10 dic 2013

De bucaneros y tigres

La noticia era como un barco pirata que aparece en el esquivo horizonte, a veces espejismo, otras, peligro potencial. Sigue la rutina mínima, la que distrae, la que adormece y nos olvidamos del barco amenazante hasta que volvemos a verlo, más cerca. La silueta recortada por el sol sigue despistando. Es solo un punto, que puede ser cualquier cosa o nada, nos tranquilizamos, somos millones, no se atreverán con nosotros. Entonces un silbido hace revolotear a los pájaros y la pregunta se reproduce ¿Qué pasó?
El desconcierto hace que todos se miren con desapruebo y los dedos señalan culpables. Nadie hizo nada porque todos pensábamos que alguien más lo haría, y ahora, en la antesala de la batalla, con el humo asfixiándonos  y el miedo corriendo por la sangre nos reprochamos nuestra ineptitud. Los piratas asaltan la ciudad que era inexpugnable y altanera, como un tigre cuya majestad se ve abolida por la red de los cazadores. La presencia oscura de los piratas, su mirada feroz, la codicia brillando en sus dentaduras afiladas ha vencido a la ciudad arrogante. Imponen su voluntad, saquean las calles, no dejan piedra sobre piedra. Roban, golpean, asesinan, violan, vulneran. Lo suyo es el cañón y la espada. Siembran hambre y desesperación, germina el fuego, brota la sangre.
La razón, la lógica, la justicia son chistes grotescos, se extravían en la risa de hiena de los corsarios. Impera su ley arbitraria, de puño y escupitajo. El desdén es su voz, el desprecio su credo. Son los jefes, los caudillos, los que tensan las riendas y empuñan la mano amenazante, están inmunizados  contra la buena conciencia, la equidad, la tolerancia. Son ellos por ellos y para ellos. No tienen contradictores, tienen enemigos, no reconocen ciudadanos, ven esclavos o súbditos. No conocen la cortesía o el respecto, la mesura o la gallardía, desconocen la nobleza. Son la bota que oprime, la grosería que noquea al argumento, la ignorancia que bloquea a la inteligencia.
 Son hábiles arácnidos, tejedores incansables de trampas que se reproducen como plagas. Ocupan comercios, iglesias, industrias, hacen empresas, fundan partidos políticos con vocación de secta, no de servicio.  Su ideología es el engaño, la violencia, la manipulación y el poder, postulados que veneran con fervor místico.
 La ciudad sitiada y exhausta termina por claudicar su voluntad, acepta su presencia permanente, inamovible. La ciudad se desintegra en la resignación, en la indiferencia. Los ciudadanos despojados de su identidad, de su voluntad, bajan la cabeza, se arrodillan ante los canallas, los acogen y se someten a su arbitraje vulgar de la vida. A los filibusteros les gusta que les obedezcan, no reconocen otra alternativa, es su derecho natural, como respirar o eructar cuando se alimentan.
Entonces el abuso constante se hace norma, cotidianidad, rutina, verdad comprobada y aceptada. Nos hemos sometido, bajamos la cabeza, damos la espalda, nos arrodillamos, nos escondemos impasibles. Aceptamos su voluntad con temor, por omisión e ignorancia. Nos hacemos de lado para que pasen, rogamos para que no nos miren y si lo hacen que nuestro semblante no delate ofensa, para así evitar ser castigados por la insolencia de existir. Los piratas han hecho de nosotros animales domésticos, perritos falderos, gatitos indefensos.
 Nos rendimos a su picardía, a sus embustes, les rendimos pleitesía, creemos sus mentiras, dejamos que nos llenen el cerebro de mezquindad y despropósito, que nos despojen de nuestras ideas y nos implanten las suyas, les permitimos que determinen nuestro futuro, mientras miramos para otra parte, mientras nos distraemos con telenovelas o partidos de fútbol, mientras emulamos los falsos ídolos de la farándula. Aceptamos su educación mediocre que nos transforma en ciudadanos mediocres, carentes de autonomía, superficiales, indiferentes, intolerantes, ignorantes de la dimensión de los actos canallas de los corsarios, los cuales acogemos con cansada resignación, como el tigre que acepta su destino de atracción de circo o el extraviado que claudica en la selva porque nadie le enseñó a descubrir la fórmula para leer la brújula que pende de su llavero. A los ciudadanos nos han hecho rebaño manso y confundido, temeroso y tembloroso, un rebaño mal informado, apático y desesperanzado es un rebaño ideal para los filibusteros, porque la indiferencia de millones es beneficio de las élites piratas. Ver por un solo ojo es suficiente para un pirata de cuello blanco y corbata de seda, para ser rey de una multitud de viscos. 
Hace tanto que están aquí, que ya no son extraños, ni amenazantes, nos han captado para sus filas piratas, los emulamos, copiamos sus malas artes, justificamos su presencia, incluso la agradecemos. Queremos ser filibusteros, comulgar con su credo corrupto, sonreír y mostrar los colmillos manchados, estamos dispuestos a darnos de codazos, a desencajarle la mandíbula a nuestro enemigo para también ser parte la cofradía pirata. !al demonio la democracia, yo quiero ser pirata! grita un aspirante y la multitud visca corea su nombre, lo colma de aplausos, le toma fotos, se desmaya, acepta, asiente, le confiere la verdad, le permite fecundar su cabeza con sus ideas por absurdas que sean, aunque no tengan sentido, aunque atenten contra su inteligencia, que poco a poco se disuelve hasta desaparecer y con ella se desvanece el individuo, del ser que piensa y reflexiona queda un vacío que se va llenando de fanatismo, irracionalidad, de consumismo y brevedad.
Los piratas que nacieron piratas se mantienen en la sombra, como las tarántulas que tienden la trampa y se esconden a esperar la llegada de los incautos o de los atrevidos que llegan a retar su dominio. A unos los usan para su empresa pirata y cuando se cansan los despachan, con los otros, con los intrépidos, se entretienen, dejándolos creer que pueden derrotar el régimen bucanero. Los dejan jugar a ser líderes, los hacen pensar que tienen voz y que esa voz tiene algún tipo de valor.  Juegan con ellos, como el domador con el tigre, al punto de convencerse que es él quien tiene el poder con su ridículo látigo, pero llega un día en el que el tigre se aburre de la farsa y acaba el juego con un zarpazo. Porque, así este domesticado, tigre es tigre. El día que esta sociedad recuerde que somos nosotros y no ellos, ese día se acaban los piratas, se acaban los domadores.  


