28 jul 2014

Ebullición



Un dialogo breve, indiferente, frío como la noche, se atraviesa en nuestra conversación. El semáforo permanece rojo, son cerca de las ocho y media de la noche de un lunes. La maleta está de ese lado. Alcanzo a buscar la respuesta ya con el corazón revolucionado. El golpe fractura el vidrio del asiento del pasajero que se desploma hacia el interior. El criminal se apropia de mi morral, lo extrae sin afán y se aleja observándome entre retador y temeroso. El semáforo se hace verde y mi aturdimiento me retiene, pero muy pronto el apuro de los cláxones vecinos me obliga a retomar la marcha con la indignación y la ira crispándome la piel.
Soy nuevamente una víctima del crimen bogotano. Los eventos de esa noche me han forzado a hacer memoria. En mi registro he contado cerca de seis asaltos, de diversa índole. A esta cifra de actos directos contra mi bienestar, me veo obligado a añadir el asesinato vil y cobarde de mi hermano menor hace ocho años exactos. Un crimen impune, que se suma a los millones de crímenes de esa naturaleza en esta ciudad sin ley, ni orden, ni nada.
La indignación y la impotencia, la indiferencia y la indolencia son férreas tradiciones en esta ciudad que cada día es más bárbara y menos habitable. Nadie mueve una hoja por nadie. Decía que la indignación me llevó a desahogarme en el lugar común que es Facebook. Buscaba, obviamente, empatía, solidaridad y curar la rabia compartiendo lo ocurrido. Expresé lo que he venido pensando desde hace algunos años, que no quiero seguir viviendo en Bogotá, que no me place vivir más en Colombia.
Lo escribí porque es lo que pienso, creo que la cuota para expresar mi malestar de forma sincera la he pagado con cada acto violento al que me ha sometido la delincuencia que se esconde en la cotidianidad bogotana. Eso, sin contar con los hechos casi diarios que pueden ser considerados como agresivos y que afectan a la gran mayoría de los que sobrevivimos esta ciudad. Nos hemos acostumbrado tanto a este ambiente violento que extraviamos la posibilidad de inquietarnos, lo hemos asumido como algo normal, como el tamal con chocolate o las onces santafereñas. Algunos se consuelan con el argumento superficial de que esto  pasa en todas partes. No es cierto.
Leo a la par que redacto estas palabras un informe de Forensis, que se encuentra en la revista Semana, edición digital. El informe, que es de carácter nacional, clasifica las agresiones que culminan en muerte de la siguiente forma: homicidios, transporte, accidentales, suicidios e indeterminada. En total, entre 2012 y 2013 murieron en Colombia, dentro de estas categorías 28.496 personas. No especifica el informe las cifras de estos siete meses, ni se encuentra información sobre Bogotá. Pero el panorama no debe ser alentador e incluso pueden ser números más aterradores, pues es evidente que todo es susceptible de ser manipulado e interpretado como mejor convenga a los involucrados.  Qué tan reales son estos informes, qué tanto se ajustan a la realidad, son preguntas difíciles de resolver, pues hay muchos crímenes que no se reportan y varios responsables que no quieren un dedo acusador apuntándolos.
Está documentado por diversos medios la falta de recintos carcelarios, los problemas de hacinamiento en las cárceles son un drama humano que muy poco interés despierta en las instancias correspondientes, en los medios o en la sociedad en general. Por otra parte, la rama judicial no da abasto y la fiscalía carece de recurso humano, es decir, no alcanzan los encargados de acusar, juzgar y castigar para tanto criminal.
Por otra parte, Bogotá es una ciudad profundamente dividida, estratificada y desigual. Por ser la capital del país, se ha convertido en el punto de convergencia de diversos tipos de migración interna. Por una parte recibe inmensos números de desplazados por la violencia, fenómeno que inicia en los años cuarenta  y se extiende sin mayores variantes hasta el lunes de esta semana. La capital nunca ha estado interesada en generar políticas  frente a este fenómeno, ni ha tenido la capacidad para reaccionar de forma eficiente a él. De tal manera que estos colombianos, víctimas de la violencia, deben no solo sobrellevar el peso de este flagelo sino además el de ser discriminados, maltratados e incluso perseguidos por su condición. Sin techo, sin trabajo, sin alimentos, sin oportunidades deambulan por la ciudad o se ubican precariamente en los extramuros. La adversidad, la inclemencia de la sociedad paulatinamente los hace enemigos de la misma. Su tragedia engendra otras tragedias potenciales. La inequidad es la semilla, la raíz tenebrosa de la violencia diaria. No es posible esperar que estos ciudadanos vilipendiados, humillados, golpeados, abandonados tengan competencias ciudadanas, cuando escasamente saben leer o escribir, cuando difícilmente tienen acceso a servicios básicos, cuando nadie les da una oportunidad y son observados con sospecha. Estamos hablando de generaciones enteras condenadas a sobrevivir abusos, orfandades, alcoholismo, drogadicción, maltrato, analfabetismo, desnutrición, a vivir con desesperanza, que es la peor forma de vivir.      
Son hijos de esta plaga los verdugos de mi hermano, los culpables del asalto del lunes que producen estas palabras hoy.
 Pero así mismo, hay otras migraciones, Bogotá recibe a estudiantes de todo el país que cursan su carrera universitaria y que en muchas ocasiones no regresan a sus regiones o ciudades de origen, a ellos se suman los profesionales que sin opciones laborales abandonan sus lugares de origen para establecerse aquí. Es decir, a Bogotá llegan todos, pero mientras otras ciudades con características similares se adaptan y acondicionan a esta situación, Bogotá no es capaz, porque es una ciudad que nunca fue planificada, es un árbol torcido. A eso hay que añadirle un ingrediente, ha sido presa de una impresionante red de corrupción que controla desde el vendedor de chucherías hasta el que se gana las licitaciones para construir las vías de la ciudad.
La ciudad es un ring de boxeo, cada uno pelea a muerte por un puesto, ya sea en una esquina vendiendo aguacates, ya sea compitiendo para robarse un contrato multimillonario para construir un puente peatonal que nadie va a usar porque es un peligro cruzar por un puente peatonal. Hay rateros de tres pesos, llaveros y chaquetas, como hay ladrones de cuello blanco, vestido de Armani y Mercedes Benz.
Cada cual a su manera y con los medios con que su educación o falta de ella los provea, buscan sacar ventaja, escalar la empinada pirámide social, colarse en el bus atestado. En ese batallar incansable no hay treguas, ni concesiones, es una mentalidad a sangre y fuego que se percibe en los grandes escándalos que terminan diluidos en la efímera indignación de la prensa, pero también en la agresión de todos los días, la rutinaria, la del tipo mal parqueado, la del taxista que lo baja del taxi si usted no va para donde él quiere ir, la del vecino que llega borracho a las tres de la mañana un miércoles y le advierte al portero adormecido que no le vaya a interrumpir la fiesta con las quejas del citófono, porque no le va a prestar atención.
Esta ciudad de casas blindadas, enrejadas, con púas,  paredes llenas de grafiti, carente de vías, plagada de cráteres, carros, motos raudas, bicicletas en contravía, peatones atontados, taxistas y buseteros hampones, sucia, desvencijada, vulgar, agreste, indolente, negligente, irritante, poluta, repleta, sin oportunidades, ni opciones, mal educada, feroz, de puños cerrados y mandíbulas tensas, está en malos pasos. Nos está devorando día a día, año tras año.
Si no hay ley, ni orden, si la impotencia se cotiza al alta, si la saciedad está de moda, si no podemos contar con nadie, entonces el paso a seguir es armarse para defender lo propio, porque ser víctima agota, porque no tener respuesta frustra, porque hay un punto en el que se deja de lado la civilidad y comienza la barbarie. Estoy seguro que con cada letra que escribo alguien en esta ciudad  ha resuelto comprar una pistola o una navaja o cualquier otro tipo de arma, porque tiene miedo de que la próxima vez se le vaya la vida en el trance, porque necesita sentirse seguro, no sospecha que es mentira, que nunca responder con violencia pondrá fin a la violencia.
Antes de que eso ocurra, antes de que escuchar tiros a cualquier hora y lugar se vuelva común y andar con un revolver donde antes iba el celular sea de uso obligatorio, antes de que yo me vea forzado a tomar ese tipo de medidas contra mi naturaleza para proteger a mi familia de una criminalidad cada vez más temeraria y agresiva, prefiero ponerlos a salvo lejos de aquí. Creo que muy pronto no habrá otra alternativa aunque a mis amigos del FB les parezca que aquí todo es muy bonito y que esto pasa en cualquier parte. No es cierto. 

