14 sept 2012

De los nombres de Dios



Dios es una palabra que se transforma, a veces compacta otras diseminada. Dios es muchas cosas, todo dirán muchos. Dios es una respuesta íntima y secreta, una excusa, una vía para relacionarnos con el mundo y sus misterios. Lo ha sido desde la oscuridad tenebrosa de los tiempos, lo es ahora. Es una idea, un concepto, una teoría, es fe, es resignación y castigo, pero también dulzura y pasión, es una palabra prohibida en ciertos contextos y reverenciada en otros. Dios es barrera o autopista, es la Torah, el Corán, La biblia, es la catedral, la sinagoga y la mezquita, la poesía del Al Andaluz y de Santa Teresa de Jesús, y de los Sufi. Es los cuadros de Velázquez, El Greco, Caravaggio, Miguel Ángel.  
Dios es un código secreto, con millones de rostros y voces que se combinan en millones de variables infinitas. Dios enseña, pero también engaña, ama pero también odia, exige y da, es multiusos y multipropósito. Es ritual, es símbolo y signo, es devoción y enigma. Dios es lo que cada uno quiere que sea o necesita que sea.
En esa medida su nombre, que es innombrable y secreto ha sido espada, pica, catapulta, escudo, ha sido fuego y sangre, destrucción y crueldad, pero también excusa, puente, camino, vaso comunicante con lo desconocido. Gravitaba su nombre entre los caballeros templarios cuando entraban en batalla, como también gravitaba en el corte limpio de las cimitarras musulmanas. Estaba en los labios de Caifás cuando se rumora que condenó al Cristo, chisme que desde hace más de dos mil años sentenció a los judíos a la diáspora, a la persecución, a la expulsión de la España católica, a los hornos cruentos de Auschwitz. Bajo su nombre grecorromano se sentenció a los cristianos al foso de los leones y así mismo, los asesinos del obispo Óscar Romero en el Salvador lo usaron antes de ultimar al prelado en pleno sermón. Fue pronunciado en secreto o a gritos por los pilotos yihadistas del 11 de septiembre de 2001 y así mismo por sus víctimas como último consuelo.  Lo usan los sionistas cuando reprimen, humillan, torturan y asesinan a los palestinos, así como éstos lo pronuncian cuando se inmolan en Jerusalén o Tel Aviv.
Es el mismo Dios al que los indígenas de América ofrecían el corazón de sus prisioneros, y el mismo al cual los budistas buscan en el nirvana o los hinduistas en el dharma. Ese dios que oprime, que arrodilla, que eleva o sepulta, que abre los ojos o los cierra, el que guía y el que extravía, el que rebosa compasión y el que discrimina con la intolerancia. Es el mismo que ofrece el paraíso, ya sea por vía de átomos volando o a través del espinoso camino de la piedad y la sumisión.
Dios de cristianos, musulmanes, judíos, hinduistas, musulmanes, católicos, evangélicos, protestantes, pentecostales, krishnas, budistas, dios del pobre y del rico, del arzobispo y el carnicero, del presidente y los ministros, del portero y del camionero, de la reina y de la mucama, del pastor y del papa, del mentiroso y el embaucador, pero también del policía y del ladrón, del promiscuo y del fiel. Dios del cobarde y del racista, del corrupto y del asesino, del sabio y del ignorante, del culto y del vulgar.
 Dios minúsculo y rudo, hecho de piedra o tallado en forma de visón o Dios de catedral barroca o basílica medieval. Dios de humilde pesebre o Dios de inmaculado Mercedes Benz, tu nombre es vano, efímero y común, se ha manchado, usado y profanado, es hueco y vulgar porque ha extraviado su don más preciado, su espiritualidad.             

16 ago 2012

ESCRIBIR

Escribir escándalos, puños contra el lector incauto y poluto, palabras que crispen el espinazo, vulgares, cochambrosas, que produzcan censura y reprobación. Palabras desmesuradas, que estallen como petardos en la conciencia, que los dejen ciegos, con los ojos morados, insultados, ofendidos.