 Juan Ladrón de Guevara Parra






19 nov 2013

Colombia's peace treaty, from a historical perspective

For most part of its history, Colombia has endured an endless political and economic conflict. Early on it was evident that no one knew what to do with the new born country. Some of the founding fathers wanted a federal model, others a republican one, some wanted a constitution similar to the one France has, some wanted to copy the United States constitution. Unable to decide, civil war ignited, and from that point on being at war with ourselves became a tragic aspect of our cultural identity.
Every generation, since the republic was born, some two hundred and two years ago, has had some political conflict shadowing its life. To the numerous civil wars that preceded the final draft of the constitution that ruled the country from 1886 to 1991 and ultimately defined the two mayor political parties, liberals and conservatives, one important conflict can be identify as the one who defined Colombian political conflicts: the thousand day’s war. With this political war Colombia finished the XIX century and began the XX century. Its wounds have managed to remain open, as if they were roots from a colossal tree.
It was at this war where the concepts of guerrillas first emerged as a way to attack the government forces, whether it was a conservative or liberal one.  War became the only tool to show disagreement and discontent, but also a way to survive political prosecution.
By the forties the political tensions between the two traditional parties were at their historical high, to the point where almost every Colombian family, especially the ones that come from rural areas has a horror story regarding those tragic years. Millions of people had to leave, and still do, their homes and towns to save their life. They all lost somebody to this war without trenches. All you need to die in those days was to wear a blue shirt on a liberal town or a red tie on a conservative one.   
The turning point for the worse for this perpetual political violence can be trace back to the hour. It was midday on April 8th 1948. Jorge Eliecer Gaitán was the liberal party official presidential candidate and most likely the next president of the country. As he was leaving his office building in downtown Bogotá to have lunch with some of his closest friends, a disturbed and possibly manipulated individual shot him several times. As he had predicted few days before, when the threats against his life were at their pick, his death burned the country for over fifty years.
Downtown Bogotá became a battle field. Many of its republican buildings became ashes and thousands of its inhabitants perished. Colombia would not be the same after el Bogotazo, as this sad event came to be known.
The sixties and seventies were not only a time of hippies and promises of peace and love, were also a time of revolt. Inspired by the Cuban revolution of 1958 many Colombian youths from different socio economical and educational backgrounds began to explore communism and socialism as means to change the political context of the country. Many sons and daughters of the middle and even upper class joined the ranks of the scatter guerilla groups that were born at The Violence period or created new movements to fight against the state regardless of the political inclination of the government. It did not matter whether the government was liberal or conservative as it did before. For the guerillas, both parties represented the same ideals and therefore were considered the same evil.
At the same time these new politically motivated movements began to grow and eventually become clandestine, a new generation of criminals stared to arise as narcotics became fashionable and highly profitable.  The dawn of a new kind of war showed Colombia a different face of violence.    
On one hand, Colombia’s political status quo was determined not to allow communism or socialism to permeate in any way the country and so another chapter of politically motivated violence erupted by the eighties. On the other, drug lords began to grow increasingly notorious and violent. How can we forget the horrific work of the infamous Escobar?
 From small groups of liberal country man fighting at different regions of the country in a diversity of scattered battles on the frame of an endless political civil war, the guerillas by the end of the twentieth century were becoming massive organized armies, well-articulated in guerrilla warfare. Soon enough these organizations lost their political perspective and socialist ideals and became something else. Kidnaping, extortion, mine fields, recruitment by force of children, narcotics and so on became ways to feed the insatiable war apparatus.
At the same time, an important number of cattle farmers grew tired of paying extortions and being killed or kidnap by the guerillas, as well as the lack of protection from the government, and created a cure, that turn out to be worse than the disease, paramilitary armies.
By the nineties Colombia was immerse in a devastating cycle of violence. Terrorist attacks at malls and airplanes, military and governmental buildings, selective assassinations of politicians, journalist, judges, ministers, presidential candidates, policemen, were Escobar’s strategy to force the government to accept his terms and void the extradition treaty with the United States. While Escobar’s war was focused on most mayor cities, especially Bogotá and Medellín, the guerilla and the paramilitary armies destroyed the countryside, while the government looked the other way, and in some cases provided logistical information to help the paramilitaries.
While the violence from Escobar ended when he got shot at the roof top of his hideout, the horrific violence unleashed by both irregular armies continued to inflict enormous amounts of suffering and displacement at Colombia’s countryside. Hundreds of villages and small towns were destroyed, burn to the ground or abandoned. Hundreds of thousands of acres were usurped by the paramilitary from their rightful owners. Hundreds of thousands if not millions of victims seek justice, employment, health coverage. For them, minimum civil and human rights are seen as a commodity.
Despite the overwhelming and heart breaking amount of information regarding recent Colombian history, where the number of victims of different kinds of violence rises above millions, despite all the evidence that indicates that not only the guerillas, paramilitaries and drug cartels have contributed to increase these numbers, but also that members of the army and police have been involved in criminal acts against civilians, most Colombians do no care. Most Colombians rather ignore the conflict and its implications in who we are as a nation, than to embrace the tools to make it stop. 
When the government made it official that it was going to pursue peace dialogues with the FARC guerilla, the country was mostly indifferent, pessimistic or skeptical, when not enraged with a position that some right wing enthusiast considered to be naïve, when not a sign of weakness.
More than a year has gone by and the dialogues keep on going despite the general perception that they will fail at any given minute. A hope that it is disturbing and contradictory, as if ceasing the endless and heartless violence that has defined us for the last two centuries was not something worth dreaming about.          