                                                                                                                 Juan Ladrón de Guevara Parra

10 jun 2014

El temible Castro - Chavismo



En el año 89 del siglo veinte, comenzó a quebrarse el férreo muro que dividió a occidente en dos desde el colapso de la violencia antisemita nazi. El reino del odio, de la intolerancia, la búsqueda nefasta por el absurdo de la pureza de raza, la negación de la inteligencia, la ira como forma de gobierno se extinguía, dando paso a otras formas de violencia, miedo e intolerancia, el capitalismo y el comunismo. Caras antagónicas, dos púgiles enemistados aguardando el campanazo para dar inicio a un round que amenazaba con exterminarnos. La guerra fría era un ajedrez, un juego lento y peligroso, camuflado, infestado de movimientos sigilosos, de falsas verdades, de amenazas veladas. La URSS y los Estados Unidos movían fichas en el mundo, para consolidar su dominio mundial. Todas las acciones de lado y lado estaban dirigidas a contrarrestar al oponente, la guerra insípida se desarrollaba en todos los frentes, desde los cañones siempre listos para escupir, hasta en los recursos culturales menos sospechosos. Las guerras de Vietnam y  Afganistán, los tensos días de la crisis de los misiles, la intervención siniestra de la CIA en el golpe militar de Chile, así como su apoyo silencioso a las dictaduras genocidas del sur de América fueron piezas de esa contienda. Mientras la URSS se aislaba bajo el mando paranoide de sus altos jerarcas comunistas e infligía purgas sangrientas contra el más leve reclamo de los países que dominaban en Europa del Este, los Estados Unidos escogían democracias o dictadorzuelos de baja estopa para controlar sus intereses económicos, políticos y culturales en este continente caótico.
El capitalismo feroz, caníbal norteamericano ganó la contienda gélida el día en el que el primer restaurante Mac Donalds, con su payaso sicótico, abrió sus puertas ante una masa ansiosa en Moscú. La impenetrable e implacable Unión Soviética, se fue al traste, enterrados en la impunidad  quedaron los años de las purgas, los fusilamientos sin juicio, los exilios en Siberia, los asesinatos selectivos de camaradas, la paranoia colectiva y la represión. El fin del muro dio inicio al imperio del oportunismo, de grandes capos mafiosos que eran antiguos camaradas del ejército rojo. La URSS inmensa, el gran oso siberiano, se fracturaba en varias republicas de nombres impronunciables para occidente. El comunismo fracasó como modelo político salvo en un puñado de países tercos que insisten en él, países que con excepción de China no han tenido la audacia de adaptarse a los cambios geopolíticos y viven en un aislamiento dramático y doctrinal. Estos países ensimismados y anacrónicos carecen de verdadera influencia pues difícilmente subsisten. La comunidad mundial los soporta con desgana y temor, prefiere evitarlos, como se evita al pariente borracho y de pocas luces.
Ni los dirigentes chinos más dogmáticos van a mover un dedo por comprometerse a fondo con estos países ruedas sueltas, a ellos los une un sentimiento nostálgico, una media hermandad de formas y fondos, pero hasta ahí. Entre esos países díscolos y anacrónicos está Cuba, el país más digno de América, el único que le ha mostrado los dientes a los Estados Unidos, el que ha resistido mil años del embargo más canalla de este lado del Atlántico. 
En 1959 un ejército de barbudos a órdenes del mítico Fidel Castro salvaron a Cuba de las garras norteamericanas, cuya mafia ya había hecho negocios con Batista para convertir a Cuba en Las Vegas del Caribe y así expandir su imperio de crimen hasta estos confines del continente, los buenos muchachos de la CIA también estaban muy instalados en la Habana y desde ahí controlaban que todo marchara sin tropiezos. Batista, como todos los dictadorzuelos antes y después, era ficha de Washington y como tal imponía su política. Fidel y los suyos impidieron que aquello prosperara.
Antes de que el polvo del derrumbe se diseminara, los revolucionarios comenzaron a fijar sus posiciones políticas, económicas, culturales. La retórica revolucionaria, la idea del socialismo a la caribeña conmovió y sedujo a una generación de latinoamericanos, que muy pronto se comprometieron con el nuevo modelo cubano. Sin embargo el idilio no duró, pronto los revolucionarios se dividieron, hubo rupturas, desacuerdos, desavenencias y los peores males de la era estalinista se reprodujeron en Cuba. El caso de Heberto Padilla fue el punto final del romance, la acusación y condena al poeta dividió el apoyo a la causa cubana por parte de quienes alguna vez la apoyaron. Nombres importantes de la cultura y el pensamiento se distanciaron de Cuba y la esperanza en el proyecto cubano se fue dispersando lentamente.
 Cuba se hizo un desastre económico por culpa del embargo impuesto en 1962 y dependía casi que exclusivamente de la ayuda financiera de la URSS, que pronto hizo a la isla en un aliado y en peón soviético por estas tierras tropicales. Pero entonces llegó aquel 1989 y el amparo cesó, los cubanos entraron en lo que el gobierno denominó el “periodo especial” en el cual los cubanos de a pie no tenían que comer, los productos más elementales comenzaron a escasear y sobrevivir se hizo política nacional. El periodo especial no distingue, atropella a todos los cubanos, menos a los dignos líderes que se mantienen octogenarios y anacrónicos gobernando al país contra viento y marea.
No se pueden negar algunos logros admirables, como que el régimen cubano fomentó la educación gratuita lo que hizo de este país el primero en erradicar el analfabetismo en América, así mismo, son innegables los avances médicos procedentes de la isla, pero así mismo, sigue siendo un país donde los derechos civiles sufren, donde no se tolera la disidencia, donde no hay libre acceso a la información, Cuba es un país marginado, que sobrevive.
La influencia política de Cuba en cuanto a gobierno de izquierda es latente en otros países como Argentina, Ecuador, Chile, Brasil, Bolivia, Uruguay, pero no ha sido determinante sino en la Venezuela Bolivariana. Chávez asumió con vehemencia absurda lo peor del modelo económico cubano, sin el contexto político y social que determinó a éste en su momento.
Lo que Chávez planteó fueron medidas populistas y efectistas cuyo mérito se vio rápidamente opacado por su tendencia a la improvisación y por su falta de previsión y planeación. Sin timidez se lanzó a posicionarse como adalid de la nueva izquierda, financiando a sus vecinos más necesitados como Argentina, Ecuador, Bolivia y Cuba. Chávez logró a punta de préstamos económicos, intercambios comerciales y de profesionales, crear un bloque incómodo para los Estados Unidos y para sus aliados al sur del Rio Bravo. Sin embargo, el sueño bolivariano de Chávez comenzó a sucumbir a la par que la salud de su promotor, una enfermedad de misterio despachó al presidente a la historia y dejó al sueño hecho una pesadilla. El esbirro número uno del comandante heredó sin rubor el trono y sin dilación se hizo a la tarea de hacer de algo malo, algo peor. La crisis que engendró el populismo desbocado de Chávez, se ha transformado con Maduro en un asunto cuyas dimensiones trágicas estamos por descubrir.
Tanto Cuba, como Venezuela están desbordadas, sus sociedades saciadas, desilusionadas, hambrientas, con los nervios de punta. Cuba no tiene, desde hace décadas influencia real en América del Sur, si es que algún día realmente la tuvo, cosa de la que no estoy muy seguro. Le verdad es que Cuba difícilmente sobrevive, como para estar intentando conquistar ideológicamente al continente. Por su parte, Venezuela perdió hace ya un tiempo la posibilidad de incidir en el curso político del vecindario. Si no lo logró con el carismático liderazgo del amado y odiado Chávez, menos ahora con el absurdo desgobierno de Maduro, que no da abasto persiguiendo contradictores y asesinando estudiantes y amas de casa, inventándose procesos por cargos ridículos contra opositores impotentes a quienes acusa con estridencia de ser traidores, conspiradores y demás artilugios de dictadorzuelo tropical.  
Es por esta razón, que hablar de la influencia Castro – Chavista en Colombia y más aún en el gobierno mediocre y elitista de Juan Manuel Santos no es más que un sinsentido, una burda estrategia para votantes ignorantes por parte de una derecha despreciable y oportunista que ha hecho de la confusión y la ignominia su mejor estrategia política.
La única influencia castrista comprobable en esta Colombia díscola es la de las telenovelas grotescas y llorosas de Verónica Castro en la cultura popular colombiana de los años ochenta, así como la única influencia chavista es la del Chavo del Ocho, un personaje entre cómico y trágico que representa esto que somos.