Escribir sin ataduras, ni mordazas, sin reglas, sin brújulas, escribir con las vísceras, como me venga en gana, sin disciplina, ni oficio, escribir con los dientes, con las uñas sucias, despelucado y oloroso. Escribir bestialidades que produzcan abucheos y confusiones, rechazos, bochornos, palideces, escribir por que sí, sin horarios, ni prejuicios, sin frases célebres de autores muertos o en camino a estar muertos, escribir sin gloria, ni honor, ni vanidad, desnudo y tiritando de frío o sudando, ardiendo.

Escribir sin cronograma, borracho, cuerdo, somnoliento, hambriento, lúcido o alucinado, gruñendo, escribir a lo caníbal o a lo bufón, escribir sin escribir, escribir sin pensar, sin miedo, con arrojo, con los ojos cerrados y la mandíbula apretada, escribir con el vaho de la ducha, en el aire, en la palma de la mano, en el cuerpo desnudo de una mujer, en su sexo con una pluma o en sus senos con la lengua, escribir lo invisible y lo evidente, con metáforas o a quemarropa, sin anestesia, con crueldad de piraña, escribir en pasado, en el pasivo o el subjuntivo, en activo, en secreto, escribir a futuro, en la mañana o al medio día, mientras mastico. Escribir con ínfulas de don nadie, con un puro en una mano y un whiskey en la otra, o con aguardiente o veneno, que es lo mismo.

Escribir para no publicar, escribir en secreto, escribir para esconder, para volver a escribir, para tachar y botar a la basura o quemar en el cenicero, escribir fumando o jadeando enroscado entre las piernas de una mujer, escribir con sangre y semen, con tinta China o con un pedazo de carbón, ESCRIBIR EN MAYÚSCULAS, GRITANDOLE A LA PUTA PÁGINA EN BLANCO o escribir en minusculitas púdicas y virginales, escribir en la pared, en un espejo, con una navaja, de píe o acostado, sentado o arrodillado, en el piso, en el baño, en la cocina, en la sala o la oficina.

Escribir con desparpajo, con rabia o tristeza, o tedio, con escalofríos y sudores, para inspirar o para espiar culpas, para frenar a los atrevidos u ofender a los enemigos, escribir latigazos que dejen una mancha sangrante en el lector pedante, escribir para cultivar pesadillas, para sacudirse el estiércol, el polvo y el barro, escribir para retar a duelo a los ignorantes, a los arrogantes, a los trásfugas, escribir sobre los que no existen, sobre los mudos, los locos, las putas y los ladrones, escribir sobre las víctimas y sus verdugos, escribir para vengar a los caídos, para burlarse de los poderosos, para escupirles a los políticos, escribir sobre cualquiera que camine a nuestro lado, sobre el perro y el caballo, el gato o el ratón, escribir desde ellos y ellas, desde sus venas y su olfato, desde sus anhelos, miedos, fobias, tristezas, desengaños, desamores, escribir para que no nos puedan leer, para que nos aborrezcan y teman, para que nos ignoren y evadan, para quedar mal, pero sobre todo escribir para poder sobrevivir las horas en que no podamos escribir.

Juan Ladrón de Guevara Parra

13 jun 2012

Ciudadano ejemplar

Ignoro tu existencia, me basta con saber que puedo, si tengo la oportunidad, interponer mis intereses, cualquiera que estos sean en tu camino. Puedo, por ejemplo, despertarte exaltado en mitad de la noche, un día entre semana con una serenata para mi novia, con mariachis desteñidos y yo entonando rancheras con mi voz destemplada, porque así soy de machote. O puedo decidir estacionarme en tu espacio, porque me da pereza estacionar en el mio y si tienes algo que decir, yo seré quien hable más alto e incluso puede que profiera alguna temeraria amenaza, para que sepas que soy yo y no tú el que puede hacer lo que quiera.