Juan Ladrón de Guevara Parra

28 ago 2013

Colombia se quema, se quema Colombia



Los rostros manchados de sol, las manos talladas, surcadas por huellas profundas. Son hombres y mujeres, jóvenes, adultos, entrados en canas. Gente de azadón y machete, de sombrero, de botas de caucho, de ruana. Van a misa y celebran con desparpajo los días de mercado o de fiestas patronales. Son como árboles, de raíces profundas, aferradas a la tierra, a tierra negra y húmeda, fértil y recia. Su credo es el trabajo, el que comienza antes que canten los gallos y que no se acaba nunca. Su labor no sabe de pausas activas, ni cultura organizacional, ni de sindicatos, ni de juntas directivas. No son gerentes, ni coordinadores, no son ejecutivos, ni gente de vestido completo y pelo engominado.
Ellos saben resistir sin palidecer, lo que a la mayoría nos resulta extenuante. Conocen las dinámicas secretas de la naturaleza, saben leer bien sus acertijos. No les da miedo ensuciarse las manos, ni sudar, saben de veterinaria sin haber pisado una facultad, conocen la tierra tan bien como cada línea de sus manos, sin haberse matriculado en agronomía, pueden construir una casa, sin necesidad de un título de arquitectura. 

Son genuinos, horizontales o transversales. La suya es una belleza de este mundo, sin photo shop, sin abdominales o implantes, sin silicona, tintes, afeites, sonrisa perfecta. No saben cuál es la última tendencia en moda, lo de ellos es el refrán, la sabiduría popular, la astucia para los negocios, son amables, callados, inmersos en lo suyo, no les da miedo el trueno, ni el rayo de sol, ni la ventisca, no son de usar protector, ni de manicure y aunque se vistan de lana, no son ovejas, ni porque toman leche son rebaño.

