Un dialogo breve, indiferente, frío como la noche, se
atraviesa en nuestra conversación. El semáforo permanece rojo, son cerca de las
ocho y media de la noche de un lunes. La maleta está de ese lado. Alcanzo a
buscar la respuesta ya con el corazón revolucionado. El golpe fractura el vidrio
del asiento del pasajero que se desploma hacia el interior. El criminal se
apropia de mi morral, lo extrae sin afán y se aleja observándome entre retador
y temeroso. El semáforo se hace verde y mi aturdimiento me retiene, pero muy
pronto el apuro de los cláxones vecinos me obliga a retomar la marcha con la
indignación y la ira crispándome la piel.
Soy nuevamente una víctima del crimen bogotano. Los eventos
de esa noche me han forzado a hacer memoria. En mi registro he contado cerca de
seis asaltos, de diversa índole. A esta cifra de actos directos contra mi
bienestar, me veo obligado a añadir el asesinato vil y cobarde de mi hermano
menor hace ocho años exactos. Un crimen impune, que se suma a los millones de
crímenes de esa naturaleza en esta ciudad sin ley, ni orden, ni nada.
La indignación y la impotencia, la indiferencia y la
indolencia son férreas tradiciones en esta ciudad que cada día es más bárbara y
menos habitable. Nadie mueve una hoja por nadie. Decía que la indignación me
llevó a desahogarme en el lugar común que es Facebook. Buscaba, obviamente, empatía,
solidaridad y curar la rabia compartiendo lo ocurrido. Expresé lo que he venido
pensando desde hace algunos años, que no quiero seguir viviendo en Bogotá, que
no me place vivir más en Colombia.
Lo escribí porque es lo que pienso, creo que la cuota para
expresar mi malestar de forma sincera la he pagado con cada acto violento al
que me ha sometido la delincuencia que se esconde en la cotidianidad bogotana. Eso,
sin contar con los hechos casi diarios que pueden ser considerados como
agresivos y que afectan a la gran mayoría de los que sobrevivimos esta ciudad.
Nos hemos acostumbrado tanto a este ambiente violento que extraviamos la
posibilidad de inquietarnos, lo hemos asumido como algo normal, como el tamal
con chocolate o las onces santafereñas. Algunos se consuelan con el argumento
superficial de que esto pasa en todas
partes. No es cierto.
Leo a la par que redacto estas palabras un informe de
Forensis, que se encuentra en la revista Semana, edición digital. El informe,
que es de carácter nacional, clasifica las agresiones que culminan en muerte de
la siguiente forma: homicidios, transporte, accidentales, suicidios e
indeterminada. En total, entre 2012 y 2013 murieron en Colombia, dentro de
estas categorías 28.496 personas. No especifica el informe las cifras de estos
siete meses, ni se encuentra información sobre Bogotá. Pero el panorama no debe
ser alentador e incluso pueden ser números más aterradores, pues es evidente
que todo es susceptible de ser manipulado e interpretado como mejor convenga a
los involucrados. Qué tan reales son
estos informes, qué tanto se ajustan a la realidad, son preguntas difíciles de
resolver, pues hay muchos crímenes que no se reportan y varios responsables que
no quieren un dedo acusador apuntándolos.
Está documentado por diversos medios la falta de recintos
carcelarios, los problemas de hacinamiento en las cárceles son un drama humano
que muy poco interés despierta en las instancias correspondientes, en los
medios o en la sociedad en general. Por otra parte, la rama judicial no da
abasto y la fiscalía carece de recurso humano, es decir, no alcanzan los
encargados de acusar, juzgar y castigar para tanto criminal.
Por otra parte, Bogotá es una ciudad profundamente dividida,
estratificada y desigual. Por ser la capital del país, se ha convertido en el
punto de convergencia de diversos tipos de migración interna. Por una parte
recibe inmensos números de desplazados por la violencia, fenómeno que inicia en
los años cuarenta y se extiende sin
mayores variantes hasta el lunes de esta semana. La capital nunca ha estado
interesada en generar políticas frente a
este fenómeno, ni ha tenido la capacidad para reaccionar de forma eficiente a
él. De tal manera que estos colombianos, víctimas de la violencia, deben no
solo sobrellevar el peso de este flagelo sino además el de ser discriminados,
maltratados e incluso perseguidos por su condición. Sin techo, sin trabajo, sin
alimentos, sin oportunidades deambulan por la ciudad o se ubican precariamente
en los extramuros. La adversidad, la inclemencia de la sociedad paulatinamente
los hace enemigos de la misma. Su tragedia engendra otras tragedias
potenciales. La inequidad es la semilla, la raíz tenebrosa de la violencia
diaria. No es posible esperar que estos ciudadanos vilipendiados, humillados,
golpeados, abandonados tengan competencias ciudadanas, cuando escasamente saben
leer o escribir, cuando difícilmente tienen acceso a servicios básicos, cuando
nadie les da una oportunidad y son observados con sospecha. Estamos hablando de
generaciones enteras condenadas a sobrevivir abusos, orfandades, alcoholismo,
drogadicción, maltrato, analfabetismo, desnutrición, a vivir con desesperanza,
que es la peor forma de vivir.