Si es que vas conduciendo, yo seré el peatón que se cruce sin mirar por tu camino y lo haré despacio, para que tengas que frenar en seco, y si esgrimes un insulto apelando a mi estupidez o haces sonar tu claxón, yo estaré dispuesto a demostrar mi desidia con un gesto de la mano. Así mismo, yo seré ese conductor que se estaciona donde no debe, el que no coloca luces para hacer un cruce, soy el que te obliga a hacer una maniobra cinematográfica para no estrellarte conmigo, soy el que cree que con un par de copitas de más soy mejor piloto de carros que Fernando Alonso, el que confunde el amarillo con el verde en el semáforo, el que va a 0 por el carril de velocidad y el que va a 100 en medio del tráfico, pero también soy aquel que va en contra vía por la avenida más concurrida o en reversa para que la hazaña sea mayor. Y si es que tienes los reflejos atrofiados y no has desarrollado tus dotes de vidente, para saber que te voy a hacer todo lo anterior y me chocas, debes tener la certeza que te asignaré la culpa, que argumentaré que no tengo un céntimo, si es que estoy de buen genio, que si no, no tendré problema en molerte a golpes y aducir que intentaste robarme o agredirme, sobornaré al policía para que seas tú el que termine durmiendo en el calabozo y luego te demandaré, falsificaré pruebas, lloraré ante el juez y te sacaré todo el dinero de tu cuenta bancaria para que premies mis logros cívicos, porque son mis derechos los que importan, no los tuyos.

Ese soy yo, el que te cobra de más, el que no llega a tiempo, el que te hace esperar, el que incumple, yo soy el que siempre está dispuesto al truco y al engaño, la artimaña es mi lema. Soy el que nunca está para colocar el sello necesario o firmar la autorización, soy el que dice a todo que: NO es posible, NO es mi problema, NO es mi responsabilidad, NO se puede, NO hay solución, NO hay nada que hacer, NO funciona, NO sirve, NO puedo, NO es mi culpa, NO voy para allá, NO tengo cambio, NO, NO ,NO.

Ten por seguridad que siempre que pueda intentaré obstaculizarte, cerrarte, estorbarte, seré intransigente, negligente, incapáz, seré perezoso, lento y si puedo abusivo, atrevido, agresivo. Te tenderé trampas, te mentiré. Pasaré sobre tí, te pisaré, te empujaré, te estrujaré, te insultaré y amenazaré.

Pero pese a esto, seré el primero en decir que estamos mal, que se han perdido los valores, que la inseguridad reina y la corrupción se premia, que el tráfico es imposible, que así no se puede, que la gente es incivilizada, grosera, vulgar, agresiva, ignorante, que no hay educación, que no tienen cultura, que son indolentes, intolerantes, irresponsables. Me escandalizaré con la actitud de los demás, levantaré mi dedo para acusar a todo aquel que pueda, de todo aquello que me afecte y lo haré con orgullo, sin miedo, lo haré porque soy yo, soy así ¿y qué vas a hacer?

                                                                                                Juan Ladrón de Guevara

30 may 2012

El ciervo que vio al tigre y se metió en el pastizal

Ayer me preguntaban con falso interés por mis planes, por eso intangible que algunos llaman "sueños" y otros, proyectos. Lo que inicialmente era un encuentro,con una antigua compañera de universidad, pronto cobró matices de estrategia de venta, disfrazada de charla trivial. 

Incluso antes había previsto que mi amiga se traía algo entre manos, ya que en el mensaje previo a coordinar la cita, había usado las típicas palabras que usan las mujeres cuando quieren tocar temas potencialmente espinozos, las ínfimas, para que hablemos. Luego de reflexionar sobre la combinación de palabras mencionada y teniendo en cuenta que en realidad no tenía nada de qué hablar con ella en esos téminos, concluí que era probable que intentara dos cosas: Tratar de captarme para alguna religión o venderme algo.  Ámbas opciones me parecían espinozas.