Colombia es, desde la cuna, un país rural, agropecuario, agro descendiente. La mayoría de los colombianos vienen de una familia campesina, han sido criados con agua de panela, con leche recién ordeñada, se han alimentado con papa y arroz, saben que es un tamal, un mute, un ajiaco, una changua, han comido alguna vez gallina, toman café por la mañana y después de almuerzo. Colombia es un país hecho de campo, verde de pies a cabeza, con todo tipo de pisos térmicos que lo proveen con gran variedad de vegetales, granos, cereales, frutas.  ¿Entonces?

Priman los intereses de unos pocos sobre los derechos de millones, prima la ideología oportunista de políticos mediocres sobre el bienestar de la mayoría, prima la mezquindad sobre la equidad, la violencia sobre el diálogo, el engaño sobre lo justo, la corrupción sobre la decencia.
Con esa lista de prioridades Colombia nació fracturada y cada día se quiebra más, la grieta se hace abismo, se deforesta, se vuelve desierto, campo minado en lugar de campo sembrado. Hemos estado peleados con nosotros mismos, país adolecente, inquieto y dramático, emocional y desquiciado. El grito de libertad, fue también uno de guerra y entonces el conflicto se hizo médula y corazón. Amanecimos a la independencia prematuros, por error y desde entonces seguimos torciéndonos, cosechando agrias guerras fratricidas, cuyo escenario fue y es el campo.

Es precisamente por ese campo, el fecundo, no el minado, por el que lucharon los soldados campesinos que cruzaron la tórrida geografía andina, los que lucharon con picas, descalzos, exponiendo la piel, liderando la vanguardia contra cañones y fusiles, sables y lanzas españolas. No lo hicieron por las estatuas, ni por los poemas, tampoco por la gloria y la inmortalidad, sus nombres no fueron dignos de nombrar departamentos, regiones, ciudades, parques, plazas o escuelas, no se les ofrecieron desfiles, ni bailes, ni se les compusieron canciones, son los extras de la leyenda. A ellos y ellas no se les rinden honores militares, ni les izan banderas en los días patrios, ni son nombrados en los discursos de los políticos plaga de hoy. Nunca les reconocieron sus méritos, su sacrificio. Todo lo opuesto, los robaron, los sometieron, los engañaron.

Pero ahí estaban, ellos fueron el músculo de la libertad, sus verdaderos hijos, porque la sufrieron sin grandes pretensiones, sin aspiraciones de inmortalidad o de heroicidad, amaron la libertad y murieron por ella para sus hijos y los hijos de ellos, que somos todos. Sangraron porque creyeron en un mejor futuro, sin señores, ni capataces, sin látigos, ni insultos y humillaciones, pelearon las batallas más feroces por tener una parcela de tierra, por el derecho a cultivarla, a sudarla, a recoger la cosecha para alimentar a su prole y de paso al país entero. A eso aspiraban entonces y a esta hora. No querían medallas, ni honores, porque de eso no se alimenta una familia, esos adornos de latón, esas palabras huecas son pura parafernalia. 

Entonces, después de las campañas, de las malas hambres y con la piel labrada por el frío fueron traicionados, engañados, por los mismos criollos ilustrados a quienes siguieron y obedecieron, por esos pintorescos adalides de la libertad y los derechos del hombre, que no los consideraban como tales, que los usaron, para luego despreciarlos, cuántos de estos hombres y mujeres perecieron por darles la fama a estos infames, que solo predicaban la libertad, la igualdad y la fraternidad, como los loros que repiten lo que oyen sin entender el sentido de las palabras. Cientos de miles, millones. Ese engaño, ese desprecio, ese acto pedante siembra al país infante en sangre y fuego,  

Hoy sigue quemándose el campo colombiano, los herederos de esos valientes, que llevan en su rostro y en sus manos el legado de esos hombres y mujeres que nos hicieron libres, reclaman indignados para que el gobierno, el estado ingrato y despreciativo, mentiroso y traidor, astuto y malicioso, los respete, para que los mire a los ojos y no les dé la espalda, para que deje la mezquindad que los tiene al límite de la ruina, la desesperanza y la violencia. Protestan para que el gobierno no insulte su inteligencia, ni sus derechos, exigen que el estado cumpla con su deber, con el mandado que le fue entregado, demandan para que se detenga la “locomotora de la prosperidad” que no ha hecho más que darle el golpe de gracia al campo, esperan que el gobierno por primera vez, cumpla con su deber, que deje de engañar y mentir, robar y destruir, quieren que se detenga la barbarie, que el que gobierna lo haga para los colombianos que son millones y no para complacer a tres o cuatro países desarrollados, con la esperanza insulsa de ser tratado como igual. Quieren que este país se reconozca campesino y que los que gobiernan dejen de aparentar, de tratar de quedar bien a costa de condenarnos a todos a la miseria, quieren que sea consecuente, que si habla de paz con unos, que no muela a palo y balas a otros, quieren realidades, hechos, acciones y no discursos, promesas, mentiras. 