                                                                                                                                                               Juan Ladrón de Guevara Parra

18 may 2014

Compatriotas

Tener que preservar la vida aferrado a una breve muda de ropa, no tener garantía de ver el siguiente amanecer, mal respirar por el olor a pólvora y chamusquina, tener agarrotado el pecho de incertidumbre y miedo, mal vivir con la amenaza diaria y perseverante de ser acusado y sentenciado sin fórmulas de beneficio. Ver con impotencia como tus hijos e hijas crecen descalzos, mal nutridos, peor educados, si tienen la escasa fortuna de poder ir a una escuelita desvencijada y maltrecha por siglos de indolencia y corrupción. Comprobar que cada año hay menos que comer, que los pocos pesos se evaporan por artes de malas sangres. Ser carne de cañón, enemigo o cómplice por el simple ritual de sobrevivir. El campo está minado, no lo curaremos con cáscara de huevo, ni otro artilugio  politiquero. Este campo fértil y esperanzador está hecho ceniza, agoniza, hiede a sangre, no resiste que continúe esta guerra cotidiana, que de serlo nos ha inmunizado en las ciudades contra su crueldad inmisericorde.

Generaciones completas, millones, seis cifras de muertos, desaparecidos, desterrados, huérfanos, viudas, víctimas, números crecientes de traumatizados, violentados, gente decente a quienes el vendaval de la guerra arrasó sin advertencias, cuántos pueblos devastados, cuántas comunidades cercenadas, cuánta esperanza sepultada, derrumbada, vulnerada, cuántos pies lacerados por el cemento hirviente o el filo de las piedras en rumbo al olvido y el desprecio. ¿Cuántos muertos flotando por el río o colgando de los árboles, cuánta vida quebrada, torturada, calcinada, desplazada, desmembrada requieren los políticos mecías para saciar su sed de ganancia y venganza? No alcanzan, no son suficientes los adjetivos oscuros para describir la ruindad indecorosa y miserable que es la guerra que tanto veneran estos enemigos de la paz.

Nos ganó el odio compatriotas, nos arrebató la decencia e impuso su credo de ignominia e ignorancia, nos convirtió en viles comadrejas, nos hizo darnos la espalda, acusarnos con el dedo rudo, con la uña negra de la intolerancia. En este tiroteo incesante extraviamos la honestidad y la dignidad, refundimos la solidaridad y la sensatez está en camino de extinción. La guerra está viva, explota en cada uno, se dispara de lunes a lunes en las rutinas más comunes, pervive en los insultos y los empujones, en las amenazas y la beligerancia con la que nos enfrentamos los unos a los otros. Ahí está compatriotas, dividiéndonos, acechándonos a toda hora, resolviendo nuestras diferencias con la ferocidad por argumento, nos tiene miopes y torpes, aturdidos como un boxeador en el décimo round. Esta guerra está pulverizando el porvenir de nuestras descendencias y nos sigue condenando a otro milenio de perversidad.

Tenemos ante nosotros la posibilidad remota e improbable que vencer el lugar común de permitir, una vez más, que lo peor de nuestra clase dirigente, imponga de nuevo lo peor de nuestra identidad, la violencia, la exclusión, el miedo y la mentira como política de gobierno, debemos evitar que se perpetúe esta guerra infame, desigual, que no ha dejado de cosechar violencia y de sembrar el futuro de terror.

Votar por los indecorosos, los caníbales, los ventajosos, los señores de la metralla y el bombardeo, los que se vanaglorian por asesinar a jóvenes cuyo sino triste los hizo cifras de guerra y días libres y medallas de honor para sus verdugos, es derrotarnos, es claudicar y admitir que no podemos aspirar a otra forma de habitar este territorio en el que hemos nacido. Es necesario indignarse, gritarles a la cara que es suficiente, que el costo de nuestro sacrificio ha sido muy alto y que no estamos dispuestos a perpetuar su discurso odioso y falaz, que no soportamos sus malos hábitos, sus pésimas influencias, su cinismo de mal gusto, sus insultos permanentes a la democracia y su poder de corrupción.

