Los rostros manchados
de sol, las manos talladas, surcadas por huellas profundas. Son hombres y
mujeres, jóvenes, adultos, entrados en canas. Gente de azadón y machete, de
sombrero, de botas de caucho, de ruana. Van a misa y celebran con desparpajo
los días de mercado o de fiestas patronales. Son como árboles, de raíces
profundas, aferradas a la tierra, a tierra negra y húmeda, fértil y recia. Su
credo es el trabajo, el que comienza antes que canten los gallos y que no se
acaba nunca. Su labor no sabe de pausas activas, ni cultura organizacional, ni
de sindicatos, ni de juntas directivas. No son gerentes, ni coordinadores, no
son ejecutivos, ni gente de vestido completo y pelo engominado.
Ellos saben resistir
sin palidecer, lo que a la mayoría nos resulta extenuante. Conocen las
dinámicas secretas de la naturaleza, saben leer bien sus acertijos. No les da
miedo ensuciarse las manos, ni sudar, saben de veterinaria sin haber pisado una
facultad, conocen la tierra tan bien como cada línea de sus manos, sin haberse
matriculado en agronomía, pueden construir una casa, sin necesidad de un título
de arquitectura.
Son genuinos,
horizontales o transversales. La suya es una belleza de este mundo, sin photo
shop, sin abdominales o implantes, sin silicona, tintes, afeites, sonrisa
perfecta. No saben cuál es la última tendencia en moda, lo de ellos es el refrán,
la sabiduría popular, la astucia para los negocios, son amables, callados,
inmersos en lo suyo, no les da miedo el trueno, ni el rayo de sol, ni la
ventisca, no son de usar protector, ni de manicure y aunque se vistan de lana,
no son ovejas, ni porque toman leche son rebaño.
Colombia es, desde la
cuna, un país rural, agropecuario, agro descendiente. La mayoría de los
colombianos vienen de una familia campesina, han sido criados con agua de
panela, con leche recién ordeñada, se han alimentado con papa y arroz, saben
que es un tamal, un mute, un ajiaco, una changua, han comido alguna vez gallina,
toman café por la mañana y después de almuerzo. Colombia es un país hecho de
campo, verde de pies a cabeza, con todo tipo de pisos térmicos que lo proveen
con gran variedad de vegetales, granos, cereales, frutas. ¿Entonces?
Priman los intereses de
unos pocos sobre los derechos de millones, prima la ideología oportunista de
políticos mediocres sobre el bienestar de la mayoría, prima la mezquindad sobre
la equidad, la violencia sobre el diálogo, el engaño sobre lo justo, la
corrupción sobre la decencia.
Con esa lista de
prioridades Colombia nació fracturada y cada día se quiebra más, la grieta se
hace abismo, se deforesta, se vuelve desierto, campo minado en lugar de campo
sembrado. Hemos estado peleados con nosotros mismos, país adolecente, inquieto
y dramático, emocional y desquiciado. El grito de libertad, fue también uno de
guerra y entonces el conflicto se hizo médula y corazón. Amanecimos a la
independencia prematuros, por error y desde entonces seguimos torciéndonos,
cosechando agrias guerras fratricidas, cuyo escenario fue y es el campo.
Es precisamente por ese
campo, el fecundo, no el minado, por el que lucharon los soldados campesinos
que cruzaron la tórrida geografía andina, los que lucharon con picas, descalzos,
exponiendo la piel, liderando la vanguardia contra cañones y fusiles, sables y
lanzas españolas. No lo hicieron por las estatuas, ni por los poemas, tampoco
por la gloria y la inmortalidad, sus nombres no fueron dignos de nombrar
departamentos, regiones, ciudades, parques, plazas o escuelas, no se les
ofrecieron desfiles, ni bailes, ni se les compusieron canciones, son los extras
de la leyenda. A ellos y ellas no se les rinden honores militares, ni les izan
banderas en los días patrios, ni son nombrados en los discursos de los
políticos plaga de hoy. Nunca les reconocieron sus méritos, su sacrificio. Todo
lo opuesto, los robaron, los sometieron, los engañaron.