Quieren que su voz se escuche por encima del barullo y el grito de los oportunistas profesionales, que siendo culpables y cómplices, ahora quieren pescar en río revuelto. No saben cómo protegerse de los infiltrados cobardes que tiñen su protesta real, legitima, con incendios, asonadas, cocteles molotov e información tergiversada y tendenciosa. Son agitadores de oficio pagados con dineros turbios que saben a políticos plaga, a intereses derechos e izquierdos, de camuflado y bota de caucho, de diente de oro y corrido narco, a verde oliva y botas de dotación, a gente adicta al crimen y la ignorancia que no desaprovecha oportunidad para alimentar su fechoría. Pero ellos se mantienen dignos, férreos como sus antepasados y muchos nos solidarizamos con su causa, que debe ser nuestra, que debe ser de todos los que nacimos en este lado del continente, al sur de Estados Unidos.

Pero no es así, porque mientras Colombia arde, se manifiesta, se indigna, es reprimida a punta de cachiporras, gas lacrimógeno, balas, patadas y puños, mientras se desperdician toneladas de comida, los colombianos clase alta y media, de ciudad, de vestido completo y ropa de marca, el colombiano del teléfono inteligente, el de Facebook y Twitter, que consume televisión barata, que se emborracha cada fin de semana, el que se preocupa de la farándula y se siente orgulloso de la selección Colombia, el que opina sin saber y juzga por placer se emociona porque Starbucks anuncia que va a abrir cafés en Colombia.

                                                                                                                 Juan Ladrón de Guevara Parra

4 jun 2013

Los tiempos del ruido



¿Qué ruido es este que alborota el aire diario? ¿De dónde proviene este temblor de huesos, este nudo en la garganta, esta angustia que altera el pulso cotidiano? ¿Cuál es el origen de este olor rancio que nos contamina los pasos? ¿Qué hace que vivamos con el puño engatillado y la lengua dispuesta a la palabra brava? ¿Por qué prima el gesto despectivo y desafiante, sobre la decencia y el buen trato? ¿Qué hace que en una ciudad de millones, cada uno viva convencido que está solo?


Estamos tan absortos en nosotros mismos, en lo nuestro, en lo únicos que somos, que se nos olvida que somos comunidad. Que lo que hace uno afecta a otro, somos un efecto Domino. La sociedad se ha ido fragmentando de forma desenfrenada, desordenada, dislocada. Es un árbol torcido, que se marchita.


Esa sensación de comunidad con el desarrollo de la ciudad se fue extraviando. Los barrios ahora son conjuntos residenciales o edificios, colmenas sin identidad. Cada persona ahora es un número, no un apellido. Son los del 202, el 503, el 601, no los Pérez, los Ruiz, los Castro o los Morales. Antes las personas se encontraban en el parque o en la iglesia o mientras regaban el jardín y otros paseaban el perro. Se saludaban con un gesto cordial, quitándose el sombrero o sonriendo. No tenían que ser amigos, ni conocidos. Ahora nadie se mira, nadie se saluda o si lo hacen es entre – dientes, con molestia o temor. 


Cada individuo es absoluto, único, y eso, que en otro momento de la historia fue un logro formidable, es ahora, en su estado más extremo, un problema social. Esta situación, se mezcla con otros aspectos que la agudizan. Si en otro momento, la sociedad disponía de instituciones que la regulaban (iglesia, gobierno, etc) ahora, si bien esas instituciones persisten, su impacto se ha deteriorado drásticamente en el conjunto de la sociedad. El derrumbe de la omnisciente presencia de la iglesia católica ante la avalancha de sectas seudo – cristianas, sumado a los penosos escándalos por pedofilia y corrupción han hecho que esa institución sea hoy una ruina. No es que estos hechos sean nuevos, siempre la iglesia los ha padecido, solo que antes nadie se habría atrevido a denunciarlos, a publicitarlos. Esto mismo ha ocurrido con las instituciones del estado. La corrupción desbordada, los políticos que las habitan vendidos al mejor postor, defendiendo intereses que benefician a un puñado de oportunistas, en contravía del bien común, sus mentiras, sus manipulaciones vulgares, su falta de decoro, honestidad, inteligencia han hecho que el grueso de la sociedad repudie a las instituciones del estado. Las cuales, no cumplen con su función elemental, representar y defender los derechos de la sociedad democrática. La política es ahora sinónimo de vulgaridad, es un concepto degradado a la categoría de insulto. 