Tenemos, compatriotas, que levantar la cabeza, que recuperar la dignidad, la inteligencia, construir, dialogar, regresar a la honestidad, a la sensatez, tenemos que perdonarnos las ofensas y poner la otra mejilla, resistirnos a la calumnia y la agresión como formula, proponernos el reto de arriesgarnos a asumir por fin nuestro pasado, para aprender de él y así poder crecer y vencer las tinieblas, la opresión, la angustia, pero para eso es indispensable sacudirse las telarañas de la cabeza, ver a través de las mentiras repetidas, es necesario participar, ser ciudadanos de verdad, asumir que este lío es nuestro también, que somos responsables, pero también parte de la solución, aunque la empresa es improbable es necesaria, que depende de nosotros aspirar a un mejor país, pero sobre todo que es clave creerlo y no depender de falsos mecías, ni profetas, ni prestidigitadores.

Los únicos que podemos transformar este país, somos nosotros, con nuestras acciones diarias, así de sencillo, así de complejo.

26 mar 2014

Aquí



Aquí el estado no es de derecho, es de derecha, aquí la democracia es para un puñado de apellidos, la justicia está a la venta, los derechos ciudadanos son subversivos, la constitución es decorativa, aquí hablar de inclusión, diversidad, responsabilidad social o ambiental es visto con sospecha y desprecio. Dialogar, proponer, disentir, argumentar, pensar por fuera de lo establecido por la iglesia, el gobierno o los gremios económicos es punible. Aquí cambiar las armas por las palabras, las estrategias de combate, por las políticas, es un acto de insubordinación que debe ser censurado, atacado, amenazado y de reiterarse, eliminado de tajo. Aquí prima lo individual sobre lo colectivo, lo privado sobre lo público.
No se engañe, no se ilusione, aquí nada cambia para el bien de todos, solo para el de unos pocos. Aquí no tenemos memoria, ni sentido histórico, ni coherencia política o ideológica. Aquí no nos importa usted, somos indolentes e indiferentes si usted es indígena o afro, si usted habla con acento, si tiene el pelo largo, si es rasta o punk, si vive en el sur, en el norte, en el occidente o el oriente, si es homosexual, si es de izquierda, si es artista, si escribe o es músico, antropólogo, sociólogo, historiador, filósofo, educador o politólogo, obrero, mensajero, portero. Desconfiamos si usted no usa saco y corbata o sastre, si su piel no es blanca, si usted no mide metro ochenta, si usted no se casa por la iglesia, ni tiene hijos, si usted no va a la iglesia, o no frecuenta los restaurantes y las tiendas de moda.
Aquí no nos importa si hay niños que no van a la escuela y que trabajan de sol a sol en cualquier esquina, no nos interesa su desnutrición, ni que los exploten o los maltraten o que se mueran de enfermedades tratables en cualquier pasillo de hospital. No se equivoque, aquí los ancianos, las personas en condición de discapacidad, los enfermos mentales, las personas con problemas de drogadicción o alcoholismo o con mala salud en general son discriminados, marginados, vulnerados, maltratados, en resumen, no nos interesan.
Aquí, si usted tiene los medios, puede delinquir sin sonrojo. Le ofrecemos varias alternativas para su impunidad: vencimiento de términos, sobornos a la justicia, casa por cárcel, palmadita en la espalda. Aquí estamos convencidos que los pobres lo son por convicción, que ser homosexual, lesbiana, bisexual, transexual no es una preferencia sexual sino una enfermedad, estamos convencidos que la responsabilidad social o ambiental no es con nosotros, que las universidades públicas son focos de guerrilleros, insurgentes, rebeldes, donde se promueven: el desorden, la anarquía, el socialismo y el comunismo, que por el contrario en las universidades privadas se forman los líderes, los futuros presidentes y ministros, los mejores partidos para sus hijas e hijos, cuando en realidad se educan los más insignes ladrones de cuello blanco.
Aquí somos patriotas cuando juega la selección Colombia, cuando canta Juanes o Shakira, cada 20 de julio o 7 de agosto. Estamos seguros que nuestro himno nacional es el más bello del mundo, que nuestro café es de alta alcurnia, que somos queridísimos y simpatiquísimos, que somos demócratas porque ya no se mueren los contradictores a balazos, sino por decreto. Creemos que somos una buena inversión para el capital extranjero, que somos un país moderno y desarrollado, cuando no hemos superado el feudalismo, el colonialismo, ni la patria boba.
Aquí los ciudadanos venden su voto por una copa de aguardiente y un pollo frito, por un billete manoseado con que comprar el pan y la leche. Somos tan democráticos que hasta votan los muertos, votamos amenazados, manipulados, o no votamos de plano. Amamos a Colombia de dientes para afuera, porque se firman tratados de libre comercio que hacen ricos a unos pocos nombres y dejan a millones arruinados, el petróleo, el cobre, el carbón y la minería incrementan el patrimonio de los de siempre, mientras desahucian los páramos, los lagos y lagunas, y las especies naturales que tanto orgullo nos dan.
Aquí a los que denuncian masacres, desplazamientos, robos, desfalcos, infamias, abusos, actos de corrupción, los tildan de subversivos, paranoicos, exagerados, renegados, enemigos, negativos, mentirosos. Mejor cerrar los ojos y hacernos los locos, que no es con nosotros.
Aquí nos gusta ver lo positivo, nos gusta estar en la punta de la lista de los más felices, ser tendencia, la rumba, el vallenato, la salsa y el merecumbé. Vivimos de carnaval. Nos creemos mejores que los venezolanos, los peruanos, los ecuatorianos y los bolivianos, somos “amigos” de Estados Unidos, nos da miedo Cuba, vivimos convencidos que el comunismo y el socialismo pueden en cualquier momento invadirnos. Somos de camándula y misal, de Dios mío y si Dios quiere, nos encanta que la televisión nos diga que hacer, cómo comportarnos y que todo está bien.
Preferimos la farándula y los deportes, las noticias triviales y chismosas al análisis serio y profundo de una situación. Aquí la mayoría no lee, ni piensa, ni analiza, preferimos ser tendenciosos y prejuiciosos, nos gusta el bullicio, arreglar las cosas a las malas, dirimir nuestras diferencias con injurias o con machete. Que quede claro, nosotros no respetamos las leyes, nuestro credo es el atajo, ser vivo, pisar al bobo. Lo nuestro es mirar la paja en el ojo ajeno, andar de espaldas, lavarnos las manos en la jofaina, mirar por encima del hombro, creernos más de lo que somos, aparentar lo que no tenemos, jugar a ser divinamente, abrazar la ignorancia a la inteligencia, la indolencia al compromiso, el yo sobre el nosotros, pensamos que esto no es con nosotros que la culpa es de otro. Necesitamos supervisión y vigilancia, control, el puño amenazante a la mano que concilia. Hemos hecho de la corrupción nuestra insignia, de los narcotraficantes, héroes, estamos llenos de excusas, de mentiras, cinismos y descaros. Ah, pero tenemos lindos paisajes, aunque no por mucho tiempo al paso que va esta locomotora del “progreso”.     
                                                                                                                     Juan Ladrón de Guevara Parra
      