Asistí a regañadientes a la cita, más por una extraña obligación, que por verdadera convicción, pues algo turbio sospechaba. Poco antes de llegar, sonó mi teléfono, era ella. Le indiqué que estaba a un paso. Comenzamos la conversación, luego de pedir un café. Trivialidades normales, temas comunes de aquellos que no se han visto en un tiempo, entonces ella me preguntó por mis planes. Ante mí, comenzaba a desenvolverse la torpe estrategia de mi amiga. Era evidente que seguía un libreto, pues las preguntas que hacía y la forma en que las planteaba no eran de ella, otro hablaba, era como si estuviera poseida por un espíritu burlón. Por momentos, la conversación transcurría con la naturalidad de siempre, pero entonces ella se acordaba de su libreto y volvía a insistir, formulaba preguntas que solo respondía yo, es decir, me dejaba hablar, ser el centro de atención. Yo esperaba que la conversación se centrara en el tema que ella quería tratar, por el que me había convocado, pero nada se concretaba. Era obvio que intentaba recordar la instrucción recibida e incluso la imaginé preparando la conversación frente a un espejo.  Por su actitud inquieta, adiviné que esperabamos a una tercera persona. Al poco rato recibió una llamada, que hizó pasar por casual, pero la tensión en sus gestos demostraba que todo era planeado. Me indicó que su esposo estaba cerca y que se reuniría con nosotros.

Al poco rato apareció el marido, traje gris clásico, corbata con pinticas, corte de pelo rutinario, actitud ganadora. Su saludo fue amable, sin excesos. Mi amiga lo actualizó sobre nuestro tema de conversación, los malos sueldos que se ofrecen en nuestro dificil campo laboral: la literatura, en sus dos vertientes, el trabajo editorial (corrección de estílo) en el caso de ella, la docencia, en mi caso, aunque nunca he enseñado literatura. Pero eso es harina de otro costal. El esposo escuchó con fingida atención y me formuló dos preguntas medidas con escuadra, que yo respondí con la vehemencia de quien se siente importante, que estúpido fui. Él, viendo como yo caía en su red de malabarista, de inmediato tomó la palabra, para nunca más soltarla o compartirla con su esposa, a la que no volví a  escuchar. La aferró con fuerza, hasta estrangularla, a la palabra, no a la esposa. Solo la soltaba para inquirir, está vez con mayor énfasis, en mi vida laboral y profesional.Se iba tejiendo la red.

Sus preguntas estaban atravesadas con una sonrisa prefabricada, sus gestos me indicaban que se interesaba en lo que yo decía, pero no era así. Solo esperaba, como lo hace el tigre con su presa. Yo, como un ciervo extraviado en el pastizal equivocado, respondía a sus preguntas, con una ingenuidad imbécil. Es decir, para este momento tenía claro que algo me iban a proponer, que no les interesaba en realidad nada de lo que yo estaba diciendo y que todo esto era una puesta en escena. Sin embargo, seguía respondiendo a preguntas que no tendría porqué responder y dando explicaciones que no tenía porque estar dando a estas dos personas que ahora que lo pienso, en realidad ni conozco.

El marido, que contrario a mi amiga, tiene experiencia y asumo que ha tenído éxito con su estrategia de venta, dio el zarpazo: ¿Qué pensarías si nosotros te pudieramos dar todo aquello que quieres? me vi atrapado, ya no podría huir, mis temores se habían confirmado. El marido comenzó su exposición con la convicción de quien se cree un triunfador. Habló de una caja de cristal, que creo que era metafórica, pues a partir de ese momento me concentré en dos cosas, en mover la cabeza fingiendo interés y en el ruido de la vociferante avenida. Así mismo, pensaba en lo estupido que era por haberme sometido a su juego. En otras circunstancias y si no estuviera de por medio la amistad con mi antigua compañera, jamás habría accedido a asistir a la cita y estoy seguro que de haber asistido, no habría tenido inconveniente en cortar de plano la exposición del vendedor de talleres de superación y salir de allí. Pero la decencia, que a veces es un lastre, me impedía hacerlo.

Escuché, con la misma pretendida atención que ellos me había dado, la propuesta de dar  rumbo a mi vida, que hasta este momento no considero extraviada, y me dispuse a evitar con gentileza la embestida. Manifesté de manera educada que no necesitaba ningún taller de liderazgo, que mi vida era un remanzo de armonía y que todo lo que había planeado o soñado, para que tenga un toque cursi, lo había logrado con méritos propios y sin la ayuda de ninguna poción mágica o milagro. El marido aceptó mi rechazo con elegancia, aunque ya al final intentó un nuevo lance desesperado al ver que la presa se escapaba, algo mencionó de unas charlas, conferencias o sermones sobre odontología o deontología o algo así. Es que no se resigna, alcancé a pensar antes de despedirme con el afecto minado hacía mi amiga por haberme puesto en semejante encrucijada, por pensar que me podría  interesar ser reclutado en su religión de autosuperación.