Este fenómeno se repite en las fuerzas del orden. Las familias antes, y puede que aún ahora, se enorgullecían de tener a un militar o a un policía entre los suyos, ya que pertenecer a estas instituciones estaba asociado a las mejores cualidades de un individuo, porque supuestamente solo los mejores miembros de la sociedad eran llamados a sus filas. Pero los abusos de autoridad, su intolerancia, su ineptitud, su tendencia a la corrupción, las sociedades con criminales, el manto de impunidad que cubre sus acciones más polémicas, han hecho que estas instituciones sean vistas con recelo por buena parte de la sociedad.


Si las instancias que en teoría salvaguardan a la sociedad, la protegen, regulan y orientan pierden su carga simbólica, su estatus, su peso moral, todo se quiebra. Si los referentes son nocivos, si representan los peores vicios de la condición humana, el efecto para la sociedad es precisamente ese, negativo. Lo cual afecta la forma como los miembros de esa comunidad se relacionan con esas instituciones, así como con su entorno inmediato.


En ese sentido, la frustración, la desazón, la decepción son verbo vivo, rutina, marca de fuego en la vértebra de las personas. Condiciona, obnubila, crea desenfrenos y rabia, depresión, confusión. Lo que antes funcionaba, lo que le funcionó a los abuelos, ahora no existe. No hay reglas, no hay promesas cumplidas, caminos señalados. Antes usted conseguía trabajo y se retiraba del mismo trabajo o por lo menos eso cabía dentro de las posibilidades, y en ese lapso se casaba, tenía hijos y lograba, si la suerte estaba de su lado, tener una casa propia, en la cual estaría hasta el final. Usted sabía que luego de años de esfuerzos, madrugadas, sacrificios varios iba a tener una pensión que le permitiera vivir dignamente. De tal manera que había una meta, una certeza, un propósito.


Hoy no, hoy no hay certezas, ni garantías, gravitamos, o caemos lentamente, imperceptiblemente hacia el vacío. Existe hoy y quizá mañana, pero más allá, solo hay incertidumbre. Es tal el peso de esa ausencia, que afecta el aire, porque la vida se hace trámite, tedio. Los jóvenes, los realmente jóvenes nacen y crecen con esa desazón, con ese tedio enturbiándoles la sangre. ¿Para qué? Parecen preguntarnos cada vez que les indicamos que deben prepararse, que deben ser responsables, aplicados. Ante nuestras mejores intenciones, ellos reaccionan con un gesto despectivo, grosero o arrogante. Y lo hacen por una sencilla razón, porque no ven futuro. Si las cosas están mal ahora, solo van a estar peor después, ¿entonces para qué esforzarnos? Responden con un gesto apático.


Si el futuro crece sin normas, sin referentes, sin garantías, ni alicientes, sin confianza en nada, ni nadie, si ven a sus padres doblegados por el peso de la inconformidad, la decepción, la desazón ¿cómo les podemos exigir otra actitud?, ¿cómo la sociedad les puede demandar continuar el legado que ha fracasado? 


Y es que estos jóvenes decepcionados y desorientados, no son los mismos jóvenes que al morir la década del sesenta incendiaron el orden de las cosas. Aquellos movimientos que comenzaron cuando el siglo era nuevo y que vieron su máxima expresión en esa década, se fueron mezclando con lo establecido hasta hacerse parte de lo mismo que criticaron. El caos, la anarquía social, el fin del “estatus quo” que tanto promulgaron los movimientos de las vanguardias fracasó con estrépito. 

La sociedad no supo qué hacer con lo obtenido, no supo encausarlo, manejarlo, protegerlo, desarrollarlo. Se segmentó al extremo, lo abarcó todo y terminó siendo nada. El desenfreno se ha impuesto, no producto de la reflexión ideológica o como un grito contra una sociedad rígida, sino como resultado del vacío, de la desesperanza y la decepción. Las personas no creen en valores, sino en marcas y estílos. Nos orientan las tendencias de la moda, la tecnología o la farándula, no la política, porque esta se fundamenta en la sociedad y la sociedad está en extinción, tampoco la religión porque se ha hecho nido de perversiones y corrupción, cuando no intolerancia y ostracismo. Todo lo hecho en cientos, sino miles de años de desarrollo humano, nos deshumanizó. Estamos entonces en una época de transición hacia una nueva forma de relacionarnos y como todo proceso de cambio, todo es confuso, turbio. Habrá que esperar entonces a que se asiente el polvo del derrumbe y ver que nos deparan sus vestigios.    