21 ene 2014

PRIMER CAPÍTULO DE TRAS LA SOMBRA DEL INSOMNE EDITORIAL NIRAM ART 2014













Pilar, Fernando, Pablo y Mery

Esta es la carga que ha tejido el hilo de mis días y mis noches…
Chilam Balam







I
La luz lechosa rebota sobre las paredes, se esparce, todo lo hace relucir fantasmal. Luciano abre un ojo y la luz lo quema, los gritos de otros días le han cobrado otra noche. Su cabeza es un reguero de ausencias, su estómago un animal que gruñe. La almohada huele raro, el revoltijo de sábanas y mantas yace en el suelo. Tirita. Otra mañana de niebla y llovizna. El tiempo se desliza ligero por entre las manecillas del reloj, son cerca de las doce. A cada paso del reloj los ruidos de la calle se van materializando. A medida que va entrando en la vigilia las imágenes rotas, los desasosiegos que lo persiguen en las noches se esconden entre el cúmulo de ruidos que inundan tímidos su habitación descascarada y fría.
            Apesta a cigarrillos, sudor y mugre. La madera fría lo timbra, se queja bajo su peso, craquea con cada paso. La mano áspera se quita el pelo que le cae desordenado sobre la frente, está flaco y pálido. Soy un desastre y la voz suena a óxido. La tubería se estremece antes de escupir una ráfaga de agua amarillosa, que poco a poco va ganando en transparencia. El vaho cálido lo arropa brevemente mientras él orina tratando de acertarle al desagüe, las gotas lo pringan y su esqueleto vuelve a estremecerse, está fría, todo había sido una sucia broma. ¿Cómo se puede ir el agua caliente en dos minutos?  En algún momento había creído percibir el inicio de una erección, pero aquello  ya no iba ocurrir, eso era claro. Sin mucha convicción, decide tomar aire y salir del "impasse" lo más rápido posible. ¿Para qué tanto esfuerzo si vivimos rodeados de mierda? La potencia oscilante del agua le hiere la piel, le moja las cicatrices, le crispa los vellos y le termina de sacudir los pésimos sueños que lo acosan de noche.
            Se afeita de mala gana y con escaso pulso. La navaja se desliza torpe sobre los poros cerrados, a cada pasada siente como si una lija le sacara brillo. Una tortura necesaria, no es aconsejable llamar la atención con esa clase de descuidos. Lo consuela la certeza de no poseer una barba vigorosa, con un par de pasadas su rostro de náufrago adquiere respetabilidad. Su estómago ronca, lo dobla una punzada. Frente al espejo medio nublado de tanto reflejar la misma esquina descascarada, observa su anatomía. Que desnudez más etíope la mía. Se demora ubicando su vestimenta, el orden no es lo suyo.   
            Al terminar de calarse la gabardina detecta un pequeño orificio en la solapa, todo se agota. Siempre lo acompaña la sensación de dejar algo y eso lo fastidia. Se detiene brevemente bajo el marco de la puerta de la habitación, hace cálculos. Siente la tabla un poco suelta, no mucho, es apenas perceptible. Ya en la puerta del apartamento, con la mano en el picaporte, algo lo devuelve con urgencia al cuarto a por algo, pero al llegar se le ha olvidado lo que buscaba. Nada importante. Sin embargo la sensación no se va, lo acompaña hasta la puerta sin chapa que da a la calle. El desastre que se presenta ante su mirada ojerosa casi que lo hace regresar. Su calle es un cráter inundado de aguas terrosas, las aceras están quebradas, sucias, apestosas. Siente como el tufo mohoso se le pega a la piel. Trata de encender un cigarrillo pero se le ensopa antes de que la llama del mechero lo toque. La calle es una colección de pasos, de vahos que se pierden en el aire rancio, de pestilencias acumuladas por los años, de existencias azarosas, sin redención, vidas cruzadas, laceradas, condenadas a ser sombra, a vivir en Calvario.
            Mientras camina, Luciano piensa en la forma como el viento juguetea con las hojas, en la forma como las suspende en el aire, es todo un prestidigitador el viento. Le gusta esa palabra y la repite: “prestidigitador”, luego recuerda la sensación de haber dejado algo, al mismo tiempo que tiene la impresión de ser observado. A sus espaldas solo rostros desganados y temerosos. Pero siempre hay quien sabe camuflarse.
            El mercado de La Magdalena es un meandro de pasillos cochambrosos que, sin embargo, contrastan con la amalgama de colores, texturas y olores que inundan el lugar. Luciano se abre paso entre los escasos compradores y los bulliciosos placeros. Se requiere de cierta habilidad para evitar tropezar con los compradores mal parados, con sus canastos mal estacionados, con los bultos mal puestos o los cargueros que pasan serpenteando con cargas que retan a la gravedad. En los días de lluvia, que aquí son casi todos, la humedad del ambiente potencia los aromas que usualmente gravitan desapercibidos.    
            Luciano da varias vueltas, husmea en los puestos de los botánicos, curiosea entre los que venden cachivaches, se pasea por los puestos de frutas, por los de las verduras y observa, pero no ve nada extraño, así que sin más dilación se dirige al pequeño restaurante de Josefina que a esa hora bulle de clientes hambrientos, algunos de mirada triste, otros de sonrisa fácil. La mayoría mira despreocupadamente las noticias en la pequeña televisión empotrada en la pared. Otros conversan ávidamente sobre el último partido de fútbol y alguno que otro come en silencio. A pesar del color pálido de las paredes, de las mesas y sillas plásticas, de los manteles manchados de grasa, de la música estridente, del aire empozado que gravita denso, el lugar tiene sazón. Una cualidad que va más allá de la apariencia.
            Josefina se mueve imperiosa en la cocina. Gravita entre ollas y cacerolas, las cuales expiden un amplio surtido de aromas que  flotan hipnotizando a los comensales hacia un delirio culinario, al cual se entregan a diario, con una sonrisa bobalicona. Él se abre paso hasta la barra ubicada frente a la cocina, y con más timidez que sutileza, se acomoda entre un gordo goloso, de mejillas rosadas con atuendo de carnicero, y un payaso de peluca fucsia, nariz roja y rostro descascarado por el maquillaje, los años, la decepción, la farsa y el olvido. Luciano, “usté” lo que necesita es un caldito levanta muertos, porque tiene cara de difunto. Y un churrasquito con papas, porque tengo un hueco en el estómago. ¡Josefa! ¡Un churrasco bien “carga’o”, con papas y arroz “pa'” don Luciano!