Como casi siempre me ocurre en estos casos, sentí rabia por no prestar atención a los indicios que detecté desde el comienzo, pero también me  molestó no haber dado las respuestas que me habría gustado dar o asumir la actitud que me habría gustado tener. Cosa que siempre ocurre, se nos ocurren las palabras exactas, cuando ya no hay quien las escuche ¿Qué me cohibió? posiblemente no querer lastimar los sentimientos de mi amiga, a quien ví como víctima de un marido dominante. La imaginé asistiendo con resignación al tal entrenamiento, mostrarse convencida de sus bendiciones, actuar siguiendo los lineamientos del lider, benefactor o como quiera que se haga llamar el gurú con complejo mesianico que debe orientar los tales talleres. La vi como una esposa resignada y sumisa que le sigue la corriente al marido, convencida de su lucidez y liderazgo y comprendí que la amiga de la universidad se había ido diluyendo bajo su influjo. Espero que esos talleres le hayan servido para salir de la caja aquella de cristal, aunque no fue lo que evidencié, así mismo espero que no se le ocurra volver a contactarme para asistir a las charlas que da su marido, el líder odontológico o deontologíco.
                                                                                                                Juan  Ladrón de Guevara
 


9 may 2012

Segundero

Cada segundo es un paso diminuto, tímido, mecánico, una brizna, una escama diminuta, un grano de arena, ínfimo, anónimo, cotidiano, elusivo, lo ves y desaparece antes de que pronuncies su nombre, como la luz de la luciernaga, que se agota en el suspiro, que es ilusión, espejismo.

Segundo, marea enana que merma calladamente las orillas de la existencia, erosionas con tu ejército silencioso e implacable las murallas infranqueables, los colosos en apariencia imbatibles, el tuyo es un ejercicio paciente, un sitio lento, inquebrantable, del que no existe escape, ni siquiera en el vacío final, pues no reposas en tu quehacer, laborioso y discreto destructor, pequeño fagocitador de la realidad.

 Juan Ladrón de Guevara Parra

23 abr 2012

Lengua

Con esta lengua que uso cada día me despierto, hago el café, tiendo la cama, me lavo las orejas, me quito las lagañas.
Lengua diaria, que susurra, que canta, que hace alharacas y bostezos, silbidos y abucheos. Lengua afilada, atinada como un arquero, con pegada de boxeo, pero también que sabe de caricias terciopelo, de secretos, susurros, gritos, protestas.
Lengua semilla, enredadera, que se multiplica y divide, incansable y mutante, grosera y vulgar, desaliñada, desparpajada, inventada, rudimentaria e indecorosa, impúdica, soez.
Lengua ancestral, que nombra al laberinto que encierra la rosa y que a los destellos de la noche los hace estrellas, lengua hacedora de cosmogonías, plegarias, mantras, poemas.
Lengua satírica, paródica, crítica, herética y frenética, ¿a cuántos has condenado a la hoguera, los barrotes, la galera?
Eres, lengua, una amante fiera, posesiva, compulsiva, tus palabras pueden ser clavos o alas, jardines o desiertos, cotidianas o sublimes, inmensas o pequeñas, rutinarias o crípticas, empolvadas en archivos o recién nacidas en cualquier barriada.
Con esta lengua trajinada, que no entiende de relojes o calendarios, de fiestas y aniversarios, lengua que se reinventa con cada vocablo, es con quien vivo, con ella respiro, peleo, discuto, escruto, disfruto, pero sobre todo, existo.                                                                                                        
Juan Ladrón de Guevara

