14 sept 2012

De los nombres de Dios



Dios es una palabra que se transforma, a veces compacta otras diseminada. Dios es muchas cosas, todo dirán muchos. Dios es una respuesta íntima y secreta, una excusa, una vía para relacionarnos con el mundo y sus misterios. Lo ha sido desde la oscuridad tenebrosa de los tiempos, lo es ahora. Es una idea, un concepto, una teoría, es fe, es resignación y castigo, pero también dulzura y pasión, es una palabra prohibida en ciertos contextos y reverenciada en otros. Dios es barrera o autopista, es la Torah, el Corán, La biblia, es la catedral, la sinagoga y la mezquita, la poesía del Al Andaluz y de Santa Teresa de Jesús, y de los Sufi. Es los cuadros de Velázquez, El Greco, Caravaggio, Miguel Ángel.  
Dios es un código secreto, con millones de rostros y voces que se combinan en millones de variables infinitas. Dios enseña, pero también engaña, ama pero también odia, exige y da, es multiusos y multipropósito. Es ritual, es símbolo y signo, es devoción y enigma. Dios es lo que cada uno quiere que sea o necesita que sea.
En esa medida su nombre, que es innombrable y secreto ha sido espada, pica, catapulta, escudo, ha sido fuego y sangre, destrucción y crueldad, pero también excusa, puente, camino, vaso comunicante con lo desconocido. Gravitaba su nombre entre los caballeros templarios cuando entraban en batalla, como también gravitaba en el corte limpio de las cimitarras musulmanas. Estaba en los labios de Caifás cuando se rumora que condenó al Cristo, chisme que desde hace más de dos mil años sentenció a los judíos a la diáspora, a la persecución, a la expulsión de la España católica, a los hornos cruentos de Auschwitz. Bajo su nombre grecorromano se sentenció a los cristianos al foso de los leones y así mismo, los asesinos del obispo Óscar Romero en el Salvador lo usaron antes de ultimar al prelado en pleno sermón. Fue pronunciado en secreto o a gritos por los pilotos yihadistas del 11 de septiembre de 2001 y así mismo por sus víctimas como último consuelo.  Lo usan los sionistas cuando reprimen, humillan, torturan y asesinan a los palestinos, así como éstos lo pronuncian cuando se inmolan en Jerusalén o Tel Aviv.
Es el mismo Dios al que los indígenas de América ofrecían el corazón de sus prisioneros, y el mismo al cual los budistas buscan en el nirvana o los hinduistas en el dharma. Ese dios que oprime, que arrodilla, que eleva o sepulta, que abre los ojos o los cierra, el que guía y el que extravía, el que rebosa compasión y el que discrimina con la intolerancia. Es el mismo que ofrece el paraíso, ya sea por vía de átomos volando o a través del espinoso camino de la piedad y la sumisión.
Dios de cristianos, musulmanes, judíos, hinduistas, musulmanes, católicos, evangélicos, protestantes, pentecostales, krishnas, budistas, dios del pobre y del rico, del arzobispo y el carnicero, del presidente y los ministros, del portero y del camionero, de la reina y de la mucama, del pastor y del papa, del mentiroso y el embaucador, pero también del policía y del ladrón, del promiscuo y del fiel. Dios del cobarde y del racista, del corrupto y del asesino, del sabio y del ignorante, del culto y del vulgar.
 Dios minúsculo y rudo, hecho de piedra o tallado en forma de visón o Dios de catedral barroca o basílica medieval. Dios de humilde pesebre o Dios de inmaculado Mercedes Benz, tu nombre es vano, efímero y común, se ha manchado, usado y profanado, es hueco y vulgar porque ha extraviado su don más preciado, su espiritualidad.             

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