Ayer me preguntaban con falso interés por mis planes, por eso intangible que algunos llaman "sueños" y otros, proyectos. Lo que inicialmente era un encuentro,con una antigua compañera de universidad, pronto cobró matices de estrategia de venta, disfrazada de charla trivial.
Incluso antes había previsto que mi amiga se traía algo entre manos, ya que en el mensaje previo a coordinar la cita, había usado las típicas palabras que usan las mujeres cuando quieren tocar temas potencialmente espinozos, las ínfimas, para que hablemos. Luego de reflexionar sobre la combinación de palabras mencionada y teniendo en cuenta que en realidad no tenía nada de qué hablar con ella en esos téminos, concluí que era probable que intentara dos cosas: Tratar de captarme para alguna religión o venderme algo. Ámbas opciones me parecían espinozas.
Asistí a regañadientes a la cita, más por una extraña obligación, que por verdadera convicción, pues algo turbio sospechaba. Poco antes de llegar, sonó mi teléfono, era ella. Le indiqué que estaba a un paso. Comenzamos la conversación, luego de pedir un café. Trivialidades normales, temas comunes de aquellos que no se han visto en un tiempo, entonces ella me preguntó por mis planes. Ante mí, comenzaba a desenvolverse la torpe estrategia de mi amiga. Era evidente que seguía un libreto, pues las preguntas que hacía y la forma en que las planteaba no eran de ella, otro hablaba, era como si estuviera poseida por un espíritu burlón. Por momentos, la conversación transcurría con la naturalidad de siempre, pero entonces ella se acordaba de su libreto y volvía a insistir, formulaba preguntas que solo respondía yo, es decir, me dejaba hablar, ser el centro de atención. Yo esperaba que la conversación se centrara en el tema que ella quería tratar, por el que me había convocado, pero nada se concretaba. Era obvio que intentaba recordar la instrucción recibida e incluso la imaginé preparando la conversación frente a un espejo. Por su actitud inquieta, adiviné que esperabamos a una tercera persona. Al poco rato recibió una llamada, que hizó pasar por casual, pero la tensión en sus gestos demostraba que todo era planeado. Me indicó que su esposo estaba cerca y que se reuniría con nosotros.
Al poco rato apareció el marido, traje gris clásico, corbata con pinticas, corte de pelo rutinario, actitud ganadora. Su saludo fue amable, sin excesos. Mi amiga lo actualizó sobre nuestro tema de conversación, los malos sueldos que se ofrecen en nuestro dificil campo laboral: la literatura, en sus dos vertientes, el trabajo editorial (corrección de estílo) en el caso de ella, la docencia, en mi caso, aunque nunca he enseñado literatura. Pero eso es harina de otro costal. El esposo escuchó con fingida atención y me formuló dos preguntas medidas con escuadra, que yo respondí con la vehemencia de quien se siente importante, que estúpido fui. Él, viendo como yo caía en su red de malabarista, de inmediato tomó la palabra, para nunca más soltarla o compartirla con su esposa, a la que no volví a escuchar. La aferró con fuerza, hasta estrangularla, a la palabra, no a la esposa. Solo la soltaba para inquirir, está vez con mayor énfasis, en mi vida laboral y profesional.Se iba tejiendo la red.
Sus preguntas estaban atravesadas con una sonrisa prefabricada, sus gestos me indicaban que se interesaba en lo que yo decía, pero no era así. Solo esperaba, como lo hace el tigre con su presa. Yo, como un ciervo extraviado en el pastizal equivocado, respondía a sus preguntas, con una ingenuidad imbécil. Es decir, para este momento tenía claro que algo me iban a proponer, que no les interesaba en realidad nada de lo que yo estaba diciendo y que todo esto era una puesta en escena. Sin embargo, seguía respondiendo a preguntas que no tendría porqué responder y dando explicaciones que no tenía porque estar dando a estas dos personas que ahora que lo pienso, en realidad ni conozco.
El marido, que contrario a mi amiga, tiene experiencia y asumo que ha tenído éxito con su estrategia de venta, dio el zarpazo: ¿Qué pensarías si nosotros te pudieramos dar todo aquello que quieres? me vi atrapado, ya no podría huir, mis temores se habían confirmado. El marido comenzó su exposición con la convicción de quien se cree un triunfador. Habló de una caja de cristal, que creo que era metafórica, pues a partir de ese momento me concentré en dos cosas, en mover la cabeza fingiendo interés y en el ruido de la vociferante avenida. Así mismo, pensaba en lo estupido que era por haberme sometido a su juego. En otras circunstancias y si no estuviera de por medio la amistad con mi antigua compañera, jamás habría accedido a asistir a la cita y estoy seguro que de haber asistido, no habría tenido inconveniente en cortar de plano la exposición del vendedor de talleres de superación y salir de allí. Pero la decencia, que a veces es un lastre, me impedía hacerlo.
Escuché, con la misma pretendida atención que ellos me había dado, la propuesta de dar rumbo a mi vida, que hasta este momento no considero extraviada, y me dispuse a evitar con gentileza la embestida. Manifesté de manera educada que no necesitaba ningún taller de liderazgo, que mi vida era un remanzo de armonía y que todo lo que había planeado o soñado, para que tenga un toque cursi, lo había logrado con méritos propios y sin la ayuda de ninguna poción mágica o milagro. El marido aceptó mi rechazo con elegancia, aunque ya al final intentó un nuevo lance desesperado al ver que la presa se escapaba, algo mencionó de unas charlas, conferencias o sermones sobre odontología o deontología o algo así. Es que no se resigna, alcancé a pensar antes de despedirme con el afecto minado hacía mi amiga por haberme puesto en semejante encrucijada, por pensar que me podría interesar ser reclutado en su religión de autosuperación.
Como casi siempre me ocurre en estos casos, sentí rabia por no prestar atención a los indicios que detecté desde el comienzo, pero también me molestó no haber dado las respuestas que me habría gustado dar o asumir la actitud que me habría gustado tener. Cosa que siempre ocurre, se nos ocurren las palabras exactas, cuando ya no hay quien las escuche ¿Qué me cohibió? posiblemente no querer lastimar los sentimientos de mi amiga, a quien ví como víctima de un marido dominante. La imaginé asistiendo con resignación al tal entrenamiento, mostrarse convencida de sus bendiciones, actuar siguiendo los lineamientos del lider, benefactor o como quiera que se haga llamar el gurú con complejo mesianico que debe orientar los tales talleres. La vi como una esposa resignada y sumisa que le sigue la corriente al marido, convencida de su lucidez y liderazgo y comprendí que la amiga de la universidad se había ido diluyendo bajo su influjo. Espero que esos talleres le hayan servido para salir de la caja aquella de cristal, aunque no fue lo que evidencié, así mismo espero que no se le ocurra volver a contactarme para asistir a las charlas que da su marido, el líder odontológico o deontologíco.
Juan Ladrón de Guevara
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