21 mar 2012

Leer

Leer sin detenerse, sin respirar, leer como tomarse un tequila, como sumergirse en la piscina, como se corren los cien metros/succionar las palabras de la página, como se succiona el cigarrillo, con frenesí  y desmesura, arriesgándose, haciéndose daño, hasta consumirse en las letras, hasta mancharse de tinta los ojos, hasta ensuciarse la yema de los dedos con palabras, para después chupárselas como lo saben hacer los golosos/ Leer con descaro y desafío, como lo hace un pervertido, un mirón/ Leer con adicción, con temblores y escozores, con fiebres y pesadillas/ Leer con rabia, en un solo round y caer noqueado, con la nariz hecha puré y los ojos hinchados/Leer con fervor religioso, pasar las páginas como se pasan las cuentas del rosario, leer crucificado, o en posición de loto, haciendo un mandala o cantando una alabanza, con la espalda azotada y el silicio desangrándonos el verbo pecar/ Leer desnudos y escandalosos, groseros como pedos, irreverentes como eructos, flácidos o erectos, húmedos o secos, eróticos o recatados/ Leer, Leerte, Leerlo, Leerla, Leernos, Leímos, pero sobre todo leeremos.        Juan Ladrón de Guevara

19 mar 2012


El silencio

El coronel Emiliano Pinzón no creía en aparecidos cuando asesinó a Porfirio Peñate por orinarse en la esquina de su casa. Al muerto lo recogieron sus soldados y nadie dijo nada. Ni lo miraron mal, ni se lo comentaron, nadie mencionó su nombre en el sepelio, ni mucho menos en el entierro. Ni la viuda, ni los hijos del muerto lo acusaron, ni se lo reprocharon. Jamás lo llamó el general Vega, ni el juez Pereda  y mucho menos el cura Tiberio. Los vecinos y los campesinos siguieron quitándose el sombrero y bajando la cabeza cuando se lo cruzaban por las calles del pueblo.

Pero algo estaba mal, el coronel no se sentía tranquilo. ¿Qué se escondía detrás de ese silencio? ¿Por qué se hacen los de la vista gorda? En cada gesto, en cada mirada, en cada actitud creía detectar un reproche, una queja, una exigencia. Te hemos salvado, ¿qué vas a hacer por nosotros? La pregunta se repetía en su mente a cada encuentro, por casual o irrelevante que fuera. En todos aquellos que lo rodeaban, desde el encopetado general Vega hasta la humilde mucama que le servía el café, percibía un reproche cómplice y la pregunta escondida entre sus palabras.

 Con el paso de los días, las semanas, los meses, los años y los rangos, en su mente se fue formando una complicada conspiración, plagada de silencios, miradas, muecas y actitudes que se manifestaban por doquier. ¿Por qué nadie decía nada?, ¿acaso no había sucedido? ¿Qué clase de personas lo rodeaban? Esta pregunta lo hizo despreciarlos, ¿Cómo podían ser cómplices de algo así? El ya octogenario padre Tiberio guardó silencio. No hubo Aves Marías, ni Yo Pecadores, no hubo absoluciones, ni misericordia, solo una mirada cargada de incógnita. ¡Contrólese! Que usted representa la patria. Le gritó exaltado el ex general Vega.  La viuda de Peñate ya había muerto y sus hijos desaparecido. Los soldados que arrastraron su cuerpo no recordaban a ese de los muchos que recogieron ¿Había existido Porfirio Peñate? ¿Por qué no aparecía?

¿Quién es el coronel Emiliano Pinzón? Nadie sabe, lleva años haciéndose llamar así. Siga por aquí doctor Quiñones.  

                                                                                                                      Juan Ladrón de Guevara

8 feb 2012


El péndulo de Jorge Elías
(El campesino que controla la lluvia)