                                                                                                 Juan Ladrón de Guevara

8 abr 2013

Noticias de Barrio



Las noticias nos desbocan. Cada segundo cientos de cosas en el planeta se transforman, culminan, inician, se descubren, se revelan. Hay graves escándalos financieros, serias violaciones a los derechos humanos, guerras civiles, protestas, recortes a la salud, la cultura, la educación. Millones de personas, como usted y como yo, pierden los ahorros de toda su vida en un pestañeo, para luego ser desalojados por policías y perros rabiosos como si fueran criminales. Hay xenofobia y racismo, existe el tráfico de influencias, de narcóticos, de armas, de mujeres, de niños. Hay violaciones, masacres, asesinatos, accidentes, ocurren terremotos, maremotos, caen meteoritos, hay inundaciones, desplazados, víctimas. La injusticia se reproduce como solo saben hacerlo los mosquitos y los ratones. Hay abusos de autoridad, casos de corrupción, robos a mano armada y de cuello blanco.
Es un mundo revuelto, vertiginoso. Los hechos se suceden sin respiro, algunos trascendentes con serias implicaciones, que sin embargo, son presentados de manera frívola, sin ofrecer al público un análisis profundo y serio.  Esos temas son filtrados, descuartizados en tres párrafos mal escritos o son apenas mencionados en los noticieros. Son una anécdota, una curiosidad, cuando no un chiste flojo. Día tras día nos han convencido que generar debate, cuestionar al gobierno o al estatus quo, denunciar, analizar críticamente, no vende, no es interesante, no tiene ningún propósito, no cumple ninguna función, cuando no es considerada una actividad subversiva, antipatriota o negativa.
Entonces al ver o leer noticias nos encontramos con la visión fútil y vulgar del hecho, cuando este no está monstruosamente tergiversado. La tendencia de muchos espacios noticiosos es enfocarse en lo minúsculo, en el hecho sangriento o escandaloso, en el morbo o la simpleza. Pero sobre todo en el chisme, en el parloteo superficial. En otorgarle una transcendencia inmerecida a hechos triviales. Señalo dos ejemplos de esto.
El nacimiento del primogénito de Shakira paralizó los espacios de noticias en Colombia. Los noticieros tenían a sus corresponsales alertas y la totalidad de la emisión estuvo destinada a cubrir el evento. Al día siguiente en uno de los periódicos más importantes apareció un artículo reportando que después del nacimiento de Milán, no recuerdo cuantos otros bebés fueron bautizados igual. Una noticia, sin duda, de vital importancia.
Otro ejemplo de lo anterior surgió con la elección del primer Papa latinoamericano en la historia, este hecho que fue analizado desde diferentes perspectivas por diversos medios extranjeros y uno que otro articulista colombiano, arrojó un dato desconcertante. En Colombia, tituló el mismo periódico del ejemplo anterior, hay cerca de cincuenta mil colombianos que llevan por nombre Francisco. Otro hecho de indescriptibles dimensiones.
Hubo una época en la que primaban espacios periodísticos que se concentraban en generar discusión, en confrontar la realidad turbulenta e irreal que nos define con rigor, profesionalismo, objetividad e incluso con humor, aún, hay que ser justos, persisten algunos ejemplos de lo que debe ser el ejercicio periodístico, pero son especies en vías de extinción, que habitan especialmente en la radio y la prensa escrita, pero que son casi inexistentes en la televisión.
Se ha hecho norma que la prensa, en especial la televisiva se concentre en aproximarse a las noticias desde lo anecdótico, lo curioso, lo extravagante, lo superficial y lo amarillista. La tendencia no es la de analizar la noticia, sino la de manipularla, alivianarla. Si hay una manifestación, las noticias se concentran en presentar imágenes de los desórdenes o los actos de violencia, indicando de esta manera que todos aquellos que protestan, sean las causas que sean, son personas violentas, agresivas que deben ser controladas por la fuerza. Con esta óptica se neutraliza la simpatía o solidaridad del grueso de la población y se da al traste con el sentido de la protesta como derecho ciudadano. Implícitamente el mensaje es claro, todo aquello que atente contra el orden establecido es reprochable, censurable.
Dos ejemplos de esto. El año pasado, las comunidades indígenas del Cauca, una región colombiana que ha sufrido el embate permanente de la guerra entre los diferentes actores bélicos, se rebelaron contra la presencia de los grupos armados, legales e ilegales que en sus territorios los han venido persiguiendo, asesinando, desapareciendo, empobreciendo desde hace más de cincuenta años. La guardia indígena se dispuso a expulsarlos de su territorio, lo cual produjo revueltas, agresiones de ambos lados, irrespetos, desmanes, insultos. Su protesta, su exigencia por vivir en paz, su solicitud de ser excluidos del conflicto se sintetizó por la prensa en una imagen que apelaba a la emoción. La guardia indígena indignada expulsó a un soldado de la base militar que se encontraba en la región, en la imagen