la guerrilla y con eso la causa de los cafeteros se fue al despeñadero de la opinión pública. No eran personas honestas y trabajadoras buscando revindicar su derecho a vivir dignamente, eran criminales peligrosos, saboteadores, bandoleros. No hubo análisis, ni contexto, la óptica estaba nublada por una viscosa mancha amarilla. De tal manera que el que ve las noticias mientras almuerza o cena solo ve a unos revoltosos que se levantaron con ganas de molestar, de incomodar, de hacernos ver mal.
Esto cuando surgen noticias vigorosas, de alto impacto, inocultables. Pero hay otros casos en que dependiendo de los protagonistas el asunto pasa desapercibido o con mínima exposición. Si el protagonista de la acusación no es parte del estatus quo, es un opositor del gobernante de turno, una piedra en el zapato de los influyentes,  los medios se vuelcan sobre el personaje como la jauría ante una presa derrotada. Se filtran videos, documentos, declaraciones, escarban en su basura y sus nombres salen asociados con escandalosos titulares todos los días, a cada hora. Pero si el sospechoso es de alto rango, de los que pagan la pauta, la omisión es reina y difícilmente se menciona el asunto, incluso se hace una defensa, a veces sutil o descarada, del personaje y la noticia se filtra por lo bajo, justo antes de los comerciales o de la sección de entretenimiento o la de deportes, con eso el espectador se distrae, se olvida del asunto o no lo considera serio o verídico. La lógica del televidente dicta que si la noticia no hace parte de los titulares o no es con la que abre el noticiero entonces no es verdaderamente importante.  
Un ejemplo de esto fue el anterior gobierno. En esos años absurdos y canallas era frecuente ver como los medios de comunicación tradicionales, se esmeraban con cinismo por ocultar o disimular los gruesos casos de corrupción que parecían aflorar cada semana. Se hizo evidente  que los medios de mayor tradición e influencia estaban comprometidos con el gobierno. Sus editoriales estaban plagados de sus defensores y las noticias solo ofrecían una perspectiva, perversamente sesgada en la mayoría de los casos. Por fortuna hubo sectores en los medios que se resistieron a ser cómplices y asumieron un papel combativo e incluso arriesgado. Era frecuente ver la vehemencia con que los actos de corrupción o de violación de los derechos humanos, eran ocultados, desestimados, cuando no omitidos de la agenda informativa. Las voces de estos hombres y mujeres han hecho posible que los abusos y crímenes de ese periodo no se hayan diluido en la esquiva memoria nacional.
Sin embargo, esta tendencia por volver las noticias superficiales, por centrarse en lo intrascendente dejando de lado el análisis se mantiene e incluso parece fortalecerse, lo cual tiene un impacto nocivo para una sociedad en formación, ya que le arrebata la posibilidad de pensar críticamente, la condena a ser incompleta, manipulable, carente de conciencia histórica, competencias ciudadanas, valores éticos. Piedras angulares que definen nuestro rezago como país. 

Juan Ladrón de Guevara

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