Pero ahí estaban, ellos
fueron el músculo de la libertad, sus verdaderos hijos, porque la sufrieron sin
grandes pretensiones, sin aspiraciones de inmortalidad o de heroicidad, amaron
la libertad y murieron por ella para sus hijos y los hijos de ellos, que somos
todos. Sangraron porque creyeron en un mejor futuro, sin señores, ni capataces,
sin látigos, ni insultos y humillaciones, pelearon las batallas más feroces por
tener una parcela de tierra, por el derecho a cultivarla, a sudarla, a recoger
la cosecha para alimentar a su prole y de paso al país entero. A eso aspiraban
entonces y a esta hora. No querían medallas, ni honores, porque de eso no se alimenta
una familia, esos adornos de latón, esas palabras huecas son pura parafernalia.
Entonces, después de
las campañas, de las malas hambres y con la piel labrada por el frío fueron
traicionados, engañados, por los mismos criollos ilustrados a quienes siguieron
y obedecieron, por esos pintorescos adalides de la libertad y los derechos del
hombre, que no los consideraban como tales, que los usaron, para luego
despreciarlos, cuántos de estos hombres y mujeres perecieron por darles la fama
a estos infames, que solo predicaban la libertad, la igualdad y la fraternidad,
como los loros que repiten lo que oyen sin entender el sentido de las palabras.
Cientos de miles, millones. Ese engaño, ese desprecio, ese acto pedante siembra
al país infante en sangre y fuego,
Hoy sigue quemándose el
campo colombiano, los herederos de esos valientes, que llevan en su rostro y en
sus manos el legado de esos hombres y mujeres que nos hicieron libres, reclaman
indignados para que el gobierno, el estado ingrato y despreciativo, mentiroso y
traidor, astuto y malicioso, los respete, para que los mire a los ojos y no les
dé la espalda, para que deje la mezquindad que los tiene al límite de la ruina,
la desesperanza y la violencia. Protestan para que el gobierno no insulte su
inteligencia, ni sus derechos, exigen que el estado cumpla con su deber, con el
mandado que le fue entregado, demandan para que se detenga la “locomotora de la
prosperidad” que no ha hecho más que darle el golpe de gracia al campo, esperan
que el gobierno por primera vez, cumpla con su deber, que deje de engañar y
mentir, robar y destruir, quieren que se detenga la barbarie, que el que
gobierna lo haga para los colombianos que son millones y no para complacer a
tres o cuatro países desarrollados, con la esperanza insulsa de ser tratado
como igual. Quieren que este país se reconozca campesino y que los que
gobiernan dejen de aparentar, de tratar de quedar bien a costa de condenarnos a
todos a la miseria, quieren que sea consecuente, que si habla de paz con unos,
que no muela a palo y balas a otros, quieren realidades, hechos, acciones y no
discursos, promesas, mentiras.
Quieren que su voz se
escuche por encima del barullo y el grito de los oportunistas profesionales,
que siendo culpables y cómplices, ahora quieren pescar en río revuelto. No
saben cómo protegerse de los infiltrados cobardes que tiñen su protesta real,
legitima, con incendios, asonadas, cocteles molotov e información tergiversada
y tendenciosa. Son agitadores de oficio pagados con dineros turbios que saben a
políticos plaga, a intereses derechos e izquierdos, de camuflado y bota de
caucho, de diente de oro y corrido narco, a verde oliva y botas de dotación, a gente
adicta al crimen y la ignorancia que no desaprovecha oportunidad para alimentar
su fechoría. Pero ellos se mantienen dignos, férreos como sus antepasados y
muchos nos solidarizamos con su causa, que debe ser nuestra, que debe ser de
todos los que nacimos en este lado del continente, al sur de Estados Unidos.
Pero no es así, porque
mientras Colombia arde, se manifiesta, se indigna, es reprimida a punta de
cachiporras, gas lacrimógeno, balas, patadas y puños, mientras se desperdician
toneladas de comida, los colombianos clase alta y media, de ciudad, de vestido
completo y ropa de marca, el colombiano del teléfono inteligente, el de Facebook
y Twitter, que consume televisión barata, que se emborracha cada fin de semana,
el que se preocupa de la farándula y se siente orgulloso de la selección Colombia,
el que opina sin saber y juzga por placer se emociona porque Starbucks anuncia
que va a abrir cafés en Colombia.
Juan Ladrón de Guevara Parra
Juan Ladrón de Guevara Parra
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