¿Qué ruido es este que alborota
el aire diario? ¿De dónde proviene este temblor de huesos, este nudo en la
garganta, esta angustia que altera el pulso cotidiano? ¿Cuál es el origen de
este olor rancio que nos contamina los pasos? ¿Qué hace que vivamos con el puño
engatillado y la lengua dispuesta a la palabra brava? ¿Por qué prima el gesto
despectivo y desafiante, sobre la decencia y el buen trato? ¿Qué hace que en
una ciudad de millones, cada uno viva convencido que está solo?
Estamos tan absortos en nosotros
mismos, en lo nuestro, en lo únicos que somos, que se nos olvida que somos
comunidad. Que lo que hace uno afecta a otro, somos un efecto Domino. La sociedad se ha ido
fragmentando de forma desenfrenada, desordenada, dislocada. Es un árbol
torcido, que se marchita.
Esa sensación de comunidad con el
desarrollo de la ciudad se fue extraviando. Los barrios ahora son conjuntos
residenciales o edificios, colmenas sin identidad. Cada persona ahora es un
número, no un apellido. Son los del 202, el 503, el 601, no los Pérez, los
Ruiz, los Castro o los Morales. Antes las personas se encontraban en el parque
o en la iglesia o mientras regaban el jardín y otros paseaban el perro. Se
saludaban con un gesto cordial, quitándose el sombrero o sonriendo. No tenían
que ser amigos, ni conocidos. Ahora nadie se mira, nadie se saluda o si lo
hacen es entre – dientes, con molestia o temor.
Cada individuo es absoluto,
único, y eso, que en otro momento de la historia fue un logro formidable, es
ahora, en su estado más extremo, un problema social. Esta situación, se mezcla
con otros aspectos que la agudizan. Si en otro momento, la sociedad disponía de
instituciones que la regulaban (iglesia, gobierno, etc) ahora, si bien esas
instituciones persisten, su impacto se ha deteriorado drásticamente en el
conjunto de la sociedad. El derrumbe de la omnisciente presencia de la iglesia
católica ante la avalancha de sectas seudo – cristianas, sumado a los penosos
escándalos por pedofilia y corrupción han hecho que esa institución sea hoy una
ruina. No es que estos hechos sean nuevos, siempre la iglesia los ha padecido,
solo que antes nadie se habría atrevido a denunciarlos, a publicitarlos. Esto
mismo ha ocurrido con las instituciones del estado. La corrupción desbordada,
los políticos que las habitan vendidos al mejor postor, defendiendo intereses que
benefician a un puñado de oportunistas, en contravía del bien común, sus
mentiras, sus manipulaciones vulgares, su falta de decoro, honestidad,
inteligencia han hecho que el grueso de la sociedad repudie a las instituciones
del estado. Las cuales, no cumplen con su función elemental, representar y
defender los derechos de la sociedad democrática. La política es ahora sinónimo
de vulgaridad, es un concepto degradado a la categoría de insulto.
Este fenómeno se repite en las
fuerzas del orden. Las familias antes, y puede que aún ahora, se enorgullecían de
tener a un militar o a un policía entre los suyos, ya que pertenecer a estas
instituciones estaba asociado a las mejores cualidades de un individuo, porque
supuestamente solo los mejores miembros de la sociedad eran llamados a sus
filas. Pero los abusos de autoridad, su intolerancia, su ineptitud, su tendencia a la corrupción, las
sociedades con criminales, el manto de impunidad que cubre sus acciones más
polémicas, han hecho que estas instituciones sean vistas con recelo por buena
parte de la sociedad.
Si las instancias que en teoría
salvaguardan a la sociedad, la protegen, regulan y orientan pierden su carga
simbólica, su estatus, su peso moral, todo se quiebra. Si los referentes son nocivos,
si representan los peores vicios de la condición humana, el efecto para la
sociedad es precisamente ese, negativo. Lo cual afecta la forma como los
miembros de esa comunidad se relacionan con esas instituciones, así como con su
entorno inmediato.
En ese sentido, la frustración,
la desazón, la decepción son verbo vivo,
rutina, marca de fuego en la vértebra de las personas. Condiciona, obnubila,
crea desenfrenos y rabia, depresión, confusión. Lo que antes funcionaba, lo que
le funcionó a los abuelos, ahora no existe. No hay reglas, no hay
promesas cumplidas, caminos señalados. Antes usted conseguía trabajo y se retiraba del mismo
trabajo o por lo menos eso cabía dentro de las posibilidades, y en ese lapso se
casaba, tenía hijos y lograba, si la suerte estaba de su lado, tener una casa
propia, en la cual estaría hasta el final. Usted sabía que luego de años de
esfuerzos, madrugadas, sacrificios varios iba a tener una pensión que le permitiera vivir
dignamente. De tal manera que había una meta, una certeza, un propósito.
Hoy no, hoy no hay certezas, ni
garantías, gravitamos, o caemos lentamente, imperceptiblemente hacia el vacío. Existe
hoy y quizá mañana, pero más allá, solo hay incertidumbre. Es tal el peso de
esa ausencia, que afecta el aire, porque la vida se hace trámite, tedio. Los
jóvenes, los realmente jóvenes nacen y crecen con esa desazón, con ese tedio
enturbiándoles la sangre. ¿Para qué? Parecen preguntarnos cada vez que les indicamos
que deben prepararse, que deben ser responsables, aplicados. Ante nuestras
mejores intenciones, ellos reaccionan con un gesto despectivo, grosero o
arrogante. Y lo hacen por una sencilla razón, porque no ven futuro. Si las
cosas están mal ahora, solo van a estar peor después, ¿entonces para qué
esforzarnos? Responden con un gesto apático.
Si el futuro crece sin normas, sin
referentes, sin garantías, ni alicientes, sin confianza en nada, ni nadie, si ven a sus padres
doblegados por el peso de la inconformidad, la decepción, la desazón ¿cómo les
podemos exigir otra actitud?, ¿cómo la sociedad les puede demandar continuar el
legado que ha fracasado?
Y es que estos jóvenes
decepcionados y desorientados, no son los mismos jóvenes que al morir la década del sesenta
incendiaron el orden de las cosas. Aquellos movimientos que comenzaron cuando
el siglo era nuevo y que vieron su máxima expresión en esa década, se fueron
mezclando con lo establecido hasta hacerse parte de lo mismo que criticaron. El
caos, la anarquía social, el fin del “estatus quo” que tanto promulgaron los
movimientos de las vanguardias fracasó con estrépito.
La sociedad no supo qué hacer con lo
obtenido, no supo encausarlo, manejarlo, protegerlo, desarrollarlo. Se segmentó
al extremo, lo abarcó todo y terminó siendo nada. El desenfreno se ha impuesto,
no producto de la reflexión ideológica o como un grito contra una sociedad rígida, sino
como resultado del vacío, de la desesperanza y la decepción. Las personas no
creen en valores, sino en marcas y estílos. Nos orientan las tendencias de la moda, la
tecnología o la farándula, no la política, porque esta se fundamenta en la
sociedad y la sociedad está en extinción, tampoco la religión porque se ha
hecho nido de perversiones y corrupción, cuando no intolerancia y ostracismo. Todo lo hecho en cientos, sino miles
de años de desarrollo humano, nos deshumanizó. Estamos
entonces en una época de transición hacia una nueva forma de relacionarnos y
como todo proceso de cambio, todo es confuso, turbio. Habrá que esperar
entonces a que se asiente el polvo del derrumbe y ver que nos deparan sus
vestigios.
Juan Ladrón de Guevara
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