Son hijos de esta plaga los verdugos de mi hermano, los
culpables del asalto del lunes que producen estas palabras hoy.
Pero así mismo, hay
otras migraciones, Bogotá recibe a estudiantes de todo el país que cursan su
carrera universitaria y que en muchas ocasiones no regresan a sus regiones o
ciudades de origen, a ellos se suman los profesionales que sin opciones
laborales abandonan sus lugares de origen para establecerse aquí. Es decir, a
Bogotá llegan todos, pero mientras otras ciudades con características similares
se adaptan y acondicionan a esta situación, Bogotá no es capaz, porque es una
ciudad que nunca fue planificada, es un árbol torcido. A eso hay que añadirle
un ingrediente, ha sido presa de una impresionante red de corrupción que
controla desde el vendedor de chucherías hasta el que se gana las licitaciones
para construir las vías de la ciudad.
La ciudad es un ring de boxeo, cada uno pelea a muerte por un
puesto, ya sea en una esquina vendiendo aguacates, ya sea compitiendo para
robarse un contrato multimillonario para construir un puente peatonal que nadie
va a usar porque es un peligro cruzar por un puente peatonal. Hay rateros de
tres pesos, llaveros y chaquetas, como hay ladrones de cuello blanco, vestido
de Armani y Mercedes Benz.
Cada cual a su manera y con los medios con que su educación o
falta de ella los provea, buscan sacar ventaja, escalar la empinada pirámide
social, colarse en el bus atestado. En ese batallar incansable no hay treguas,
ni concesiones, es una mentalidad a sangre y fuego que se percibe en los
grandes escándalos que terminan diluidos en la efímera indignación de la
prensa, pero también en la agresión de todos los días, la rutinaria, la del
tipo mal parqueado, la del taxista que lo baja del taxi si usted no va para
donde él quiere ir, la del vecino que llega borracho a las tres de la mañana un
miércoles y le advierte al portero adormecido que no le vaya a interrumpir la
fiesta con las quejas del citófono, porque no le va a prestar atención.
Esta ciudad de casas blindadas, enrejadas, con púas, paredes llenas de grafiti, carente de vías,
plagada de cráteres, carros, motos raudas, bicicletas en contravía, peatones
atontados, taxistas y buseteros hampones, sucia, desvencijada, vulgar, agreste,
indolente, negligente, irritante, poluta, repleta, sin oportunidades, ni
opciones, mal educada, feroz, de puños cerrados y mandíbulas tensas, está en
malos pasos. Nos está devorando día a día, año tras año.
Si no hay ley, ni orden, si la impotencia se cotiza al alta,
si la saciedad está de moda, si no podemos contar con nadie, entonces el paso a
seguir es armarse para defender lo propio, porque ser víctima agota, porque no
tener respuesta frustra, porque hay un punto en el que se deja de lado la
civilidad y comienza la barbarie. Estoy seguro que con cada letra que escribo
alguien en esta ciudad ha resuelto
comprar una pistola o una navaja o cualquier otro tipo de arma, porque tiene
miedo de que la próxima vez se le vaya la vida en el trance, porque necesita
sentirse seguro, no sospecha que es mentira, que nunca responder con violencia
pondrá fin a la violencia.
Antes de que eso ocurra, antes de que escuchar tiros a cualquier
hora y lugar se vuelva común y andar con un revolver donde antes iba el celular
sea de uso obligatorio, antes de que yo me vea forzado a tomar ese tipo de
medidas contra mi naturaleza para proteger a mi familia de una criminalidad
cada vez más temeraria y agresiva, prefiero ponerlos a salvo lejos de aquí.
Creo que muy pronto no habrá otra alternativa aunque a mis amigos del FB les
parezca que aquí todo es muy bonito y que esto pasa en cualquier parte. No es
cierto.
Juan Ladrón de Guevara Parra
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