En una vereda olvidada, incrustada en la convulsa geografía colombiana habita un campesino. Es un hombre de piel canela, barba escasa y recién encanecida, arrugas labradas tras años de trabajo a sol y lluvia. Vive en una casita humilde, con techos de zing y piso de tierra, rodeada de cafetales.  Su vida se puede dividir por los ciclos de  siembra y cosecha que delimitan la rutina del campesino. Sin embargo, hay algo particular en este hombre que a criado doce hijos a punta de cultivar café en el sur del Tolima, región ubicada a unos doscientos kilómetros de Bogotá.
Jorge Elías Gonzáles Vásquez, como fue bautizado nuestro hombre de campo, cuando era apenas un bebe, en la parroquia de un pueblo llamado Dolores, por deseo de sus padres, tiene un don especial que en los últimos días ha llamado poderosamente la atención de varias entidades de control estatal, así como de los medios de comunicación, la iglesia y en general de la sociedad. La controversia por su poder especial ha generado investigaciones gubernamentales, posibles llamados a indagatoria en la Fiscalía, chistes, escepticismo, editoriales de prensa, comunicados del palacio presidencial, debates en la radio y la televisión, señalamientos y demás características de un escándalo, en un país acostumbrado a vivir sorprendido de su propio absurdo.
A pesar de los graves casos de corrupción que han conmocionado el panorama colombiano de los últimos meses, donde unos y unas personalidades políticas y empresariales, están siendo procesadas por el robo descarado de varios cientos de millones de euros, que en moneda colombiana son miles de millones de pesos, en contratos con el estado, el caso de Jorge Elías, que no les llega ni a los talones, los ha opacado por lo curioso de su don y lo ridículo de las acusaciones.
Al ser indagado por los periodistas sobre sus poderes, Jorge Elías relata que desde niño, su padre lo inició en los misterios del cielo nocturno y aquellos que se esconden en la tierra, en especial los de los minerales, los metales y los botánicos. El padre de nuestro campesino era un hombre particular, si lo ubicamos en el pequeño pueblo tolimense que sirve de escenario para este relato, ya que era un hombre de libros a quien le intrigaban los enigmas y los misterios naturales cuya explicación no siempre va de la mano con la mente racional, con el pensamiento científico, con el credo católico, es decir, que en este pueblito campesino incrustado en la cordillera de los Andes, su inclinación era toda una rareza. Era tal su prestigio que lo contrataban los políticos en época de campaña para que entretuviera a los votantes en los mítines con sus enigmas y misterios. Jorge Elías, niño inquieto, aprendió de su padre la técnica para escarbar la tierra y ubicar antiguos tesoros indígenas, que por estas tierra reciben el nombre de guacas, pero nunca encontraron tesoro alguno. A cambio, el joven campesino adquirió con el tiempo el don de controlar la lluvia.
Jorge Elías, hombre de palabras medidas, de mirada tranquila, relata a los periodistas que a sus quince años, elaboró un péndulo a base de mercurio en aleación con otros metales en el que descubrió algo inquietante y poderoso, la posibilidad de crear campos magnéticos, con los cuales logra controlar el caótico clima tropical. Lo suyo es una mezcla de poder divino y poder magnético, con una pisca de otros misteriosos procedimientos heredados del padre, que le permiten modificar los fenómenos atmosféricos para detener o precipitar la lluvia, de acuerdo a las necesidades del cliente.