El restaurante es un fluir continuo de seres huérfanos y desterrados, en constante tránsito hacia la muerte. Todos llegan devotos, ante la figura humilde y aguerrida de Josefina, cuya sazón culinaria constituía, tal vez, el único resquicio de placer en sus vidas devastadas.
            Mientras espera su almuerzo, Luciano se distrae contemplando el constante ulular de la cocinera en la cocina. Admira la destreza casi acrobática con la cual corta la carne, el pollo, el marrano o rebana las papas, plátanos, y demás ingredientes, todo enmarcado en una armonía sincrónica de colores, texturas y olores. En verdad un espectáculo digno de admirar.
            Tal vez por estar inmerso en esta cavilación inútil, o sencillamente porque le era indiferente todo lo que se movía a su alrededor, no se percata del momento en que el payaso es reemplazado por un hombre de rostro cetrino, con barba de un par de semanas y ojos incisivos. Nota su presencia por el olor mohoso que emana de su gabán verde oliva. Al poco rato saca un cigarrillo y le pide a él fuego. Luciano, cuya mente aún vaga entre los aromas de la cocina, tarda unos cuantos segundos en reaccionar. Con torpeza saca de su chaqueta el mechero, mientras el otro termina de pedir una cerveza y un chorizo. Gracias jefe, nada como un humito para abrir el apetito. Él asiente con pocas ganas de hablar, el otro entiende el mensaje y no insiste. Luciano se entrega entonces a otro de sus placeres, escuchar las conversaciones ajenas, recurso que no solo le hace sonreír, sino que además le parece el método más efectivo para captar la elusiva realidad de la ciudad hastiada. Sí sabe lo del Pedro ¿no? No, cuente a ver. Pues que se va a casar con la Linda. ¿Y es que la preñó o qué? Qué va, lo que pasa es que, como que tenía su tinieblo y el Pedro se azoró. Yo ya decía que esa Linda era una jodida. ¿Y cuándo le va a pagar? Dice que a final de mes que porque ahora no tiene.  Ah, no tiene “pa'” pagarle pero “pa'” comprar vicio y embrutecerse en la taberna del chino, sí. Sí, me vio la cara. Disculpe la demora. Yo acabo de llegar, ¿quiere algo? No, no tengo mucho tiempo. Esta noche hay una reunión. ¿Va a ir? ¿Dónde? ¿Va a ir? Pues sí, si la cosa pinta bien. Por eso no se preocupe, que es para un trabajo y tiene buena pinta, pero dígame a la fija, porque si no pues me busco a otro. Ya le dije que sí. Bien, es en Almería 36, no se le olvide, a las once de la noche. Cuando llegue dé esta clave para que lo dejen entrar. Esté mosca y no llegue tarde, que el tipo es gente muy seria. Sí, sí ¿no quiere nada? El chorizo está de muerte. No. Nos vemos está noche, pilas. La conversación queda resonando en los oídos de Luciano como un carbón ardiente. Cuando gira a ver de reojo a su vecino éste sonríe socarrón, al mismo tiempo que mastica con celo el chorizo, cuyos jugos escurren en hilos delgados por la comisura de su boca. Él también lo mira y le sonríe cómplice. ¿Me presta su encendedor jefe? Como era de esperarse, el churrasco con papas y arroz, lo reconcilia brevemente con la vida. Qué bien cocina esta mujer.
            Además de sus destrezas culinarias, Josefina tiene un corazón que sin duda ya le tiene reservado un lugar en el santoral local. Con regularidad asisten a su restaurante media docena de niños de la calle, a quienes la cocinera no solo alimenta, sino que en ocasiones viste y da alojamiento, dependiendo de las circunstancias. Entre ellos está Carmelito, cuyo nombre real nadie conoce y quien una mañana cualquiera había aparecido desnutrido y golpeado en los escalones sucios y húmedos del restaurante. En aquel entonces, Josefina acababa de dar a luz a su tercera hija y la sola idea de que un niño amaneciera en semejante estado a las puertas del mercado le pareció un designio de la Providencia. Durante meses lo alimentó, curó sus heridas, lo vistió con la ropa que iba recolectando y trató infructuosamente de matricularlo en una escuela para encaminarlo hacia una vida decente. Nada funcionó, siempre se escapaba del colegio o se hacía expulsar, lo suyo era la calle. Resignada, se limitaba a darle de comer y a ofrecerle posada cuando el niño lo quisiera. La calle lo enamoró y la calle no suelta, es celosa. Sentenciaba categórica con la mirada perdida en la desesperanza. El niño y sus amigos, a cambio de las atenciones prestadas, le servían de ojos y la informaban de todo lo que pasaba en el intrincado mundo de Calvario.
            Luciano se dispone a cortar el último bocado del churrasco, observa el dialogo entre Carmelito y Josefina. Ella le acaricia la cabeza en señal de despedida y el niño desaparece. Luego le hace señas a Jacinta, su hija menor, y con disimulo le pasa un fajo de billetes, que guarda celosa en su pecho de matrona. La niña, con la encomienda, se esfuma por entre el callejón del mercado. Luciano ha contemplado todo esto masticando su último pedazo de carne, entonces comprende. Se levanta cual resorte de su silla, pero es demasiado tarde. Cinco legionarios entran con sus metralletas negras, sus chalecos y máscaras pasamontañas. Como en las películas de vaqueros cuando llega el momento del duelo, el tiempo parece detenerse, la música cesa, pero la tele continúa emitiendo su ruido. Las miradas antes relajadas, los rostros sonrientes y despreocupados, se transforman en miradas azarosas, los rostros se solidifican. Las miradas clavadas en el plato de comida, las manos rígidas a los costados o sobre la mesa, suspensas, calculando la respiración, midiendo cada movimiento del enemigo. Solo se escucha el taconeo de las botas negras. ¡Asegurado!
            Hoy está embutido en un uniforme de comando, que se expande con dificultad para soportar su orgullosa barriga cervecera. El rostro afeitado y aromatizado, el bigote negro ostenta un incierto resplandor grasiento. Su mirada burlona se esconde tras de unos lentes oscuros tipo piloto y mastica lento un palillo entre su boca porcina. Aquel tipo es el estereotipo del militar por excelencia y un exponente magnifico del honorable Ejército Legionario. Se pasea con su sonrisa marcial, cual pavo real, disfrutando del terror que su presencia suscita en aquellos pobres miserables.
            ¡Sánchez! Desocúpeme este “chochal”, este olor a muerto de hambre me rebota el hígado. A ver, muévanse, muévanse, salgan y formen en fila contra la pared, rápido, rápido, que es “pa” hoy. Los soldados se abalanzan feroces contra los clientes, quienes en un primer momento no parecen entender lo que ocurre. Se mueven lentos, tímidos, turbados por la voz estridente de Sánchez, que no cesa de increparlos. El letargo es interpretado por los esbirros como un acto desafiante, por lo cual no se miden en golpearlos, empujarlos, insultarlos. A una mujer, de atributos generosos, que no parece reaccionar, la arrastran entre dos hasta el pasillo, donde la arrojan como a un fardo sobre un charco de aguas negras. De sus ojos brotan oscuras lágrimas largas y su rostro antes rozagante pronto se desfigura en una mueca triste y descolorida. Los demás clientes también son víctimas de los insultos y de los empellones, los cuales pronto los ubican al lado de Luciano, quien ya se encuentra contra la pared. Entre los que llegan, Luciano ve al vecino cetrino de la barra, que parece en otro mundo, mira para todos lados, esperando la intervención de algún Dios misterioso que lo saque de aquel lugar. A ver, papeles a mano, piernas abiertas, brazos extendidos. Rápido que es “pa” hoy puticas. Por el rabillo del ojo, Luciano ve cuando el coronel Montero se acerca a Josefina que ha salido a su encuentro. Montero sonríe. Ella lo mira con incomodidad y le extiende un sobre, que el coronel se apresura a guardar en un bolsillo de su pechera, cerca de donde cuelga su pistola. ¡A ver sus papeles! ¡Mierda!
            El bullicio del restaurante, los rostros de los comensales, las conversaciones, la música estridente, las imágenes del televisor, los pasillos del mercado empapados de lluvia, polvo, desechos, la calle llena de paraguas, de pasos bajo la lluvia, de charcos con gotas danzantes, las ráfagas de viento y agua, el resplandor del pavimento roto, los perros sacudiéndose la fría tristeza, la escalera quejumbrosa, la alfombra manchada de años, la puerta desgastada, la mesita de noche, su billetera, cuatro billetes arrugados, la foto vieja de una mujer joven y su documento de identidad zonal, con una foto suya, que parecía de otro, que era otro. ¡Mierda!
            ¡A ver, rápido, los papeles! Se palpa los bolsillos para ganar tiempo, pero siente la presencia feroz del soldado que lo escruta con creciente desconfianza. Tras una seña breve llega otro. A ver, ¿qué pasa? los papeles. No, no los tengo, pero yo vivo aquí cerca. Entonces qué, ¿voy hasta su casa y se los traigo? No, solo digo que soy del sector, pregúntele a doña Josefina, ella me conoce. Siente la tenaza de una mano que presiona su rostro contra la pared húmeda y mohosa, la lluvia escurre lenta y brillante por su rostro trasnochado. Le llega un vaho a ajos y cebollas o a huevos fritos, o a algo asqueroso. A mí no me da órdenes un sarnoso como usted. El golpe de rigor en las costillas lo arquea endeble, termina de rodillas suplicante, ante la mirada aterrada de sus vecinos de requisa. Resuena la risa sardónica del oficiante de aquella ceremonia de intimidación. 
            Montero y Josefina están terminando de cerrar su trato cuando escuchan el bullicio de Sánchez.  Montero sonríe ufano ante la destreza y poderío de su subalterno, se sabe buen maestro. Josefina también se da cuenta de lo que ocurre y de inmediato inicia una inútil acción de defensa de su amigo. Él es un vecino, coronel, gente de bien, siempre viene. ¿Gente de bien? Si todos ustedes son gentuza. Eche “pa'llá'” y no se meta que me la llevo a usted también. ¿Qué es la vaina Sánchez? Aquí éste, que no tiene papeles y encima me da órdenes, mi coronel. No me diga. Josefina intenta una nueva suplica, pero es cortada de tajo por la mano del coronel que le fustiga el rostro. ¡Se calla! Entonces imperioso, comienza a avanzar, pavoneándose hacia el caído. El viento helado, la lluvia como agujas, el rostro bañado, la ropa cada vez más ensopada. Todo muy dramático, muy cinematográfico. Los pasos de Montero sobre la inmundicia del piso, el olor a humedad, el vaho nauseabundo que expide la boca de Sánchez, las armas desenfundadas y con ansias de fuego. La rabia, consigo mismo, con el bruto de Sánchez, con la mala suerte, con el insomnio, con la lluvia, con toda la mierda de este mundo de mierda. ¿Está rezando o qué? Tranquilo, no lo vamos a fusilar, no se vaya a mear en los pantalones. Risa estruendosa de malo de película, seguida por la risita disimulada de los otros impíos que solo quieren quedar bien con el jefe. Y él, con ganas de mandarlos a la mierda, que me fusilen cobardes cabrones, pero antes les digo una que otra verdad, asquerosos hijos de puta. ¡Lléveselo Sánchez! Pero por qué me va a llevar, yo no he hecho nada. Ay, nos salió respondona la perra, me lo llevo porque me da la gana, porque puedo. Eso no es razón, yo no he hecho nada, yo tengo derechos. “Usté” no tiene nada, maricón de mierda. Y esto último lo dijo tan cerca que Luciano pudo percibir el caldo de cocción que se gestaba en el estómago del coronel. Tiene los ojos violentos e inyectados de veneno. Un sonido seco y luego nada.
            Los rostros tumefactos de miedo flotan fuera de lugar, el intercambio de dinero entre Montero y Josefina, las sombrillas multicolores del mediodía lluvioso, el dolor de cabeza que le acaricia perezoso su cráneo, y penetra lenta pero sistemáticamente en su cavidad ocular. Luego el frío cubre sus huesos, se explaya por sus articulaciones, se anida en su espalda formando remolinos huracanados. La inclemencia en su mejilla aplastada contra el suelo terroso, áspero. Voces, sonidos metálicos, lejanos, secos, acompasados, alguien teclea, alguien se pasea. Una música o una voz intermitente, un profundo y sofocante olor a nauseas, excrementos, comida podrida, todo condensado en una niebla putrefacta. Entonces un líquido caliente, amoniacal comienza a caer sobre su rostro, escurre por sus mejillas, salpica sus labios. Una risa estrepitosa se repite en diferentes decibelios. Lo están orinando, la conciencia de ese evento desafortunado lo golpea con fuerza, sacándolo de su inconsciencia. Se levanta trastornado, confundido. De un impulso fue a dar contra un grupo de hombres de aspecto asolado quienes lo devuelven al suelo de un empujón, entre risas burlonas e insultos. El que lo había orinado era un enano bigotón, cabezón, panzudo, medio mueco que sonríe macabro, feliz de su recién estrenada notoriedad.