se ve a un soldado en cuyo rostro se dibuja la mueca de la impotencia y la rabia que acompañan la humillación. El soldado lloró. Esta instantánea fue suficiente para sesgar la protesta, para deslegitimizarla ante los televidentes. Los indígenas, o los indios, como se los llama de forma denigrante, fueron estigmatizados. Fueron tímidos los análisis que explicaban el contexto de guerra, de maltrato, de marginalización permanente que han sufrido estas comunidades desde la época colonial. Su protesta legítima, angustiosa, extrema, fue calificada por los medios y por lo tanto por el gran público como subversiva, cuando no terrorista o criminal. Los sectores más retardatarios e intolerantes, los acusaron de mancillar el honor militar, lo cual contagió a la gran masa social y obnubilada que de inmediato y sin conocer de fondo la problemática formuló su juicio y por supuesto su condena.
Otro ejemplo de esta parcialización se reflejó en el todavía fresco paro cafetero. La falta de políticas serias desde diferentes sectores, ha hecho del café colombiano un producto en ruinas. Los caficultores pequeños viven en condiciones deplorables, aplastados económica y socialmente por una maquinaria corrupta e inepta que solo favorece a los productores grandes. Este hecho los llevó a sublevarse, a bloquear vías, a exigir respuestas. El gobierno primero se indignó, luego amenazó y acusó, después dio explicaciones, contrarrestó la negligencia con cifras, prometió ayudas mientras desplazaba a los anti motines con sus corazas. Hablaban de negociación y dialogo, mientras los policías fortificados disparaban gases lacrimógenos y balazos. Reprimían a campesinos, ancianos, niños, mujeres con tesón de templarios. Pero de eso los medios no hablaron, no mostraron nada. Lo que el espectador corriente veía era a unos desadaptados agrediendo a las fuerzas del orden, promoviendo la violencia como único argumento o entorpeciendo la buena imagen del país ante el mundo. La prensa insidiosa habló de infiltración de la guerrilla y con eso la causa de los cafeteros se fue al despeñadero de la opinión pública. No eran personas honestas y trabajadoras buscando revindicar su derecho a vivir dignamente, eran criminales peligrosos, saboteadores, bandoleros. No hubo análisis, ni contexto, la óptica estaba nublada por una viscosa mancha amarilla. De tal manera que el que ve las noticias mientras almuerza o cena solo ve a unos revoltosos que se levantaron con ganas de molestar, de incomodar, de hacernos ver mal.
Esto cuando surgen noticias vigorosas, de alto impacto, inocultables. Pero hay otros casos en que dependiendo de los protagonistas el asunto pasa desapercibido o con mínima exposición. Si el protagonista de la acusación no es parte del estatus quo, es un opositor del gobernante de turno, una piedra en el zapato de los influyentes,  los medios se vuelcan sobre el personaje como la jauría ante una presa derrotada. Se filtran videos, documentos, declaraciones, escarban en su basura y sus nombres salen asociados con escandalosos titulares todos los días, a cada hora. Pero si el sospechoso es de alto rango, de los que pagan la pauta, la omisión es reina y difícilmente se menciona el asunto, incluso se hace una defensa, a veces sutil o descarada, del personaje y la noticia se filtra por lo bajo, justo antes de los comerciales o de la sección de entretenimiento o la de deportes, con eso el espectador se distrae, se olvida del asunto o no lo considera serio o verídico. La lógica del televidente dicta que si la noticia no hace parte de los titulares o no es con la que abre el noticiero entonces no es verdaderamente importante.  
Un ejemplo de esto fue el anterior gobierno. En esos años absurdos y canallas era frecuente ver como los medios de comunicación tradicionales, se esmeraban con cinismo por ocultar o disimular los gruesos casos de corrupción que parecían aflorar cada semana. Se hizo evidente  que los medios de mayor tradición e influencia estaban comprometidos con el gobierno. Sus editoriales estaban plagados de sus defensores y las noticias solo ofrecían una perspectiva, perversamente sesgada en la mayoría de los casos. Por fortuna hubo sectores en los medios que se resistieron a ser cómplices y asumieron un papel combativo e incluso arriesgado. Era frecuente ver la vehemencia con que los actos de corrupción o de violación de los derechos humanos, eran ocultados, desestimados, cuando no omitidos de la agenda informativa. Las voces de estos hombres y mujeres han hecho posible que los abusos y crímenes de ese periodo no se hayan diluido en la esquiva memoria nacional.
Sin embargo, esta tendencia por volver las noticias superficiales, por centrarse en lo intrascendente dejando de lado el análisis se mantiene e incluso parece fortalecerse, lo cual tiene un impacto nocivo para una sociedad en formación, ya que le arrebata la posibilidad de pensar críticamente, la condena a ser incompleta, manipulable, carente de conciencia histórica, competencias ciudadanas, valores éticos. Piedras angulares que definen nuestro rezago como país. 

Juan Ladrón de Guevara