 A pesar de sus poderes, a Jorge Elías el clima feroz del año anterior le hizo una mala jugada, tal vez en un acto de venganza por haber develado su secreto y lograr dominarlo. Una avalancha sepultó su siembra de café y poco faltó para que se lo levara a él y su progenie. Los periodistas, escépticos, le preguntan por qué si posee esos poderes atmosféricos no pudo evitar la avalancha. Su respuesta es categórica, espontánea, sin visos de engaño. Tendré que trabajar en eso. Lo dice con la convicción propia de quien sabe lo que hace. Para Jorge Elías, este alboroto le es seguramente incomprensible, pues no logra entender de donde proviene tanta atención, la cual, como bien se sabe, puede ser incomoda.
Todo este enredo comenzó a gestarse desde el momento mismo en que lo contrataron para que evitara que lloviera el día de la clausura del mundial sub veinte que se jugó en Colombia a mediados del año pasado. Es necesario anotar, para efectos del contexto, que este mundial servía, no solo para deleitar a los amantes del fútbol, sino que era además la oportunidad de demostrarle al mundo que Colombia es un país capaz de organizar un evento internacional, debido a que es un país seguro, de gente bella, ciudades modernas, etcétera, etcétera. Sin embargo, el aspecto climático amenazaba con aguar la fiesta de la final del campeonato que había sido encargada a la organización que coordina y ejecuta el Festival Iberoamericano de Teatro, famoso por sus espectáculos al aire libre. Para tal fin, se destinaron cuantiosos fondos del estado, con el objetivo que se diseñara un espectáculo de clausura al nivel de Beijing y sus olímpicos, ya que el de la inauguración tuvo un aspecto más bien mediocre que causó indignación. La gente del festival se esmeró y realizó un show de luces que nos dejó con la boca abierta y el orgullo nacional por las nubes. Sobre todo porque las nubes tenebrosas que amenazaban la ceremonia se disiparon y esa noche, a pesar de estar inmersos en una de las peores temporadas de lluvias en la historia registrada del país, no llovió.
Para las personas que estaban en el estadio fue un milagro, para los millones que estábamos viendo el show, fue un milagro, pero para Jorge Elías no, para él era el resultado de su trabajo, por el cual le habían pagado cerca de 1.500 euros, lo equivalente a 1.200 dólares que son cerca de 4 millones de pesos, una cifra minúscula si se tiene en cuenta que se gastaron miles de millones de pesos, cientos de miles de euros y dólares. Luego de la euforia de la fiesta, vino la resaca de las cuentas. Cuando el estado se sentó con la calculadora y los recibos de pago se dio cuenta de había un desfase de varios miles de millones, porque sépase que aquí todo cuesta miles de millones, desde la reparación de un andén, hasta el espectáculo del que hemos estado hablando. Revisando los costos, las contrataciones y demás gastos, se encontraron con nuestro campesino. No se sabe en que más se gastaron el resto de los miles de millones extraviados, solo se filtró a la prensa el pago de Jorge Elías, que ante la magnitud del desfalco fue mínimo y si bien es cuestionable que se utilice dinero del estado para este tipo de contratos, por lo menos cumplió con su misión, lo cual no se puede decir de los cientos de casos por corrupción con que nos sorprenden, casi que semanalmente a los colombianos.
El escándalo, como ya se mencionó, generó una gran polémica e indignación. Ante los medios compareció la directora del festival de teatro para explicar que Jorge Elías lleva años colaborando con el festival para sortear los inconvenientes climáticos que siempre amenazan su realización al aire libre, la directora también apeló a razones antropológicas, creencias ancestrales, rasgos culturales. En medio de la tormenta de críticas, chistes, desconcierto, se filtró que el día de la posesión del actual presidente de Colombia, Jorge Elías también hizo lo propio para evitar que las feroces lluvias desarreglaran el evento. Rápidamente la casa presidencial salió al paso con un comunicado de prensa en el que oficialmente acusaban a un funcionario menor e inédito de la campaña del nuevo presidente de haber contratado los servicios de Jorge Elías. Al fin de semana siguiente, aun las plumas y las voces de la prensa seguían con el tema y del escándalo inicial se pasó a la anécdota, al chiste, a la pregunta obvia  ¿por qué no lo contrataron para que dejara de llover en todo el país? Con lo cual se comenzó a diluir el tema, sin que se sepa o se vaya a saber qué pasó con el otro dinero que se extravió, asunto que ya poco importa, porque Jorge Elías cumplió con su papel, desviar la atención del verdadero asunto, del verdadero escándalo y así permitir que los culpables pasen desapercibidos y que la sonada investigación se estanque en algún vericueto legal y por último se olvide en algún cajón, de algún archivo polvoriento.
 En cuanto a Jorge Elías, con seguridad seguirá en lo suyo sin aspavientos, con la certeza de haber obrado sin malicia, de haber cumplido con la tarea encomendada, sin entender por qué suscitó  tanto revuelo su péndulo, si finalmente todos los días, en toda Colombia, América y el mundo millones de ciudadanos, sin importar si son ricos o pobres, famosos o anónimos, del norte o del sur, de la costa o la montaña, de la ciudad o del pueblo se encomiendan al espíritu santo, consultan videntes, adivinos, ofrecen rogativas y penitencias al altísimo, evitan cruzarse con gatos negros, se cuidan contra el mal de ojo o usan amuletos de la buena suerte para atraer la fortuna o el amor. Sin que por esto sean señalados, condenados, acusados, ridiculizados.
Juan Ladrón de Guevara Parra