            Al verlo vanagloriarse, Luciano se le abalanza como un león energúmeno. El primer puñetazo se lo estampa en la comisura de la boca. El enano ni lo ve venir, pero sí lo siente, porque le voltea el rostro y lo deja suspenso; el segundo puñetazo le aplasta la nariz y lo tumba. Luciano, ciego de rencor se lanza sobre él, sin que éste logre reaccionar, y comienza a molerlo a golpes, cada uno de los cuales deforma aún más la gran cabeza del enano. Los gritos de los demás presos, extasiados ante el circo de violencia sangrienta, enardecen más a Luciano, quien grita como un demente, toda suerte de insultos mientras golpea, cada vez con menos rigor y más inercia, la pulpa de carne sanguinolenta, en donde antes estaba la cara del enano. Pronto los gritos guerreros se convierten en sollozos y el circo comienza a perder popularidad entre los presos, quienes observan el triste espectáculo y susurran entre sí. Nadie ayuda al enano, nadie ayuda a Luciano, que exhausto se retira a una esquina, dejando el pequeño cuerpo agonizando, entre un charco de sangre, orines y quien sabe qué otro tipo de sustancias poco recomendables para la salud.

La celda es un espeso caldo de cultivo humano, iluminado apenas por una bombilla de luz fétida, cuyo voltaje apenas alumbra unas paredes oscuras, cubiertas por una especie de musgo negro. De los barrotes cuelgan tiras de papel higiénico y pedazos rasgados de camisetas, quién sabe con qué propósito. El suelo es una especie de pasta oscura, un tapete supurante de infecciones, que marea la humanidad de Luciano. Son diez o doce hombres, tal vez más, los que anidan allí, cuando en realidad es una celda para cinco, tal vez menos. Se respira un olor denso, apelmazado por tanto humor rancio. Todos sucios, descompuestos. Se escuchan voces quedas, el goteo lento y vertiginoso de una gotera, una musiquilla lejana retumba tímida entre los corredores de la cloaca. Esto es un sueño, esto es un sueño, esto es un sueño, esto es un sueño, repite sin cesar un hombre con los ojos cerrados; flaco hasta el aliento, con el rostro lleno de morados, esto es un sueño, esto es un sueño. Otro se ríe de manera compulsiva o gimotea o tal vez una mezcla de ambas cosas.

