Dios es una palabra que se transforma, a veces compacta
otras diseminada. Dios es muchas cosas, todo dirán muchos. Dios es una
respuesta íntima y secreta, una excusa, una vía para relacionarnos con el mundo
y sus misterios. Lo ha sido desde la oscuridad tenebrosa de los tiempos, lo es
ahora. Es una idea, un concepto, una teoría, es fe, es resignación y castigo,
pero también dulzura y pasión, es una palabra prohibida en ciertos contextos y
reverenciada en otros. Dios es barrera o autopista, es la Torah, el Corán, La
biblia, es la catedral, la sinagoga y la mezquita, la poesía del Al Andaluz y
de Santa Teresa de Jesús, y de los Sufi. Es los cuadros de Velázquez, El Greco,
Caravaggio, Miguel Ángel.
Dios es un código secreto, con millones de rostros y voces
que se combinan en millones de variables infinitas. Dios enseña, pero también
engaña, ama pero también odia, exige y da, es multiusos y multipropósito. Es
ritual, es símbolo y signo, es devoción y enigma. Dios es lo que cada uno
quiere que sea o necesita que sea.
En esa medida su nombre, que es innombrable y secreto ha
sido espada, pica, catapulta, escudo, ha sido fuego y sangre, destrucción y
crueldad, pero también excusa, puente, camino, vaso comunicante con lo
desconocido. Gravitaba su nombre entre los caballeros templarios cuando
entraban en batalla, como también gravitaba en el corte limpio de las
cimitarras musulmanas. Estaba en los labios de Caifás cuando se rumora que
condenó al Cristo, chisme que desde hace más de dos mil años sentenció a los judíos
a la diáspora, a la persecución, a la expulsión de la España católica, a los
hornos cruentos de Auschwitz. Bajo su nombre grecorromano se sentenció a los
cristianos al foso de los leones y así mismo, los asesinos del obispo Óscar
Romero en el Salvador lo usaron antes de ultimar al prelado en pleno sermón. Fue
pronunciado en secreto o a gritos por los pilotos yihadistas del 11 de
septiembre de 2001 y así mismo por sus víctimas como último consuelo. Lo usan los sionistas cuando reprimen,
humillan, torturan y asesinan a los palestinos, así como éstos lo pronuncian
cuando se inmolan en Jerusalén o Tel Aviv.
Es el mismo Dios al que los indígenas de América ofrecían el
corazón de sus prisioneros, y el mismo al cual los budistas buscan en el
nirvana o los hinduistas en el dharma. Ese dios que oprime, que arrodilla, que
eleva o sepulta, que abre los ojos o los cierra, el que guía y el que extravía,
el que rebosa compasión y el que discrimina con la intolerancia. Es el mismo
que ofrece el paraíso, ya sea por vía de átomos volando o a través del espinoso
camino de la piedad y la sumisión.
Dios de cristianos, musulmanes, judíos, hinduistas, musulmanes,
católicos, evangélicos, protestantes, pentecostales, krishnas, budistas, dios
del pobre y del rico, del arzobispo y el carnicero, del presidente y los ministros,
del portero y del camionero, de la reina y de la mucama, del pastor y del papa,
del mentiroso y el embaucador, pero también del policía y del ladrón, del
promiscuo y del fiel. Dios del cobarde y del racista, del corrupto y del
asesino, del sabio y del ignorante, del culto y del vulgar.
Dios minúsculo y rudo,
hecho de piedra o tallado en forma de visón o Dios de catedral barroca o
basílica medieval. Dios de humilde pesebre o Dios de inmaculado Mercedes Benz,
tu nombre es vano, efímero y común, se ha manchado, usado y profanado, es hueco
y vulgar porque ha extraviado su don más preciado, su espiritualidad.
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