He consultado el tarot, las líneas de la mano no
dan pistas, la carta astral es una nebulosa infructuosa. Huelo a sándalo, cargo
una pata de conejo que no corre, un péndulo sin cuerda, una brújula sin flecha,
un mapa sin direcciones. Camino sin rumbo, como si fuera un extra que no puede
ser el protagonista de su historia. Se me gastan los zapatos con los que me
extravío caminando por la lectura de la vida diaria, se me adelgaza la neurona,
se me erizan los lóbulos y me falla el ánimo, cuando no cojeo por culpa del
desconcierto del huérfano, del náufrago, del desequilibrado.
¿Cuándo entré en este laberinto? Algún pajarillo
bribón se comió las boronas, que no recuerdo haber dejado señalando el camino
de regreso. ¿Cuándo aparecerá la Deus ex machina? Ah, es cierto, aquello de
dudar de su existencia nos tiene querellados, no nos hablamos desde hace tiempo.
¿Seré víctima del encanto de algún hechicero
malintencionado? De aquellos que acosaban al caballero aquel, más bien tristón,
que andaba resolviendo entuertos en un jamelgo pálido. Es posible, de tanto
leer a veces nos da por creer que todo es probable y entonces todo comienza a
irse al traste lenta e inevitablemente. Con cada libro consumido, como el
tabaco del cigarrillo, el camino comienza a desviarse, atraviesa bosques y
llanuras, selvas, valles, mares, cruza ciudades que no existen, otras posibles,
de leyenda y otras que aparecen en los mapas como manchas de letras. Este
camino retorcido no conoce el tiempo, las letras pueden ser de hace siglos o de
ayer mismo, tampoco reconoce las fronteras de la lengua. Camino engañoso, a
veces gracioso otras irritante, plagado de recovecos y trampas con monstruos,
dragones, gigantes, vampiros, escarabajos y cuanto adefesio se imagine usted
lector.
Por ese camino me extravié sin brújula, sin mapa, sin estrella polar,
sin preguntar la dirección me fui perdiendo entre metáforas, símiles, parábolas
y otras figuras que son como esfinges, licántropos, centauros y minotauros. Me
hice un nudo narrativo, que parece hecho por un marino sin puerto. Un nudo
ciego, bruto de tanto leer disparates y sin sentidos, que solo logran
extraviarme más. Llevo tanto tiempo perdido y sin esperanza de recuperar el
sentido que me he hecho adicto, vivo ojeroso y mal dormido, me he diagnosticado
síndrome de Estocolmo, soy un cautivo desvalido, un perdido en combate. Este camino plagado de recovecos y pasajes sin salida, lleno de criaturas de diversa índole, de paisajes ficticios, me lo he ido construyendo letra a letra. Soy a un tiempo víctima y verdugo, carcelero y preso, el asesino y su cadáver, soy el arquitecto y el ratón porque cada libro es un sendero que se va abriendo camino, pero cuando ya lo he leído, frente a mí se levanta un muro espinoso e infranqueable, que me obliga a encontrar otra vía o morir de inanición y sed y temblores de abstinente. Entonces abro una nueva autopista de palabras veloces, con lo cual se repite el ciclo. Soy Sísifo llevando su carga y soy Prometeo devorado por el águila y sigo refundido, ido, sin guía, ni líneas, ni amuletos, ni astros, solo las palabras que no mueren como la hierba que es mala, sino que se reproducen, sometiéndome, soy el cautivo, el hipnotizado, el irremediablemente perdido.
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