Inesperadamente se arma una pelea, alguien dijo algo o tocó a alguien, un reclamo, un roce no intencionado, tal vez un sutil empujón y dos, tres, cuatro, cinco, seis hombres bestializados se enzarzan en una pelea, por decirle de alguna manera, porque aquello más bien parece una masa amorfa de piernas, brazos, torsos, cabezas, gritos. La masa se va moviendo e incorporando a más y a más hombres en aquella especie de danza frenética de violencia. Pronto él también se ve inmerso en aquel magma de sangres calientes, él también empuja, escupe, golpea, patea; le revientan el labio de un cabezazo y cae privado de una trompada que alguien le encaja en el pómulo. Por ese motivo, no vio el momento cuando los guardias entraron a acabar con el tropel. Se valieron de una manguera de presión que estampilló a varios presos contra las paredes mugrientas de aquel albañal, ahogó al enano y exterminó cualquier otro conato de pelea.
            Despierta en medio de un charco de agua, la herida en el labio le arde inclemente, tiene la cabeza aturdida, los sentidos trastornados. Aquí no hay horas, no hay días, no hay nada, solo oscuridad.
            ¡Coronado! ¡Coronado! ¿Dónde putas está? En la veintidós. ¡Coronado! Las voces llegan desde la oscuridad y retumban subterráneas entre el espesor roñoso de las paredes, se cuelan entre la pestilencia de rostros lánguidos y cuerpos deshechos en suciedad. Aquellas palabras llegan huérfanas a él, aquel nombre no es el suyo, aquella piel cuarteada, mugrosa, hedionda, no es la propia. ¡Coronado! ¿Dónde está este maricón de mierda? Cruz, ¡ábrame la veintidós! Al interior de la alcantarilla se escucha el sonido oxidado de la chapa. ¡Contra la pared! Rápido, rápido princesas. El rebaño de cuerpos se mueve con cansada resignación ¡Muévanlo, muévanlo “qué's pa'” hoy! Haces de luz irrumpen, escrutando los rostros baldíos de expresión, extraños a la luz. Al poco tiempo el resplandor le crispa los ojos. Ese es, sáquenlo. Lo sacan a rastras. A lo lejos escucha gritos de despedida desde otras celdas, desde otras oscuridades enfermizas. Escucha, como salvavidas, las palabras de Sánchez, a quien en medio de tanta mierda, se alegra de ver, aunque en realidad no ve nada. Este huevón está ido.
            Todo a su alrededor parece irreal, a veces a velocidades supersónicas, otras con sumo letargo. Advierte rostros deformados, alargados, chatos, todos los sonidos parecen alterados, sobrepuestos en un pastiche sin sentido. Luego una luz intensa lo ciega. Échele agua a ver si reacciona. Un vendaval de agua lo ahoga por unos segundos que parecen prolongarse. ¡Cuál es su nombre!, ¡Cuál es su nombre! ¿Coronado? Era como si lo llamaran de otro tiempo. ¡Coronado, reaccione! Otro balde de agua pútrida le baña el rostro, dejándoselo brillante de inmundicias, un sabor amargo se le mete en la boca provocándole nauseas. Este huevón se nos “guasqueó”. ¡Reaccione! Soy Coronado, Luciano, Luciano Coronado, sáquenme de aquí por favor, por favor. Todo a su tiempo, no se me acelere. Yo no he hecho nada. Eso está por verse Coronado. Si se porta bien con nosotros se va, de usted depende.
            Es una habitación pequeña, de paredes verdosas, iluminadas por una lámpara de luz violenta, tras de la cual se esconde la voz de su interrogador, Sánchez.
            A ver, concéntrese. Las palabras le parecen extrañas. Su mente se ausenta hacia los confines de su apartamento, los libros viejos, el escritorio, la cama revuelta. Tengo una duda ¿Me va a ayudar? Sí, pero sáqueme por favor, yo no he hecho nada. ¡Cabrón, hijo de puta!, yo decido si ha hecho algo o no, ¿me entiende? Es Sánchez con su cara de loco furioso, su boca apestosa, sus dientes amarillos, su saliva la que le baña la cara. ¡No sé, no sé, yo no sé nada! Sánchez parece hacer un esfuerzo por calmarse. Dígame ¿Cuál es su nombre? Luciano Coronado. No me joda, aquí no hay ningún Luciano Coronado, dígame su verdadero nombre o lo rompo.
            La lámpara es una luna que le quema la coherencia, solo la voz y el aliento maligno de Sánchez logran estremecerlo, lo demás es abstracción, como si su conciencia gravitara sobre la línea que divide la realidad de lo irreal. Escondido en el silencio tenso percibe otra presencia y una ausencia que se materializa con la puerta que se cierra. ¿Por qué no tenía sus documentos de identidad? No era Sánchez, y esa certeza le eriza los pelos de la nuca. La voz de Montero parece medir el aire, tensarlo antes de quebrarlo. Salí de mi casa con mucha prisa y los olvidé en la mesa, eso es todo. Veo. Las palabras las siente rozándole la nuca. Un error común, incluso a mí me ha pasado. Sí. Siente las muñecas libres de las esposas y no puede evitar acariciárselas. Nosotros tenemos un trato y usted un secreto, ¿No es cierto? Lo raro es que hace mucho que no nos vemos y ahora me lo encuentro, ¿no me tiene noticias? No sé nada. Qué mal, porque entonces lo voy a tener que dejar aquí hasta que se acuerde de algo. No, no, por favor. Muy bien, entonces… Otra pausa, mientras su mente trata de encontrar un puerto de anclaje que lo salve del escozor que le produce estar en manos de Montero. Cuando estaba en el restaurante, antes de la requisa… pero puede que no sea nada. Prosiga. Había un tipo sentado junto a mí, no recuerdo muy bien su rostro, pero se entrevistó con otro y hablaron de una reunión esta noche. Una reunión, ¿de qué? No sé. No dijeron que era exactamente, hablaron de  algo que podía ser muy beneficioso para ellos. Ok, ¿en dónde es la dichosa reunión? Calle Almería número, 30, no, 36, sí, 36. A las once. Muy bien, ve como sí sabía algo. ¿Me va a sacar de aquí? Espere, no se impaciente, si resulta algo de su información se va y yo me olvido de su historia, por ahora; si es una trampa suya, y me hace perder el tiempo, lo reviento. ¿Estamos?
            La puerta se cierra con un estrépito metálico. El cansancio se apodera de sus párpados, deja escurrir un poco su cuerpo sobre la silla metálica, pronto siente el rastro de la pelea en su cuerpo, sin embargo, el agotamiento lo vence, lo absorbe. Lo vuelve a despertar el sabor a mierda en la boca, y siente ganas de llorar como cuando era niño, pero el odio puede más. No se le olvide que yo sé quién es usted. La voz detrás de la presencia inesperada lo sorprende con su malicia. A mí no se me va a olvidar nunca el día en que nuestra amistad comenzó. Yo conozco a su calaña amiguito, la puedo oler a kilómetros, así que cuídese y no se le olvide. No sé de qué me habla coronel. ¿No? No me diga que ya se le olvidó la plaza Candelaria. 


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